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Gratis · elegí una vozEn la sabana del pueblo de Tame, vivía el señor Rodolfo, un cerdo grande y bonachón. Era rosado con manchas grises, y su rasgo más distintivo era una cola risada que parecía una rosquilla. A Rodolfo le encantaba jugar a las escondidas, y sus mejores amigas eran las gallinas del pueblo.
Todos los días, después de ayudar en la granja – Rodolfo revolviendo la tierra para sembrar y las gallinas recogiendo gusanos – se reunían al pie del gran árbol de mango. Era su lugar secreto, el punto de partida de todas sus aventuras escondedoras.
"¡Preparados, listos, ya!", gritaba Rodolfo con una voz que retumbaba por toda la sabana. Él siempre era el que buscaba primero. Contaba hasta diez, con los ojos apretados y las orejas tapadas, mientras las gallinas corrían a esconderse.
Pero Rodolfo tenía un problema. Él creía firmemente que podía camuflarse entre los árboles. Se acercaba a un árbol, se pegaba lo más posible al tronco, y pensaba: "¡Soy invisible!". Pero, ¡ay!, su gran cuerpo rosado y manchado era demasiado grande para esconderse completamente detrás de un árbol. Y, por supuesto, su cola risada siempre lo delataba. Era como una bandera ondeando, diciendo: "¡Aquí está Rodolfo!".
Las gallinas, por otro lado, eran maestras del camuflaje. Tenían la habilidad de sentarse y encogerse tanto que se podían camuflar tras los arbustos, entre las flores, o incluso debajo de las hojas grandes. Eran expertas en desaparecer a la vista.
Un día, mientras Rodolfo buscaba a sus amigas, pasó junto a un árbol particularmente grande. Estaba convencido de que esta vez lo lograría. Se pegó al tronco, cerró los ojos y esperó. Las gallinas, al verlo, se escondieron rápidamente. Una se metió debajo de una hoja de plátano, otra se acurrucó entre las raíces de un árbol, y la tercera se escondió detrás de una roca.
Rodolfo abrió los ojos, respiró hondo y comenzó a buscar. Caminó alrededor del árbol, mirando cuidadosamente cada rincón. Pero no veía nada. "¡Esta vez sí las he engañado!", pensó Rodolfo, lleno de alegría.
Pero entonces, una pequeña gallina, curiosa por naturaleza, no pudo resistirse a la tentación de mirar. Asomó la cabeza por debajo de la hoja de plátano y, al ver la cola risada de Rodolfo, soltó una pequeña risita.
"¡Pío, pío! ¡Te vemos, Rodolfo! ¡Tu cola te delata!", exclamó la gallina.
Rodolfo se dio la vuelta, sorprendido. "¿Mi cola?", preguntó. Se miró la cola y se dio cuenta de que, efectivamente, era muy visible.
Las otras gallinas salieron de sus escondites, riendo a carcajadas. "¡Siempre es tu cola, Rodolfo!", dijeron.
Rodolfo se unió a la risa. Sabía que nunca podría esconder su cola risada, pero no le importaba. Lo importante era que se estaban divirtiendo juntos.
"Está bien", dijo Rodolfo. "Tal vez no soy el mejor escondedor, pero soy el mejor buscador. ¡Ahora me toca a mí esconder!"
Las gallinas se prepararon para buscar a Rodolfo. Pero Rodolfo, en lugar de esconderse detrás de un árbol, tuvo una idea. Corrió hacia el campo de maíz y se escondió entre las altas plantas. Las gallinas lo buscaron por todas partes, pero no lo encontraban.
"¿Dónde estará Rodolfo?", se preguntaban las gallinas. "Nunca se había escondido tan bien antes."
Después de un rato, Rodolfo salió del campo de maíz, cubierto de hojas y polvo. "¡Aquí estoy!", gritó.
Las gallinas se sorprendieron. "¿Cómo lo hiciste, Rodolfo?", preguntaron.
"Aprendí que no siempre tengo que esconderme detrás de un árbol", respondió Rodolfo. "Puedo usar mi tamaño a mi favor. El campo de maíz era el lugar perfecto para esconderme."
Las gallinas aplaudieron a Rodolfo. Había aprendido una valiosa lección. A partir de ese día, Rodolfo se convirtió en un mejor jugador de las escondidas. Todavía elegía los árboles a veces, pero también exploraba otros lugares, usando su ingenio y su tamaño para sorprender a sus amigas.
Y así, Rodolfo, el cerdo rosado con manchas grises y una cola risada inconfundible, y sus amigas las gallinas, siguieron jugando a las escondidas en la sabana del pueblo de Tame, disfrutando de su amistad y aprendiendo nuevas formas de divertirse juntos. Cada día era una nueva aventura, una nueva oportunidad para reír, aprender y crecer juntos. Y aunque la cola risada de Rodolfo a veces lo delataba, siempre era un recordatorio de la alegría y la amistad que compartían.
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