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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un pequeño pueblo rodeado de campos de girasoles, una chica llamada Lura. Lura era como una florecita silvestre: hermosa y delicada, pero un poco tímida. Le encantaba leer cuentos de hadas y dibujar animalitos adorables. Pero lo que más le gustaba, en secreto, era observar a Ale.
Ale era un chico con una sonrisa tan cálida como un horno recién encendido. Le gustaba hacer rollitos de canela, los mejores del pueblo. El aroma dulce y especiado que salía de su casa era una invitación irresistible. Lura vivía cerca de la panadería de la familia de Ale, y cada mañana, el olor de la canela flotaba hasta su ventana, haciéndola sonreír sin querer.
Pero Lura era demasiado tímida para hablar con Ale. Siempre que lo veía, sus mejillas se ponían rojas como cerezas, y su voz desaparecía. Se escondía detrás de su libro o fingía estar muy ocupada dibujando. No quería admitir, ni siquiera a sí misma, que poco a poco iba sintiendo algo especial por el chico de los rollitos de canela.
Un día, la escuela organizó una feria de primavera. Cada estudiante debía participar con un proyecto o un puesto. Lura, después de mucha indecisión, decidió hacer un puesto de dibujos de animales. Estaba nerviosa, pero también emocionada.
El día de la feria, Lura colocó sus dibujos en una mesa decorada con flores. Al principio, nadie se acercó. Se sintió un poco desanimada, pero siguió sonriendo. De repente, sintió un aroma familiar: ¡era el olor a canela! Levantó la vista y allí estaba Ale, con una bandeja llena de rollitos de canela recién horneados.
Ale se acercó a su puesto. "Hola, Lura," dijo con su sonrisa radiante. "Huelen delicioso," respondió Lura, con la voz un poco temblorosa. "¿Puedo ver tus dibujos?" Ale observó cada uno de sus dibujos con atención. "Son preciosos, Lura. Tienes mucho talento." Lura se sonrojó. Nunca antes había recibido un cumplido tan sincero.
Ale compró uno de sus dibujos, un conejito con una zanahoria. "Este es para mi hermana pequeña," explicó. "Le encantan los conejos." Luego, le ofreció un rollito de canela. "Es mi manera de agradecerte por hacer dibujos tan bonitos." Lura aceptó el rollito con una sonrisa tímida. Estaba delicioso, el mejor que había probado en su vida.
Durante la feria, Ale visitó el puesto de Lura varias veces. Le contó sobre su familia, sobre su pasión por hornear y sobre su sueño de abrir su propia panadería algún día. Lura escuchó atentamente, sintiéndose cada vez más cómoda y feliz. Descubrió que Ale era tan dulce por dentro como sus rollitos de canela.
Al final de la feria, Ale le propuso a Lura ir a tomar un helado. Lura, sintiendo un cosquilleo en el estómago, aceptó sin dudarlo. Mientras caminaban hacia la heladería, Lura se dio cuenta de que ya no tenía miedo de hablar con Ale. Había superado su timidez gracias a los rollitos de canela y a la amabilidad del chico que los horneaba.
Compartieron un helado gigante, rieron y conversaron durante horas. Lura le contó a Ale sobre su amor por los cuentos de hadas y su sueño de convertirse en ilustradora. Ale le contó sobre sus recetas secretas y su deseo de viajar por el mundo para aprender nuevas técnicas de horneado.
Desde ese día, Lura y Ale se hicieron muy amigos. Lura visitaba la panadería de Ale con frecuencia, y él siempre le guardaba un rollito de canela recién horneado. A veces, incluso la invitaba a ayudarle a hornear, y Lura aprendió a hacer los rollitos de canela más deliciosos del mundo.
Lura ya no se escondía detrás de su libro cuando veía a Ale. Ya no tenía miedo de mostrarle sus dibujos ni de expresar sus sentimientos. Había comprendido que la timidez no era una barrera, sino una oportunidad para descubrir la verdadera belleza de las personas. Y, por supuesto, había asimilado que sentía algo muy especial por Ale, el chico de los rollitos de canela.
Un día, mientras horneaban rollitos de canela juntos, Ale le preguntó a Lura: "¿Sabes? Siempre me ha gustado tu sonrisa. Es tan brillante como el sol." Lura se sonrojó, pero esta vez no se escondió. Le devolvió la sonrisa y le dijo: "Y a mí me encantan tus rollitos de canela. Son tan dulces como tú." Y así, entre rollitos de canela y secretos sonrojados, nació una hermosa historia de amor.
Fin.
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