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Gratis · elegí una vozRogelio era un Tiranosaurio Rex grandote, con dientes afilados y una voz que hacía temblar las hojas de las palmeras más altas. Pero Rogelio tenía un problema: ¡era muy, muy furioso! Se enojaba por todo: si el sol brillaba demasiado, si la lluvia caía demasiado fuerte, si una mariposa se posaba en su nariz, ¡Rogelio rugía con furia! Su rugido era tan potente que los pequeños dinosaurios corrían a esconderse y los grandes dinosaurios suspiraban con resignación.
Un día, Rogelio se enojó porque una pequeña hormiga le mordió un dedo del pie. ¡Rugía y saltaba! "¡Grrrr! ¡Te voy a aplastar, pequeña sabandija!", bramaba, mientras intentaba, sin éxito, alcanzar la minúscula hormiga. Su amigo, un Diplodocus llamado Dino, se acercó con cautela. Dino era un dinosaurio muy tranquilo y paciente.
"Rogelio, ¿por qué siempre estás tan enojado?", preguntó Dino con su voz suave y pausada.
"¡Porque esa hormiga me mordió! ¡Y porque el sol está muy brillante! ¡Y porque mi desayuno estaba frío!", gritó Rogelio, echando humo (figurativamente, claro, los dinosaurios no echan humo de verdad).
Dino suspiró. "Rogelio, la furia no te hace ningún bien. Te arruga la frente y te duele la panza. ¿No te gustaría sentirte más tranquilo?"
Rogelio frunció el ceño. "¡No sé cómo! ¡La furia simplemente sale de mí!"
"Quizás… quizás necesites algo que te calme", sugirió Dino, pensativo. "¿Has probado… carne?"
Rogelio parpadeó. "¿Carne?"
"Sí, carne. Una buena, jugosa, deliciosa… ¡carne!", exclamó Dino, saboreando la palabra en su boca. Dino, aunque era herbívoro, sabía que a los Tiranosaurios Rex les encantaba la carne.
Rogelio se quedó pensando. Nunca había relacionado su furia con su hambre. Normalmente, cuando se enojaba, simplemente… rugía. Pero la idea de una suculenta pieza de carne… le sonaba bien. Muy bien.
"Bueno…", dijo Rogelio, rascándose la cabeza con una de sus pequeñas patitas delanteras. "Podría intentarlo."
Dino sonrió. "¡Excelente! Conozco un lugar donde hay un… un… un… ¡Estegosaurio viejo y muy, muy lento!" Dino se corrigió rápidamente. "Quiero decir, ¡un montón de deliciosas hojas de helecho! Pero también sé dónde encontrar… ¡carne!"
Y así, Dino y Rogelio se dirigieron hacia la pradera, donde, casualmente, un Parasaurolophus estaba pastando tranquilamente. Dino discretamente se alejó, dejándole a Rogelio la tarea de… obtener su carne. Rogelio, sintiéndose un poco culpable, se acercó al Parasaurolophus con cautela.
"Ejem… Disculpa", dijo Rogelio, intentando sonar lo menos amenazante posible.
El Parasaurolophus levantó la cabeza, asustado. "¡Oh! ¡Rogelio! ¿Qué… qué necesitas?"
Rogelio se sintió aún más culpable. "Bueno… eh… tengo mucha furia y… Dino dijo que la carne me calmaría…"
El Parasaurolophus lo miró con incredulidad. "¿Estás diciendo que… que me vas a… comer?"
Rogelio suspiró. "No quiero. Pero… estoy muy enojado. Y Dino…"
De repente, Rogelio se dio cuenta de lo absurdo que sonaba. Estaba a punto de comerse a un inocente Parasaurolophus solo porque estaba enojado y su amigo se lo había sugerido. La furia se desvaneció, reemplazada por una profunda vergüenza.
"¡No!", exclamó Rogelio. "No te voy a comer. ¡Lo siento mucho! Estaba siendo un tonto furioso!"
El Parasaurolophus lo miró, aún asustado, pero también un poco aliviado. Rogelio, para demostrar su sinceridad, arrancó un gran puñado de hierba fresca y se lo ofreció.
"Aquí. Come esto. Te dejará más tranquilo."
El Parasaurolophus aceptó la hierba con cautela. Rogelio se sentó a su lado, sintiéndose mucho mejor. Ya no estaba furioso. Estaba… avergonzado y un poco hambriento, pero también… tranquilo.
Dino regresó, curioso. Vio a Rogelio y al Parasaurolophus comiendo hierba juntos. Se quedó boquiabierto.
"¿Qué… qué está pasando aquí?", preguntó Dino, confundido.
"Rogelio ya no está furioso", respondió el Parasaurolophus, masticando hierba. "Se dio cuenta de que la furia no es la respuesta."
Rogelio asintió. "Y… la carne no era necesaria. Necesitaba… pensar mejor las cosas."
Desde ese día, Rogelio aprendió a controlar su furia. Cuando sentía que la ira comenzaba a crecer, respiraba hondo, contaba hasta diez y pensaba en cosas bonitas: en el sol, en las flores, ¡y en sus nuevos amigos! Y aunque a veces todavía comía carne (porque, bueno, era un Tiranosaurio Rex), nunca más lo hizo por furia. Ahora, comía con… ¡alegría! Y a veces, incluso compartía su carne con Dino y el Parasaurolophus (si le sobraba, claro). Porque Rogelio, el Tiranosaurio Rex que rugía con furia, finalmente había encontrado la paz… ¡y la amistad!
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