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León era un león muy grande, con una melena dorada que brillaba al sol. Vivía en la sabana africana, rodeado de amigos y familiares. Normalmente, León era un león feliz y juguetón. Le encantaba correr tras las mariposas, jugar a las escondidas con las cebras, y escuchar las historias del viejo elefante Sabio. Pero hoy, León no estaba feliz. Hoy, León estaba muy, muy enfadado.
Todo empezó por la mañana. León se despertó con el sol pegándole en la cara. ¡Qué molestia! Normalmente, su mamá le despertaba con un suave ronroneo, pero hoy ella estaba ocupada ayudando a su hermana pequeña a aprender a cazar. Así que, León se despertó solo y de mal humor.
Bajó de la roca donde dormía y fue a buscar su desayuno. ¡Pero no había nada! Las cebras se habían comido toda la hierba jugosa que León tanto disfrutaba. "¡Qué injusto!" pensó León, frunciendo el ceño. "Siempre se comen mi desayuno".
Mientras caminaba refunfuñando, se encontró con su amigo Tito, el mono. Tito estaba colgado de un árbol, comiendo un plátano jugoso. "¡Hola, León!" saludó Tito con una sonrisa. "¿Quieres un poco de mi plátano?"
León, todavía enfadado por la falta de desayuno, gruñó: "¡No quiero tu plátano! ¡Quiero mi hierba! ¡Y tú siempre estás colgado de los árboles, sin hacer nada útil!"
Tito se quedó mirándolo, con los ojos muy abiertos. Nunca había visto a León tan enfadado. "Lo siento, León," dijo Tito, con la voz temblorosa. "No sabía que estabas tan molesto". Y se fue corriendo, dejando a León aún más enfadado.
León siguió caminando, sintiendo cómo su enfado crecía dentro de él como una tormenta. Se encontró con su amiga Zara, la cebra. Zara estaba pintando rayas en la cara de su bebé con barro. "¡Mira, León!" exclamó Zara. "¿No es precioso?"
León bufó. "¡No me importa tu bebé! ¡Estoy enfadado porque no tengo desayuno y Tito es un vago!" Y le dio una patada a un montículo de tierra, salpicando a Zara y a su bebé con barro.
Zara se puso furiosa. "¡León! ¡No tenías por qué hacer eso! ¡Eres un grosero!" Y se alejó con su bebé, dejando a León solo con su enfado.
León se sentó debajo de un árbol, sintiéndose miserable. Se dio cuenta de que su enfado no solo le estaba haciendo daño a él, sino también a sus amigos. Los había asustado y lastimado con sus palabras y acciones.
De repente, escuchó una voz suave. "¿Qué te pasa, León?" Era el viejo elefante Sabio, que se acercaba lentamente.
León le contó todo lo que había pasado: el sol en la cara, la falta de desayuno, el plátano de Tito, el bebé de Zara... Sabio escuchó atentamente, con sus grandes orejas extendidas.
Cuando León terminó, Sabio dijo con calma: "León, el enfado es como un fuego. Si lo dejas crecer, puede quemarte a ti y a todos los que te rodean. Pero si lo controlas, puedes usarlo para calentarte en los días fríos".
"¿Cómo puedo controlarlo?" preguntó León, sintiéndose desesperado.
Sabio sonrió. "Primero, debes reconocer tu enfado. Segundo, debes respirar profundamente y contar hasta diez. Y tercero, debes tratar de entender por qué estás enfadado y buscar una solución pacífica".
León respiró profundamente, tal como le había dicho Sabio. Contó hasta diez, sintiendo cómo su corazón se calmaba un poco. Luego, pensó en por qué estaba enfadado. Se dio cuenta de que no era culpa de las cebras, ni de Tito, ni de Zara. Simplemente estaba hambriento y cansado.
Así que, León se levantó y fue a buscar a su mamá. La encontró enseñándole a su hermana a cazar. "Mamá," dijo León, "tengo hambre".
Su mamá lo abrazó con su gran trompa. "Lo siento mucho, cariño. Estaba tan ocupada que me olvidé de tu desayuno. Vamos, te prepararé algo delicioso".
Mientras comía su desayuno, León pensó en Tito y Zara. Se sentía mal por haber sido tan grosero con ellos. Así que, después de comer, fue a buscarlos.
Encontró a Tito colgado del mismo árbol. "Tito," dijo León, "lo siento mucho por lo que te dije antes. No quería lastimarte".
Tito sonrió. "No te preocupes, León. Todos nos enfadamos a veces". Y le ofreció un trozo de plátano a León.
Luego, León fue a buscar a Zara. La encontró lavando el barro de la cara de su bebé. "Zara," dijo León, "lo siento mucho por salpicarte con barro. Estaba muy enfadado".
Zara lo miró con seriedad, pero luego sonrió. "Está bien, León. Pero la próxima vez, intenta controlar tu enfado".
León asintió. Había aprendido una lección importante ese día. El enfado puede ser como un rugido de trueno, pero con paciencia y comprensión, se puede convertir en un suave ronroneo. Y desde ese día, León aprendió a controlar su enfado, y se convirtió en un león aún más feliz y juguetón.
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