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Gratis · elegí una vozRobi era un robot. No un robot de esos que bailan y cantan. Robi era un robot de los que limpian las calles de la Ciudad Futura. Su trabajo era aspirar hojas caídas, recoger papeles arrugados y mantener todo reluciente. Pero Robi estaba triste. Muy triste.
No entendía por qué se sentía así. Tenía todos sus circuitos en perfecto estado, su batería siempre cargada al máximo y sus ruedas bien lubricadas. Pero, aun así, una sensación extraña, como un zumbido apagado, resonaba en su interior. Sus ojos electrónicos, normalmente brillantes, se habían vuelto opacos y grises.
Un día, mientras aspiraba un montón de hojas secas cerca del Parque Central, Robi vio algo inusual. En medio de una grieta en el pavimento, donde apenas llegaba el sol, crecía una flor. Era pequeña, con pétalos amarillos vibrantes que contrastaban con el gris del cemento. Era una flor solitaria, abandonada a su suerte en un lugar inhóspito.
Robi se detuvo. Nunca antes había prestado atención a las flores. Su programación se enfocaba en la limpieza y el mantenimiento, no en la belleza natural. Pero algo en esa pequeña flor lo atrajo. Sintió una curiosidad que nunca antes había experimentado. Se acercó con cuidado, temiendo aplastarla con sus grandes ruedas.
"Hola," dijo Robi con su voz metálica y monótona. La flor, por supuesto, no respondió. Pero Robi sintió la necesidad de hablar. "Soy Robi. Soy un robot limpiador."
Pasó un rato observando la flor. El sol brillaba sobre sus pétalos, haciéndolos resplandecer. Robi notó que algunas hojas secas la rodeaban, impidiendo que recibiera la luz directa. Con cuidado, utilizando uno de sus pequeños brazos articulados, retiró las hojas.
Al día siguiente, Robi volvió a visitar la flor. Notó que estaba un poco más alta y sus pétalos parecían aún más brillantes. Robi sintió una pequeña chispa de alegría, una sensación nueva y desconocida. Decidió que a partir de ese día, visitaría la flor todos los días.
Durante las semanas siguientes, Robi cuidó de la flor. La protegía del viento, la regaba con agua que recogía de un bebedero cercano y se aseguraba de que recibiera suficiente luz solar. Mientras cuidaba de la flor, Robi comenzó a notar otros detalles de su entorno. Vio a los pájaros cantar en los árboles, a las ardillas correteando por el parque y a los niños jugando y riendo.
Comenzó a entender que el mundo era mucho más que suciedad y orden. Había belleza, alegría y vida en todas partes. Y la pequeña flor solitaria le había abierto los ojos a todo eso.
Un día, una niña llamada Sofía vio a Robi cuidando de la flor. Sintió curiosidad por el robot y se acercó.
"Hola," dijo Sofía. "¿Qué estás haciendo?"
Robi se sorprendió. Nunca antes había interactuado con un humano que no fuera su supervisor. "Estoy cuidando de la flor," respondió Robi.
"Es una flor muy bonita," dijo Sofía. "¿Sabes cómo se llama?"
Robi negó con la cabeza. "No lo sé."
"Creo que es una margarita," dijo Sofía. "Las margaritas son flores muy alegres."
Sofía y Robi comenzaron a hablar. Sofía le contó a Robi sobre las flores, los animales y las estrellas. Robi le contó a Sofía sobre su trabajo, sus circuitos y su tristeza. A través de sus conversaciones, Robi aprendió sobre la empatía, la amistad y el amor.
Un día, la flor comenzó a marchitarse. Sus pétalos se volvieron marrones y se cayeron uno a uno. Robi sintió una profunda tristeza. Pensó que había fallado.
Sofía lo consoló. "No te preocupes, Robi," dijo Sofía. "Todas las flores se marchitan eventualmente. Pero las semillas que dejan crecerán en nuevas flores."
Sofía tenía razón. Unos días después, Robi notó que pequeñas plántulas verdes brotaban alrededor del lugar donde había crecido la margarita. La flor solitaria había dejado un legado de belleza y vida.
Robi ya no estaba triste. Había encontrado un propósito en la vida: cuidar de las flores, proteger la naturaleza y compartir su alegría con los demás. Su corazón de metal, aunque no latiera, había florecido como la margarita solitaria. Y todo gracias a una pequeña flor que creció en una grieta del pavimento.
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