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Había una vez una niña llamada Samara, que tenía el cabello rizado y una sonrisa que iluminaba todo el salón de clases. Samara amaba ir a la escuela porque allí podía aprender sobre los planetas, jugar en el patio y convivir con todos sus amigos. Sin embargo, esta semana era especialmente importante. Todos en el salón estaban emocionados, susurrando y dibujando carteles de colores, porque después de un tiempo de ausencia, ¡la maestra Susy finalmente regresaba!
La maestra Susy era una persona muy especial. Era linda, siempre llevaba flores en el cabello y tenía una voz suave que recordaba al canto de los pájaros. Ella trabajaba con todo el grupo por igual, organizando actividades divertidas donde todos podían participar. Los niños la querían muchísimo porque ella no solo enseñaba matemáticas o lectura, sino que los cuidaba, los respetaba y siempre los trataba con una bondad infinita. Samara estaba feliz, pero también sentía una pequeña chispa de nervios en su corazón.
A pesar de ser una niña alegre, Samara tenía un pequeño secreto: a veces se enojaba. El enojo es como un visitante inesperado que llega sin avisar. A veces, cuando algo no le gustaba o las cosas no salían exactamente como ella quería, el enojo aparecía. En esos momentos, su cuerpo empezaba a transformarse. Sentía un calor intenso que subía desde sus pies hasta sus mejillas, como si tuviera un pequeño sol dentro del pecho. Sentía unas ganas inmensas de gritar muy fuerte y de decir ¡NO! a todo lo que le rodeaba.
Su mamá le había explicado que eso puede pasar y que no era una niña mala por sentir enojo. Las emociones son como el clima, Samara, le decía su mamá. A veces hay sol y a veces hay tormentas, pero las tormentas siempre pasan. Sin embargo, ahora que la maestra Susy regresaba, Samara quería estar preparada por si esa tormenta aparecía en el salón.
El lunes por la mañana, la maestra Susy entró al salón con su gran sonrisa. Todos corrieron a abrazarla. Empezaron una actividad de pintura, pero a Samara no le salía el color verde que quería. Sintió el calor en su cara. Sintió las ganas de aventar el pincel. Pero entonces, recordó su plan. Miró a la maestra Susy, que estaba ayudando a otro niño, y decidió detenerse. Samara sabía que no debía gritar, no debía pegar y no debía aventar cosas, porque eso lastimaría el ambiente bonito que la maestra Susy siempre creaba.
Primero me calmo, se dijo Samara en un susurro. Siguió los tres pasos mágicos que había practicado: Primero, respiró profundo, inhalando el aire como si oliera una flor y exhalándolo como si soplara una vela (uno... dos... tres...). Segundo, puso sus manos suavemente sobre su pancita, sintiendo cómo subía y bajaba con su respiración. Tercero, esperó un momento en silencio, dejando que el calor de su cuerpo se fuera enfriando poco a poco.
Como por arte de magia, su cuerpo empezó a calmarse. La tormenta se estaba alejando. Cuando ya estuvo más tranquila, Samara supo que era el momento de usar sus palabras, que son herramientas mucho más poderosas que los gritos. Se acercó a la maestra Susy, la miró a los ojos y le dijo con voz clara: Maestra, no me gusta cómo quedó mi dibujo, estoy enojada y necesito ayuda. La maestra Susy dejó lo que estaba haciendo, se puso a la altura de Samara y la escuchó con toda su atención. Gracias por decirme cómo te sientes, Samara. Vamos a mezclar los colores juntas, respondió la maestra con dulzura.
Samara se dio cuenta de que había muchas conductas que ayudaban a que el salón fuera un lugar feliz. Aprendió que escuchar cuando otros hablan, esperar su turno para usar el columpio, seguir las indicaciones de los juegos y usar palabras amables como por favor y gracias eran como superpoderes. Estas acciones hacían que el salón estuviera tranquilo y que todos, tanto niños como maestros, se sintieran mucho mejor.
Al final del día, Samara se sentía radiante. Al manejar su enojo, se sentía profundamente orgullosa de sí misma. Vio que la maestra Susy estaba contenta y que sus amigos se acercaban a jugar con ella porque sabían que Samara era una niña que sabía resolver sus problemas hablando.
Antes de irse a casa, Samara se miró en el espejo del salón y se hizo una promesa. Ella, Samara, podía sentir enojo porque es humano sentirlo, pero ahora sabía que tenía el poder de manejarlo. Podía tratar bien a la maestra Susy y a todos sus compañeros, sin importar si las cosas salían bien o mal a la primera. Yo puedo hacerlo, pensó con alegría. Y mientras caminaba hacia la salida de la mano de su mamá, Samara sabía que, con respiraciones profundas y palabras valientes, cada día en la escuela sería una aventura maravillosa.
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