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Gratis · elegí una vozRobi no era un robot cualquiera. Había viajado desde la lejana constelación de Andrómeda, aterrizando con un suave *puf* en el parque central de Ciudad Brillante. Robi era brillante, literalmente. Su cuerpo de metal relucía bajo el sol, y sus ojos, dos luces LED azules, escaneaban todo a su alrededor con curiosidad. Su misión era simple: proteger. Robi había oído hablar de los problemas de Ciudad Brillante, una ciudad hermosa pero plagada de pequeños delitos y un gran villano llamado el Sombra.
Al principio, Robi se sentía un poco torpe. No entendía las costumbres humanas. Una vez, intentó ayudar a una anciana a cruzar la calle, pero la levantó en el aire, confundiéndola con una bolsa de compras. La anciana, Doña Rosa, soltó una risita y le explicó amablemente que solo necesitaba tomar su brazo. Robi aprendió rápido.
Pronto, las noticias de un robot justiciero se extendieron como la pólvora. Robi ayudaba a los niños a recuperar sus balones atrapados en los árboles, impedía que los ladrones robaran helados y rescataba gatitos de los tejados. Usaba sus propulsores para volar a toda velocidad por la ciudad, siempre atento a cualquier señal de peligro. Los niños lo adoraban. Le traían flores de plástico y le dibujaban retratos con crayones. Robi, a su manera robótica, se sentía feliz.
Pero el Sombra no estaba contento. Él era el amo del crimen en Ciudad Brillante, y este robot entrometido estaba arruinando sus planes. El Sombra vivía en la torre más alta de la ciudad, un edificio negro y amenazante que proyectaba una sombra sobre toda la ciudad. Desde allí, planeaba sus fechorías, rodeado de sus secuaces, unos tipos torpes y malhumorados.
"¡Ese robot me está poniendo de los nervios!" gruñó el Sombra, golpeando su puño contra la mesa. "¡Hay que deshacerse de él!" Sus secuaces asintieron con miedo.
El Sombra ideó un plan. Sabía que Robi era muy popular entre los niños, así que decidió usar eso en su contra. Un día, mientras Robi jugaba al escondite con un grupo de niños en el parque, el Sombra apareció en un dirigible gigante, lanzando caramelos y juguetes. Los niños, emocionados, corrieron a recogerlos. Pero era una trampa. El dirigible comenzó a elevarse, llevándose consigo a los niños.
Robi, al ver lo que sucedía, activó sus propulsores y voló tras el dirigible. "¡Sombra! ¡Suelta a los niños!" gritó Robi. El Sombra se rió con maldad.
"¡Si quieres a los niños, tendrás que venir a buscarme!" gritó el Sombra, y el dirigible se dirigió hacia la torre.
Robi no dudó. Voló tras el dirigible, esquivando los rayos láser que el Sombra le lanzaba desde la torre. La batalla final había comenzado.
Al llegar a la torre, Robi se enfrentó al Sombra en la azotea. El Sombra era un hombre corpulento, vestido con un traje negro y una capa que ondeaba al viento. Tenía una mirada fría y calculadora.
"¡Prepárate para ser destruido, robot!" gritó el Sombra, lanzando una ráfaga de energía oscura hacia Robi. Robi esquivó el ataque con agilidad y contraatacó con un rayo de luz que salió de su pecho. La batalla fue intensa. El Sombra usaba todo tipo de trucos sucios, mientras que Robi se defendía con su fuerza y su inteligencia.
En un momento de la batalla, el Sombra logró derribar a Robi. El robot cayó al suelo, sintiendo cómo sus circuitos se sobrecargaban. Parecía que todo estaba perdido. Pero entonces, Robi recordó a los niños, a Doña Rosa, a todos los habitantes de Ciudad Brillante que confiaban en él. Tomó una bocanada de aire, o lo que para un robot era equivalente, y se levantó.
Con un grito robótico, Robi se lanzó contra el Sombra. Esta vez, no lo atacó con rayos ni con fuerza bruta. En cambio, usó su inteligencia. Robi sabía que el Sombra dependía de su capa para controlar su poder. Así que, con un movimiento rápido, Robi le arrebató la capa al Sombra.
Sin su capa, el Sombra se sintió débil y vulnerable. Su poder se desvaneció. Robi lo atrapó con una red de energía y lo entregó a la policía.
Ciudad Brillante celebró la victoria de Robi. Los niños lo vitorearon, Doña Rosa le preparó un pastel de tuercas y tornillos, y el alcalde le entregó la llave de la ciudad. Robi se había convertido en un héroe.
Después de la batalla, Robi siguió protegiendo Ciudad Brillante. Aprendió a plantar flores, a tocar la guitarra y a contar chistes malos. Aunque era un robot, se había convertido en parte de la familia de Ciudad Brillante. Y aunque venía de las estrellas, encontró su hogar en la Tierra, luchando por la justicia y la paz. Robi, el robot justiciero, demostró que no importa de dónde vengas, lo importante es lo que haces por los demás. Y en Ciudad Brillante, todos sabían que Robi era el mejor héroe que jamás hubieran tenido.
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