Escuchá este cuento
Gratis · elegí una vozRoger era un niño alegre y juguetón. Vivía en un pueblito pintoresco, rodeado de montañas verdes y un río cristalino. Siempre estaba corriendo, saltando y explorando, listo para cualquier aventura que se le presentara. Su risa era contagiosa y su energía parecía inagotable.
Un día soleado, mientras jugaba en el jardín de su casa, Roger escuchó una conversación entre su abuela y su mamá. Estaban hablando de una leyenda local, la leyenda del Arcoíris Escondido. Según la leyenda, al final de un arcoíris que solo aparecía después de una tormenta muy fuerte, se encontraba un tesoro mágico, un cofre lleno de colores brillantes que podían pintar el mundo de alegría.
Roger, con sus ojos brillantes de curiosidad, se acercó a su abuela. "Abuela, ¿es verdad lo del Arcoíris Escondido?", preguntó con entusiasmo.
La abuela sonrió y le acarició el pelo. "Bueno, Roger, es solo una leyenda. Pero, ¿quién sabe? Quizás algún día lo encuentres".
Esa noche, una tormenta terrible azotó el pueblo. Los truenos retumbaban y la lluvia caía a cántaros. Roger, aunque un poco asustado, no podía dejar de pensar en el Arcoíris Escondido. Se imaginaba el cofre lleno de colores y la alegría que podría traer al mundo.
A la mañana siguiente, la tormenta había pasado. El sol brillaba con fuerza y el aire estaba fresco y limpio. Roger corrió hacia la ventana y se quedó boquiabierto. ¡Allí estaba! Un arcoíris enorme y brillante se extendía por todo el cielo, uniendo dos montañas en la distancia.
Sin pensarlo dos veces, Roger salió corriendo de la casa. Sabía que tenía que encontrar el final del arcoíris. Corrió por el campo, saltó sobre charcos y esquivó árboles, siempre con el arcoíris como guía. La aventura había comenzado.
Después de correr un buen rato, Roger llegó a un bosque espeso. El camino se volvió más difícil, lleno de ramas caídas y piedras resbaladizas. Pero Roger no se rindió. Siguió adelante, animado por la idea de encontrar el tesoro mágico.
En medio del bosque, Roger se encontró con una ardilla muy peculiar. La ardilla era pequeña y peluda, pero tenía una mirada muy sabia en sus ojos. "¿A dónde vas con tanta prisa, pequeño?", preguntó la ardilla con una voz suave.
"Voy a buscar el Arcoíris Escondido", respondió Roger. "Dicen que al final del arcoíris hay un cofre lleno de colores".
La ardilla sonrió. "Ah, el Arcoíris Escondido. Muchos lo han buscado, pero pocos lo han encontrado. El camino es largo y está lleno de desafíos. Pero si eres valiente y tienes un corazón puro, quizás lo logres".
La ardilla le dio a Roger una nuez mágica. "Esta nuez te guiará en tu camino. Sigue tu instinto y no tengas miedo", le dijo.
Roger le agradeció a la ardilla y continuó su camino. Siguió las indicaciones de la nuez mágica, que brillaba con una luz tenue. Después de un rato, llegó a un río caudaloso. No había puente para cruzarlo.
Roger estaba preocupado. ¿Cómo iba a cruzar el río? De repente, vio a un grupo de patos nadando cerca de la orilla. "¡Patos, por favor, ayúdenme a cruzar el río!", les gritó Roger.
Los patos, amables y serviciales, se acercaron a Roger. "Súbete a nuestras espaldas, pequeño. Te llevaremos al otro lado", dijeron los patos.
Roger se subió a las espaldas de los patos y juntos cruzaron el río. Al llegar a la otra orilla, Roger les agradeció a los patos por su ayuda.
Después de cruzar el río, Roger siguió caminando. El camino se volvió aún más difícil, lleno de rocas y espinas. Pero Roger no se desanimó. Sabía que estaba cerca de su destino.
Finalmente, después de mucho caminar, Roger llegó al final del arcoíris. Allí, escondido entre las rocas, estaba el cofre del tesoro. El cofre era pequeño y de madera, pero brillaba con una luz intensa.
Roger abrió el cofre con cuidado. Dentro, no había oro ni joyas. En cambio, el cofre estaba lleno de pequeños frascos de cristal, cada uno con un color diferente. Los colores eran tan brillantes y hermosos que Roger se quedó sin aliento.
Roger tomó un frasco de color azul y lo vertió sobre el río. El río se convirtió en un río de color azul brillante, lleno de alegría y vida. Luego, tomó un frasco de color verde y lo vertió sobre el bosque. El bosque se convirtió en un bosque de color verde esmeralda, lleno de paz y armonía.
Roger continuó pintando el mundo con los colores del cofre. Pintó las montañas de color púrpura, el cielo de color naranja y las flores de todos los colores imaginables. El mundo se llenó de alegría y belleza.
Cuando terminó de pintar el mundo, Roger se dio cuenta de que el verdadero tesoro no estaba en los colores, sino en la alegría que había traído a los demás. Roger regresó a su casa, feliz y orgulloso de su aventura. Sabía que siempre recordaría la leyenda del Arcoíris Escondido y la importancia de compartir la alegría con los demás.
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