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En el corazón de Guápiles, donde las nubes siempre parecen estar jugando a las escondidas con las cimas del Parque Nacional Braulio Carrillo, vivía una niña llamada Sherry. Sherry tenía ocho años, una risa que sonaba como campanitas y una curiosidad tan grande como las plantaciones de banano que rodeaban su pueblo. Sin embargo, aunque Guápiles es conocido por ser un lugar donde la lluvia y el sol bailan juntos, Sherry sentía que en su interior a veces se formaba una tormenta que no sabía cómo detener.
Una tarde de sábado, después de disfrutar un delicioso gallopinto con natilla en el desayuno, Sherry se sintió extraña. No era un dolor de panza, ni tampoco sueño. Era una sensación de 'mucha gente' dentro de su cabeza, aunque estuviera sola en su cuarto. Sus pensamientos corrían más rápido que las aguas del Río Blanco después de un aguacero. Se sentía ansiosa, como si hubiera perdido algo importante pero no recordara qué era.
—Mamá, me siento como un nubarrón gris —dijo Sherry, asomándose a la cocina donde su madre preparaba un fresco de sirope con limón.
Su mamá la miró con ternura y le entregó un vaso frío. —A veces el corazón necesita un mapa, Sherry. ¿Por qué no vas al jardín y escuchas lo que la naturaleza tiene que decirte? Recuerda que aquí en el trópico, hasta la lluvia tiene su propósito.

Sherry salió al patio. El aire olía a tierra mojada y a flores de cafeto. Caminó hacia un viejo árbol de poró que marcaba el límite de su casa. Allí, colgado de una rama con una calma envidiable, estaba Don Tito, un perezoso de tres dedos que parecía ser el dueño del tiempo. Don Tito no se movía rápido, pero sus ojos brillaban con una sabiduría antigua.
—Hola, Don Tito —susurró Sherry, sentándose en la raíz del árbol—. Me siento muy acelerada por dentro. Mi mente no para de saltar como una ardilla.
Para sorpresa de Sherry, Don Tito giró la cabeza muy, muy despacio y le respondió con una voz que sonaba como el crujir de las hojas secas: —Pequeña Sherry, lo que sientes es normal. Los seres humanos son como Guápiles: a veces tienen días de sol radiante, a veces tienen rayería y a veces una neblina espesa que no deja ver el camino. Tu mente es como el cauce del río; a veces trae mucha agua y piedras, pero el río siempre sabe hacia dónde va.
Sherry cerró los ojos y trató de imaginar su mente como el Río Blanco. Don Tito le enseñó un truco: 'La respiración del tucán'. —Inhala profundo, imaginando que tus pulmones son alas grandes que se expanden para ver todo el bosque. Exhala despacio, como si estuvieras soltando el aire para aterrizar suavemente en una rama —le explicó el perezoso.

Sherry lo intentó una, dos, tres veces. Con cada respiración, el nudo en su pecho se iba soltando. Empezó a identificar sus emociones. Ese sentimiento de 'mucha gente' era en realidad un poco de miedo por el examen de matemáticas del lunes y una pizca de tristeza porque su mejor amiga no había podido jugar ese día. Al ponerles nombre, las emociones dejaron de ser un monstruo gigante y se convirtieron en pequeñas nubes que el viento podía llevarse.
—¿Ves? —dijo Don Tito—. No tienes que pelear con la lluvia. Solo tienes que buscar un buen alero mientras pasa. Hablar de lo que sientes es como abrir una ventana en una tarde calurosa.
Sherry se sintió mucho más ligera. De regreso a la casa, vio a un colibrí libando en una heliconia y sonrió. Ya no se sentía como un nubarrón, sino como el arcoíris que sale después de un temporal en el Caribe. Esa noche, mientras cenaba un vigorón con su familia, Sherry les contó cómo se había sentido. Su papá la escuchó con atención y le dijo que él también a veces sentía tormentas internas, y que estaba bien pedir ayuda.
Guápiles seguía siendo el mismo lugar húmedo y verde, pero para Sherry, algo había cambiado. Aprendió que su salud mental era tan importante como su salud física. Aprendió que respirar, hablar y observar la calma de Don Tito eran herramientas poderosas. Y así, entre el aroma de las pipas frías y el sonido lejano del tren, Sherry creció sabiendo que, sin importar cuán fuerte lloviera por dentro, ella siempre tendría la fuerza para encontrar su propio sol.
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