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Gratis · elegí una vozÉrase una vez, en un bosque verde y frondoso, una niña llamada Ricitos de Oro. Tenía el cabello rubio como el sol y rizado como los resortes de un juguete. Un día, mientras jugaba al escondite con las mariposas, Ricitos de Oro se adentró demasiado en el bosque. Se perdió, pero no se asustó mucho, porque Ricitos de Oro era una niña muy aventurera.
De repente, entre los árboles, vio una casita de madera. La casita era pequeña y acogedora, con una chimenea que echaba un poquito de humo. Ricitos de Oro, curiosa como un gatito, se acercó y tocó la puerta. ¡Toc, toc!
Nadie respondió. Ricitos de Oro empujó la puerta suavemente, y ¡oh, sorpresa!, estaba abierta. Entró con cuidado, mirando a su alrededor con sus grandes ojos azules.
En la sala, vio tres sillas. Una era enorme, tan grande que parecía el trono de un gigante. Otra era mediana, cómoda y mullidita. Y la tercera era chiquita, perfecta para una muñeca. Ricitos de Oro se acercó a la silla enorme y trató de sentarse, pero era demasiado alta y dura. Luego probó la silla mediana, pero era demasiado blanda y se hundió demasiado. Finalmente, se sentó en la silla chiquita, y ¡era perfecta! Justo cuando se acomodaba, ¡crack!, la silla se rompió en pedazos. Ricitos de Oro se asustó un poco, pero luego se rió y siguió explorando.
En la mesa, vio tres tazones llenos de avena. Uno era enorme, lleno hasta el borde. Otro era mediano, con una porción decente. Y el tercero era chiquito, con solo una cucharadita. Ricitos de Oro tenía mucha hambre. Primero probó la avena del tazón enorme, pero estaba demasiado caliente. Luego probó la avena del tazón mediano, pero estaba demasiado fría. Finalmente, probó la avena del tazón chiquito, y ¡estaba perfecta! Ni muy caliente, ni muy fría, y con la cantidad justa de miel. Se la comió todita, todita.
Después de comer la deliciosa avena, Ricitos de Oro se sintió un poco cansada. Decidió seguir explorando la casa. Subió las escaleras y encontró una habitación con tres camas. Una era enorme, tan grande como un campo de fútbol. Otra era mediana, espaciosa y confortable. Y la tercera era chiquitita, perfecta para un oso de peluche.
Ricitos de Oro se acostó en la cama enorme, pero era demasiado dura. Luego se acostó en la cama mediana, pero era demasiado blanda. Finalmente, se acostó en la cama chiquitita, y ¡era perfecta! Ni muy dura, ni muy blanda, y con una almohada suave como una nube. Ricitos de Oro cerró los ojos y se quedó profundamente dormida.
Mientras tanto, en el bosque, Papá Oso, Mamá Osa y Osito regresaban a su casa después de un largo paseo. Papá Oso era grande y fuerte, Mamá Osa era amable y cariñosa, y Osito era pequeño y juguetón.
Cuando Papá Oso abrió la puerta de la casa, gruñó con su voz grave: "¡Alguien ha estado sentándose en mi silla!"
Mamá Osa miró su silla y dijo con su voz suave: "¡Alguien ha estado sentándose en mi silla también!"
Osito, con su vocecita chillona, exclamó: "¡Alguien ha estado sentándose en mi silla... y la ha roto!"
Los tres osos se acercaron a la mesa. Papá Oso gruñó: "¡Alguien ha estado comiendo mi avena!"
Mamá Osa dijo: "¡Alguien ha estado comiendo mi avena también!"
Osito gritó: "¡Alguien ha estado comiendo mi avena... y se la ha comido toda!"
Los tres osos subieron las escaleras para investigar. Papá Oso gruñó: "¡Alguien ha estado durmiendo en mi cama!"
Mamá Osa dijo: "¡Alguien ha estado durmiendo en mi cama también!"
Osito, con su vocecita chillona, exclamó: "¡Alguien está durmiendo en mi cama ahora mismo!"
Ricitos de Oro se despertó al oír las voces de los osos. Abrió los ojos y vio a los tres osos mirándola. Se asustó mucho y saltó de la cama.
"¡Ay, lo siento!", dijo Ricitos de Oro con voz temblorosa. "Me perdí en el bosque y encontré su casa. Tenía mucha hambre y sueño, así que entré y... bueno, ya saben..."
Papá Oso frunció el ceño, pero Mamá Osa le dio un codazo. Mamá Osa era muy comprensiva. "No te preocupes, pequeña", dijo Mamá Osa con una sonrisa. "Todos nos equivocamos a veces. ¿Cómo te llamas?"
"Me llamo Ricitos de Oro", respondió la niña.
"Bienvenida a nuestra casa, Ricitos de Oro", dijo Mamá Osa. "Puedes quedarte a cenar con nosotros. Y luego te ayudaremos a encontrar el camino a casa."
Ricitos de Oro se sintió aliviada y aceptó la invitación de Mamá Osa. Cenó con los osos, les contó sus aventuras en el bosque, y ellos le contaron historias sobre la vida en la naturaleza. Después de la cena, Papá Oso acompañó a Ricitos de Oro hasta el borde del bosque y le mostró el camino a casa.
Ricitos de Oro le dio las gracias a Papá Oso y corrió hacia su casa, prometiendo nunca más alejarse tanto del camino. Y así, Ricitos de Oro aprendió una valiosa lección sobre la importancia de pedir permiso y respetar la propiedad ajena, y los tres ositos hicieron una nueva amiga inesperada. Desde ese dia, Ricitos de Oro solia visitar a los ositos, pero siempre tocaba la puerta primero. Fin.
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