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Gratis · elegí una vozHabía una vez un perro llamado Ruffo. Ruffo era muy gruñón. Gruñía a las ardillas que corrían por los árboles, a los pájaros que cantaban en las ramas, e incluso a las mariposas que revoloteaban a su alrededor. Pelea por todo: si otro perro se acercaba a su hueso, ¡gruñido! Si alguien intentaba acariciarlo, ¡gruñido doble! Ruffo se quedó sin amigos porque nadie soportaba su mal genio ni sus constantes peleas. Los otros perros del vecindario lo evitaban, los gatos lo miraban con desprecio, y hasta los gorriones volaban en dirección contraria cuando lo veían acercarse.
Un día, Ruffo, sintiéndose más solo que nunca, decidió dar un paseo por el bosque. El bosque era un lugar tranquilo, pero incluso allí, Ruffo encontraba motivos para gruñir. Gruñía a las raíces que sobresalían del suelo, a las hojas que caían de los árboles, y al viento que movía las ramas. De repente, al doblar un gran roble, se encontró cara a cara con un zorro. El zorro era astuto y de pelaje rojizo, con unos ojos brillantes que parecían saber todos los secretos del bosque.
Ruffo, sin pensarlo dos veces, le mostró los dientes y gruñó con todas sus fuerzas. ¡GRRRRRRR!
El zorro, en lugar de asustarse o huir, se detuvo. Miró a Ruffo directamente a los ojos, con una expresión curiosa en su rostro. Y entonces, soltó una sonora carcajada. ¡JAJAJAJAJA!
Ruffo quedó completamente asombrado. Nunca antes había visto a alguien reaccionar así a sus gruñidos. Se detuvo en seco, con los dientes aún al descubierto, y se preguntó: "¿Quién es este personaje que no se asusta porque le muestro los dientes y le gruño, y cuya respuesta ante mi ataque es la risa?"
El zorro, aún riendo un poco, se acercó a Ruffo con calma. "Hola, Ruffo", dijo el zorro. "Sé quién eres. Eres el perro gruñón del vecindario." Ruffo se sorprendió aún más. ¿Cómo sabía su nombre?
"Amigo", continuó el zorro, con una voz suave y comprensiva, "yo era como tú. Igual, o incluso más, enojón. Gruñía a la luna, al sol, a las estrellas... ¡a todo el mundo!"
Ruffo, aún desconcertado, bajó lentamente los dientes. "¿De verdad?", preguntó Ruffo con incredulidad.
"Sí, de verdad", respondió el zorro. "Pero el tiempo, y el quedarme sin amigos, me enseñó que no es malo sentir rabia, pero debo tener cuidado de no dañar a los demás. Porque este enojo, generalmente, no es con los demás, es conmigo mismo." El zorro se sentó sobre sus patas traseras y miró a Ruffo con seriedad. "¿Por qué crees que gruñes tanto, Ruffo?"
Ruffo se quedó pensando un momento. Nunca se había detenido a analizar por qué era tan gruñón. Simplemente, siempre lo había sido. "No lo sé", admitió Ruffo. "Supongo que... me siento inseguro. Y a veces... tengo miedo."
El zorro asintió con la cabeza. "Exactamente. El enojo a menudo es una máscara para el miedo o la inseguridad. Gruñes para protegerte, pero en realidad, estás alejando a las personas que podrían ayudarte a sentirte mejor."
"¿Y qué debo hacer?", preguntó Ruffo, sintiéndose un poco perdido.
"Debes aprender a controlar tu enojo", respondió el zorro. "A respirar hondo cuando sientas que vas a gruñir. A tratar de entender por qué te sientes así. Y, lo más importante, a hablar con los demás en lugar de gruñirles."
El zorro se levantó y se acercó a Ruffo. "Empieza por intentarlo conmigo", dijo el zorro, sonriendo amablemente. "En lugar de gruñirme, dime cómo te sientes."
Ruffo respiró hondo. Era difícil, pero lo intentó. "Me siento... sorprendido", dijo Ruffo. "Y un poco avergonzado. Nunca nadie me había hablado así antes."
El zorro asintió con la cabeza. "Está bien sentirse así", dijo el zorro. "Lo importante es que estás intentando cambiar."
Desde ese día, Ruffo comenzó a trabajar en su mal genio. Practicó la respiración profunda cuando sentía la necesidad de gruñir. Trató de entender por qué se sentía enojado o inseguro. Y, lo más importante, comenzó a hablar con los demás en lugar de gruñirles.
No fue fácil, al principio. A veces, Ruffo todavía gruñía sin querer. Pero poco a poco, con la ayuda del zorro y su propia determinación, Ruffo se convirtió en un perro más amable y amigable. Los otros perros del vecindario comenzaron a acercarse a él, y hasta los gatos dejaron de mirarlo con desprecio.
Ruffo aprendió que la risa y la amistad son mucho mejores que los gruñidos y la soledad. Y que a veces, la persona que más necesita tu ayuda, eres tú mismo.
Y así, Ruffo, el perro gruñón, se convirtió en Ruffo, el perro feliz, gracias a una valiosa lección aprendida en el bosque y a la amistad inesperada de un zorro sabio y comprensivo.
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