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Gratis · elegí una vozRubí odiaba el fuego. Un fuego que salía de ella, consumiendo todo a su paso. Lo odiaba porque le había arrebatado su hogar, su familia, todo. Ahora, temblaba en una cueva fría, abrazada a sí misma, con el miedo como única compañía. La cueva olía a tierra húmeda y a algo más… a esperanza. Esa esperanza tenía nombre: Nick.
Nick era diferente. No le temía al fuego de Rubí. De hecho, parecía entenderlo. “No es malo, Rubí,” decía con su voz suave, “es energía. Solo necesitas aprender a controlarla.” Rubí se burlaba. Controlar la destrucción? Imposible. Pero Nick no se rendía. Día tras día, le mostraba cómo concentrar su fuego en pequeñas chispas, cómo calentar piedras sin quemarlas, cómo crear luz sin destruir. Rubí, al principio reacia, empezó a intentarlo. Recordaba las llamas furiosas devorando su aldea, los gritos de su gente… y un nudo se le formaba en el estómago. Nick la abrazaba entonces, sin decir nada, solo estando ahí.
Una noche, Rubí soñó con la masacre. Vio las caras de sus padres, el brillo del fuego, el terror. Despertó gritando, las manos envueltas en llamas. Nick la sujetó con fuerza. “Respira, Rubí, respira. Estás a salvo.” Lentamente, las llamas se extinguieron. Rubí lloró, sintiéndose vacía. “No puedo, Nick,” sollozó, “soy una maldición.” Nick le levantó la barbilla. “No eres una maldición, Rubí. Eres fuerte. Y juntos, encontraremos la forma de controlar ese fuego, de convertirlo en algo bueno.” Rubí, por primera vez, sintió un rayo de esperanza. Quizás, solo quizás, Nick tenía razón.
**Capítulo 1: El Control del Fuego**
En la cueva, Nick había creado un pequeño laboratorio improvisado con piedras y barro. Había recogido hierbas y minerales, explicando pacientemente a Rubí sus propiedades. “El fuego reacciona a los minerales,” decía, “algunos lo calman, otros lo intensifican.” Rubí, aunque escéptica, seguía sus instrucciones. Nick le pidió que intentara encender una pequeña fogata con una ramita seca. Rubí cerró los ojos, invocando el fuego. Pero en lugar de una llama controlada, un torrente de fuego brotó de sus manos, quemando la ramita al instante y chamuscando parte de la pared de la cueva. Rubí se asustó, retrocediendo. “¡Lo siento! ¡No puedo!”
Nick se acercó con calma, recogiendo un puñado de polvo blanco de una piedra. “Este es polvo de luna,” explicó, “ayuda a calmar el fuego. Intenta visualizar una llama pequeña, controlada, como la llama de una vela.” Rubí respiró hondo, concentrándose. Imaginó la llama de una vela, pequeña y temblorosa. Lentamente, una pequeña chispa surgió de sus dedos. Era pequeña, casi insignificante, pero estaba ahí. Nick sonrió. “¡Eso es! ¡Muy bien, Rubí!” Rubí sintió una oleada de orgullo. Por primera vez, había controlado su fuego. La pequeña chispa se mantuvo encendida durante unos segundos, luego se extinguió. Pero la semilla de la esperanza había sido plantada.
**Capítulo 2: El Bosque Susurrante**
Un día, Nick propuso explorar el bosque que rodeaba la cueva. “Necesitamos encontrar más hierbas y minerales,” dijo, “y además, te vendrá bien un poco de aire fresco.” Rubí se mostró reacia. Le aterraba la idea de perder el control en un lugar abierto. Pero Nick insistió, prometiendo que estarían juntos y que él la protegería. El bosque era denso y lleno de vida. Los árboles eran enormes, con hojas de colores brillantes y extrañas formas. El aire olía a tierra húmeda y a flores silvestres. Pronto, encontraron un claro donde crecían unas flores azules con forma de campana. “Estas son Flores de Sueño,” explicó Nick, “ayudan a calmar la mente y a dormir mejor.”
Mientras recogían las flores, escucharon un susurro. Al principio, pensaron que era el viento, pero el susurro se hizo más fuerte, como si el bosque estuviera hablando. Rubí sintió un escalofrío. De repente, un grupo de pequeñas criaturas con forma de ardilla y alas de mariposa salieron de entre los árboles. Eran alegres y curiosas, rodeando a Rubí y a Nick con entusiasmo. Una de ellas, la más pequeña, se posó en el hombro de Rubí y le susurró al oído. Rubí entendió el susurro. La criatura le decía que el bosque estaba enfermo, que algo oscuro lo estaba corrompiendo. Rubí sintió un impulso de ayudar, pero el miedo la paralizó. ¿Qué podía hacer ella, una chica con una maldición, para salvar un bosque entero?
**Capítulo 3: La Raíz Corrupta**
Guiados por las criaturas aladas, Rubí y Nick llegaron al centro del bosque. Allí, encontraron un árbol enorme, con raíces retorcidas y oscuras. El árbol parecía estar sufriendo, emanando una energía negativa que contaminaba todo a su alrededor. “Esta es la Raíz Corrupta,” explicó Nick, “es la fuente de la enfermedad del bosque.” Rubí sintió la energía oscura, sintiendo un eco de su propio fuego destructivo. Sabía que tenía que hacer algo, pero no sabía cómo. Nick sugirió que intentaran usar las Flores de Sueño para calmar el árbol, pero no funcionó. La energía oscura era demasiado fuerte. Rubí se sintió desesperada. Era una maldición, destinada a destruir todo lo que tocaba.
De repente, Rubí tuvo una idea. Recordó lo que Nick le había enseñado sobre controlar su fuego, sobre convertirlo en algo bueno. Tal vez, podría usar su fuego para quemar la energía oscura de la Raíz Corrupta. Pero era arriesgado. Si perdía el control, podría quemar todo el bosque. Nick la miró a los ojos, con confianza. “Confío en ti, Rubí. Sé que puedes hacerlo.” Rubí respiró hondo, cerró los ojos y concentró toda su energía en sus manos. Esta vez, no invocó el fuego para destruir, sino para purificar. Un fuego blanco y brillante brotó de sus manos, un fuego de esperanza. Con cuidado, acercó el fuego a la Raíz Corrupta. La energía oscura luchó, pero el fuego de Rubí era más fuerte. Lentamente, la Raíz Corrupta empezó a sanar. El árbol dejó de sufrir, y la energía negativa desapareció. El bosque volvió a susurrar, pero esta vez, el susurro era de alegría. Rubí había usado su fuego para salvar el bosque. Había superado su miedo y había encontrado la luz dentro de la oscuridad.
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