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Gratis · elegí una vozÉrase una vez, en un bosque frondoso y lleno de flores silvestres, una niña llamada Ricitos de Oro. Un día, mientras paseaba, se perdió. El sol comenzaba a esconderse detrás de las montañas y Ricitos de Oro sentía mucho miedo. De repente, vio una pequeña casita de madera. "¡Qué suerte!", pensó. Se acercó tímidamente y llamó a la puerta.
La puerta se entreabrió y un osito pequeño, con unos ojos grandes y curiosos, la miró. "¿Hola?", dijo el osito, con una voz suave como la miel.
Ricitos de Oro, con lágrimas en los ojos, le explicó: "Me he perdido y tengo mucho miedo. ¿Podría… podría entrar un ratito?"
El osito, cuyo nombre era Tito, sintió mucha pena por ella. "¡Claro que sí!", exclamó Tito. "Pero mis papás no están en casa. Regresarán pronto. Puedes esperarlos aquí conmigo".
Ricitos de Oro entró en la casita. ¡Qué acogedora era! En la mesa del comedor había tres tazones de avena. Ricitos de Oro, que tenía mucha hambre, le preguntó a Tito: "¿Podría probar un poquito de tu avena?"
Tito asintió con la cabeza. "¡Por supuesto! Prueba el que quieras".
Ricitos de Oro probó la avena del tazón grande. "¡Está muy caliente!", dijo. Luego probó la avena del tazón mediano. "¡Está muy fría!", exclamó. Finalmente, probó la avena del tazón pequeño. "¡Está perfecta!", dijo, y se la comió toda, todita. Sin querer, al apoyar el tazón en la mesa, ¡crack!, una patita de la mesa se rompió.
Tito la miró con preocupación. "No te preocupes", le dijo Ricitos de Oro. "Lo siento mucho. Intentaré arreglarlo".
Después, Ricitos de Oro se sintió muy cansada. Vio tres sillas cerca de la chimenea. "¿Podría sentarme un ratito?", le preguntó a Tito.
Tito le sonrió. "¡Claro que sí! Siéntate donde quieras".
Ricitos de Oro se sentó en la silla grande. "¡Es muy dura!", dijo. Luego se sentó en la silla mediana. "¡Es muy blanda!", exclamó. Finalmente, se sentó en la silla pequeña. ¡Era perfecta! Pero, de repente, ¡crack!, la silla se rompió. Ricitos de Oro se cayó al suelo.
Tito se asustó mucho. "¡Oh, no!", dijo Ricitos de Oro, apenada. "Lo siento mucho. No quería romper tu silla".
Tito la ayudó a levantarse. "Está bien", le dijo. "No te preocupes. Lo importante es que estés bien".
Por último, Ricitos de Oro sintió mucho sueño. Vio tres camas en el dormitorio. "¿Podría… podría dormir un poquito?", le preguntó tímidamente a Tito.
Tito entendía que Ricitos de Oro estaba muy cansada y sola. "¡Claro que sí!", respondió Tito. "Puedes dormir en la cama que quieras".
Ricitos de Oro se acostó en la cama grande. "¡Es muy dura!", dijo. Luego se acostó en la cama mediana. "¡Es muy blanda!", exclamó. Finalmente, se acostó en la cama pequeña. "¡Es perfecta!", dijo, y se quedó profundamente dormida. Mientras dormía, se movió un poco y ¡ras!, rompió la colcha de la cama.
Justo en ese momento, Papá Oso y Mamá Osa regresaron a casa. Vieron la puerta entreabierta y entraron con cuidado.
"¡Qué raro!", dijo Papá Oso. "Parece que alguien ha estado aquí".
"Alguien ha probado mi avena", gruñó Papá Oso.
"Alguien ha probado mi avena", dijo Mamá Osa.
"¡Alguien se ha comido toda mi avena!", exclamó Tito. Luego, vio a Ricitos de Oro durmiendo en su cama. "¡Miren!", susurró Tito. "Es una niña. Se ha perdido y tiene miedo".
Papá Oso y Mamá Osa se acercaron a la cama. Vieron a Ricitos de Oro durmiendo plácidamente. Papá Oso notó la mesa rota, la silla destrozada y la colcha rasgada, pero comprendió la situación.
Cuando Ricitos de Oro despertó, se asustó al ver a los tres osos. Pero Tito se acercó a ella y le dijo: "No tengas miedo. Son mis papás".
Papá Oso le sonrió. "Bienvenida a nuestra casa, Ricitos de Oro", dijo con una voz amable. "Sabemos que has tenido un día difícil".
Mamá Osa añadió: "No te preocupes por las cosas que se rompieron. Lo importante es que estás a salvo".
Para celebrar que Ricitos de Oro estaba a salvo, Papá Oso y Mamá Osa prepararon una deliciosa comida. Ricitos de Oro ayudó a Tito a poner la mesa. Todos comieron juntos, rieron y contaron historias.
"Siempre serás bienvenida aquí, Ricitos de Oro", le dijo Mamá Osa. "Te agradecemos que hayas jugado con Tito y le hayas hecho compañía".
Al día siguiente, Papá Oso acompañó a Ricitos de Oro de vuelta a su casa. Ricitos de Oro nunca olvidó la amabilidad de la familia Oso, y a partir de entonces, aprendió a pedir permiso antes de entrar en casa ajena. Y Tito y Ricitos de Oro se convirtieron en los mejores amigos.
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