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En el corazón de la sabana africana, donde el sol brillaba con fuerza y los árboles de acacia ofrecían una sombra refrescante, vivía una cebra muy especial llamada Risu. Risu no era una cebra cualquiera. Mientras que las otras cebras se preocupaban por si sus rayas estaban perfectamente alineadas o si la hierba era lo suficientemente verde, Risu era la cebra más feliz y relajada de toda la sabana. Siempre tenía una sonrisa en su cara rayada y una forma de andar tranquila y pausada. Su secreto era sencillo: practicaba la "cebra-meditación".
Cada mañana, antes de que el sol se alzara por completo, Risu buscaba su lugar favorito bajo un gran árbol de baobab. Allí, cerraba los ojos, respiraba profundamente y escuchaba los sonidos de la sabana. El canto de los pájaros, el zumbido de los insectos, el rugido lejano de un león… todo formaba parte de su meditación. Sentía la tierra bajo sus patas y el viento suave en su pelaje. De esta forma, Risu comenzaba el día con una paz interior que la acompañaba a donde fuera.
Un día, Risu se despertó y algo no estaba bien. Normalmente, al abrir los ojos, sentía esa calma y alegría que la caracterizaban. Pero esta vez, sentía una ligera inquietud. Se miró el reflejo en una charca cercana y ¡oh, sorpresa! ¡Algunas de sus rayas habían desaparecido! "¡Mis rayas!", exclamó Risu, aunque sin perder la calma del todo. "¿Dónde se habrán ido?".
Normalmente, una cebra en esta situación estaría histérica. Pero Risu respiró hondo y recordó su cebra-meditación. "La preocupación no me devolverá mis rayas", pensó. "Lo mejor será investigar con tranquilidad". Así que, con su andar pausado y su sonrisa rayada, Risu se dirigió a buscar respuestas.
Primero, se encontró con su amiga la jirafa, Gigi. Gigi era conocida por su altura y por tener una vista excelente. "¡Gigi, Gigi!", llamó Risu. "¿Has visto algo extraño hoy? ¡Algunas de mis rayas han desaparecido!".
Gigi estiró su largo cuello y miró a Risu con atención. "¡Vaya, Risu! ¡Es cierto! ¡Te faltan algunas rayas! No he visto nada raro, pero ayer vi a un grupo de monos muy traviesos cerca del río. Podrían saber algo".
Risu le dio las gracias a Gigi y se dirigió hacia el río. Allí, encontró a los monos jugando y saltando de rama en rama. "¡Hola, monos!", saludó Risu amablemente. "¿Han visto algo sobre unas rayas perdidas? ¡Son mías!".
Los monos, al principio, se hicieron los desentendidos. Pero Risu les ofreció unas deliciosas hojas de acacia y, poco a poco, comenzaron a hablar. "¡Ah, sí! ¡Las rayas!", dijo el mono jefe. "Las encontramos en el barro cerca del río. ¡Pensamos que eran muy bonitas y las usamos para decorar nuestras caras!".
Risu se sorprendió al principio, pero luego sonrió. "¡Oh, monos! ¡Eso no está bien! Esas rayas son parte de mí. Pero entiendo que no lo sabían. ¿Podrían devolvérmelas, por favor?".
Los monos, al ver la calma y la sonrisa de Risu, se sintieron un poco avergonzados. Le devolvieron las rayas a Risu, que estaban cubiertas de barro. Risu agradeció a los monos y se dirigió de nuevo a la charca para limpiarse.
Después de limpiarse las rayas, Risu se dio cuenta de que no se pegaban de nuevo a su piel. Estaba preocupada, pero solo un poco. Entonces, se le ocurrió una idea. Fue a ver a su amigo el elefante, Tembo, que era muy sabio y conocía muchos secretos de la sabana.
"¡Tembo! ¡Tembo!", llamó Risu. "¡Necesito tu ayuda! ¡He perdido algunas rayas y ahora no se pegan de nuevo a mi piel!".
Tembo escuchó atentamente a Risu y luego sonrió con su gran boca. "Risu, amiga mía, las rayas no se pegan con pegamento. Se pegan con amor propio y con la aceptación de uno mismo. Esas rayas son parte de ti, pero lo que realmente te hace especial es tu alegría y tu tranquilidad interior".
Risu entendió las palabras de Tembo. Cerró los ojos, respiró profundamente y recordó su cebra-meditación. Sintió la paz y la alegría que siempre la acompañaban. Y, de repente, ¡las rayas volvieron a pegarse a su piel! ¡Estaban más brillantes y hermosas que nunca!
Risu aprendió una valiosa lección ese día. Aprendió que las cosas materiales, como las rayas, no son lo más importante. Lo más importante es la paz interior, la alegría y el amor propio. Y, por supuesto, la amistad. A partir de ese día, Risu siguió practicando su cebra-meditación y compartiendo su alegría con todos los animales de la sabana. Y siempre recordaba el misterio de las rayas perdidas como una aventura que le enseñó a valorarse a sí misma y a disfrutar de la vida con una sonrisa rayada y un corazón zen.
Y colorín colorado, este cuento de la cebra zen ha terminado.
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