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Había una vez, en el corazón del Bosque de los Colores, un pequeño conejo llamado Saltitos. Saltitos era conocido por todos por sus largas orejas de color café y su nariz rosada que nunca dejaba de moverse. Pero lo que más le gustaba a Saltitos no era saltar ni esconderse, sino organizar grandes meriendas para todos sus amigos del bosque.
Una mañana, mientras el sol se asomaba tímidamente entre los árboles de color menta, Saltitos tuvo una idea brillante. —¡Hoy haré el banquete de frutas más grande de la historia! —exclamó con alegría. Pero había un pequeño problema: para que todos pudieran comer lo mismo, Saltitos necesitaba contar muy bien cada fruta que encontraba.
Tomó su canasta de mimbre favorita y salió al camino. El primer lugar que visitó fue el claro del árbol solitario. Allí, justo en el centro, crecía una planta muy especial. —¡Mira! —dijo Saltitos—. **Una** piña grande y dorada. Es la reina del bosque. —Saltitos puso la piña en su canasta y recordó el número uno. Era una piña única, brillante y con un aroma dulce que llenaba el aire.
Siguió caminando hasta llegar a la orilla del río de cristal. Allí se encontró con su amiga la Tortuga Tula, que caminaba muy despacio cargando algo verde. —Hola, Saltitos. Traigo **dos** sandías pesadas para tu fiesta —dijo Tula. Saltitos las ayudó a acomodar en un carrito. Una y dos. Eran redondas y frescas, perfectas para el calor del mediodía. Saltitos sonrió al ver cómo el número dos se formaba con las dos frutas verdes.

Un poco más adelante, cerca de los arbustos de flores amarillas, Saltitos levantó la vista y vio a una ardilla saltarina. —¡Saltitos, he recolectado estas para ti! —gritó la ardilla mientras lanzaba frutas rojas. Eran **tres** manzanas crujientes. Saltitos las atrapó una a una: ¡una, dos y tres! Las manzanas brillaban como rubíes bajo el sol. Ahora su canasta empezaba a verse muy colorida.
De repente, un sonido de risas vino desde lo alto de las palmeras. Eran los monos traviesos. —¡Nosotros traemos el postre amarillo! —dijeron. Los monos bajaron con **cuatro** plátanos maduros. Saltitos los contó con cuidado: uno, dos, tres y cuatro. Los plátanos parecían pequeñas sonrisas amarillas. Saltitos se sentía muy feliz; el banquete iba a ser un éxito total.
Pero aún faltaba algo pequeño y dulce. Saltitos caminó hacia el prado de los aromas, donde las flores olían a vainilla. Allí, escondidas entre las hojas verdes, encontró **cinco** fresas rojas y brillantes. Se agachó y empezó a contar: una, dos, tres, cuatro y cinco. Eran pequeñitas, pero su color era el más intenso de todos. Con cinco fresas, Saltitos sentía que ya tenía un tesoro.
Para que nadie se quedara con hambre, decidió buscar un poco más. Encontró un arbusto de uvas moradas. Con ayuda de un pajarito azul, recolectó **seis** racimos pequeños. —Uno, dos, tres, cuatro, cinco y seis —contaba Saltitos mientras el pajarito silvaba una melodía. Las uvas parecían perlas oscuras.

Cerca de un camino de piedras blancas, vio un árbol cargado de naranjas. Con mucho esfuerzo, logró bajar **siete** naranjas jugosas. —¡Estas tienen mucha vitamina! —pensó. Las contó en voz alta para no olvidarse: una, dos, tres, cuatro, cinco, seis y siete. El color naranja contrastaba hermosamente con el verde de la hierba.
Ya casi llegaba la hora de la fiesta, pero Saltitos vio unas peras que colgaban de una rama baja. Eran **ocho** peras verdes y dulces. —Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete y ocho —dijo Saltitos con orgullo. Su canasta estaba casi llena, pero su corazón estaba aún más lleno de emoción.
Antes de regresar al centro del bosque, pasó por el rincón de los arándanos. Eran tan pequeñitos que tuvo que usar sus dedos para contar con cuidado. Recogió **nueve** arándanos azules. —Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho y nueve. Parecían pequeñas canicas del color del cielo.
Finalmente, llegó al gran roble donde todos sus amigos lo esperaban. Para decorar la mesa, Saltitos sacó su último tesoro: **diez** cerezas rojas con sus tallos verdes. —¡Ayúdenme a contar! —les dijo a sus amigos. Todos a coro gritaron: —¡Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve y diez!
La mesa era un arcoíris de frutas. Había una piña, dos sandías, tres manzanas, cuatro plátanos, cinco fresas, seis racimos de uvas, siete naranjas, ocho peras, nueve arándanos y diez cerezas. Saltitos se dio cuenta de que contar era como jugar, y que cada número traía una sorpresa deliciosa. Todos compartieron el banquete, riendo y aprendiendo que, cuando contamos y compartimos, la alegría siempre se multiplica.
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