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Salvador era un niño curioso que amaba los dinosaurios más que a nada en el mundo. Conocía todos sus nombres, desde el diminuto Compsognathus hasta el gigante Argentinosaurus. Su favorito, por supuesto, era el Tiranosaurio Rex, el rey de los dinosaurios. Un día, mientras jugaba en el bosque cerca de su casa, Salvador tropezó con algo duro y enterrado. Con entusiasmo, empezó a cavar con sus pequeñas manos, hasta que descubrió... ¡un enorme huevo! Era tan grande como él.
"¡Guau!" exclamó Salvador. "¡Parece un huevo de dinosaurio!"
Con mucho cuidado, llevó el huevo a su casa y lo colocó en el jardín, rodeándolo con mantas para que no tuviera frío. Día tras día, Salvador vigiló el huevo, contándole historias de dinosaurios y cantándole canciones. Una mañana, escuchó un ruido. ¡Crack! El huevo se estaba abriendo. Con el corazón latiéndole a mil por hora, Salvador observó cómo una pequeña garra rompía la cáscara. Luego, otra garra, y finalmente, una cabeza enorme asomó. Era un Tiranosaurio Rex, ¡pero un T-Rex bebé!
Salvador no podía creer lo que veía. El pequeño T-Rex, al que Salvador decidió llamar Titán, lo miró con sus grandes ojos amarillos y soltó un pequeño rugido. Era un rugido adorable, no uno aterrador. Salvador le ofreció una fresa, que Titán comió de un bocado.
"¡Hola, Titán!" dijo Salvador, acariciando la suave piel de Titán. "Soy Salvador, y seremos los mejores amigos."
Y así fue. Salvador y Titán se hicieron inseparables. Jugaban al escondite en el bosque, corrían por el prado, y hasta compartían helados de fresa. Titán crecía muy rápido, cada día era más grande y fuerte. Aunque era un T-Rex, Titán era muy amable y juguetón. Nunca se enfadaba ni mordía a nadie.
Pero un día, un grupo de científicos llegó al pueblo. Habían oído hablar de un T-Rex bebé y querían estudiarlo. Cuando vieron a Titán, se quedaron asombrados.
"¡Es increíble!" exclamó la jefa de los científicos, la Dra. Elena. "Tenemos que llevarlo a nuestro centro de investigación para aprender más sobre él."
Salvador se puso muy triste al escuchar esto. No quería separarse de su amigo Titán.
"Por favor, no se lo lleven," suplicó Salvador. "Titán es mi amigo. Él no le hará daño a nadie."
La Dra. Elena lo miró con compasión. "Entiendo cómo te sientes, Salvador," dijo. "Pero Titán es muy importante para la ciencia. Podemos aprender mucho sobre los dinosaurios gracias a él."
Salvador pensó por un momento. Sabía que la Dra. Elena tenía razón. Titán podía ayudar a muchas personas a aprender sobre los dinosaurios. Pero aún así, no quería dejarlo ir.
"Está bien," dijo Salvador con voz temblorosa. "Pero quiero visitarlo todos los días."
La Dra. Elena sonrió. "Por supuesto, Salvador. Podrás visitarlo siempre que quieras."
Así, Titán fue llevado al centro de investigación. Salvador lo visitaba todos los días, jugando con él y contándole historias. Los científicos estaban muy contentos con Titán, quien se portaba muy bien y les permitía estudiarlo. Con el tiempo, Titán se convirtió en una celebridad. Gente de todo el mundo venía a verlo. Pero para Titán, Salvador siempre sería su mejor amigo.
Un día, la Dra. Elena llamó a Salvador. "Salvador," dijo, "hemos descubierto algo muy importante. Titán no es el único T-Rex que queda. Hay otros en una isla lejana. Creemos que Titán debería ir a vivir con ellos."
Salvador se sintió triste de nuevo, pero sabía que era lo correcto. Titán merecía estar con su propia especie. Organizaron una gran fiesta de despedida para Titán. Salvador le dio a Titán su juguete favorito, un pequeño dinosaurio de peluche.
"Adiós, Titán," dijo Salvador, con lágrimas en los ojos. "Nunca te olvidaré."
Titán rugió suavemente y frotó su cabeza contra Salvador. Luego, subió a un barco y partió hacia la isla lejana. Salvador lo vio alejarse hasta que desapareció en el horizonte. Aunque estaba triste, Salvador sabía que Titán estaba donde debía estar. Y siempre recordaría su amistad prehistórica. A veces, Salvador soñaba con Titán, corriendo libre por la isla, rodeado de otros T-Rex. Y sabía, en su corazón, que Titán nunca lo olvidaría a él tampoco. Y cada vez que Salvador veía una estrella fugaz, pedía un deseo: que algún día, pudiera visitar a Titán en su isla.
Desde entonces, Salvador se convirtió en un famoso paleontólogo, estudiando los dinosaurios y compartiendo sus conocimientos con el mundo, siempre recordando a su amigo, el T-Rex Titán.
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