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Anita la ardilla era diferente. No era que tuviera tres colas ni que hablara al revés. No, Anita era diferente porque… ¡le encantaba bailar! Todas las demás ardillas se dedicaban a recolectar nueces, enterrarlas y prepararse para el invierno. Pero Anita, en lugar de eso, zapateaba al ritmo del viento entre las hojas.
"¡Anita, concéntrate!", le regañaba su mamá, la señora Ardilla, con el ceño fruncido. "El invierno se acerca y necesitamos nueces. ¡Basta de bailes!"
Anita suspiraba. Le encantaba a su mamá, pero no entendía su pasión por el baile. Intentaba explicarle: "Pero mamá, cuando bailo, siento que vuelo. La música me llena y no puedo evitar moverme."
Su hermano, Arnaldo, se burlaba de ella. "¡Mira a la bailarina! ¡En lugar de nueces, recolecta hojas para su disfraz!" Las otras ardillas se reían. Anita se sentía muy triste y sola.
Un día, mientras bailaba cerca del río, escuchó una música maravillosa. Venía de un claro en el bosque. Curiosa, Anita se acercó sigilosamente. ¡Cuál fue su sorpresa al ver a un grupo de animales bailando alrededor de una hoguera! Había conejos, zorros, osos, todos moviéndose al ritmo de la música.
Anita, tímidamente, se unió al grupo. Al principio, se sintió un poco torpe, pero pronto la música la envolvió y comenzó a bailar con alegría. Los otros animales la animaron y la recibieron con los brazos abiertos.
Un viejo oso, con una barba larga y blanca, se acercó a ella. "Eres una bailarina maravillosa", le dijo con una sonrisa. "Nunca dejes de bailar, pequeña ardilla. Tu alegría es contagiosa."
Anita se sintió feliz como nunca antes. Por fin, había encontrado un lugar donde podía ser ella misma, donde su pasión era celebrada en lugar de criticada.
Al día siguiente, Anita regresó a casa con una nueva determinación. Sabía que tenía que recolectar nueces para el invierno, pero también sabía que no podía renunciar a su baile.
Así que, por la mañana, ayudaba a su familia a recolectar nueces. Trabajaba duro y con entusiasmo. Pero por la tarde, cuando terminaba su trabajo, se escapaba al claro del bosque para bailar con sus nuevos amigos.
Un día, la señora Ardilla la siguió en secreto. Vio a Anita bailar con los otros animales, su rostro radiante de felicidad. Vio cómo los otros animales la admiraban y cómo su baile los llenaba de alegría.
La señora Ardilla entendió. Comprendió que el baile no era solo una distracción para Anita, sino una parte esencial de su ser. Entendió que Anita era diferente, y que eso estaba bien.
Cuando Anita regresó a casa, la señora Ardilla la abrazó con fuerza. "Anita, hija mía", le dijo, "estoy orgullosa de ti. Sé que te gusta bailar, y no quiero que dejes de hacerlo. Pero también recuerda que tenemos que prepararnos para el invierno."
Anita sonrió. "Lo sé, mamá", dijo. "Por eso estoy trabajando duro para recolectar nueces. Pero también necesito bailar. Es lo que me hace feliz."
La señora Ardilla asintió. "Entonces, baila, mi pequeña ardilla. Baila con todo tu corazón. Y recuerda que siempre te amaremos, tal como eres."
Arnaldo, que había estado escuchando la conversación, se acercó tímidamente a Anita. "Lo siento, Anita", dijo. "Me burlaba de ti porque no entendía por qué te gustaba tanto bailar. Pero ahora lo entiendo. Es genial que tengas algo que te haga tan feliz."
Anita sonrió y abrazó a su hermano. "Gracias, Arnaldo", dijo. "Eso significa mucho para mí."
A partir de ese día, las cosas cambiaron. La señora Ardilla incluso intentó aprender algunos pasos de baile de Anita. Arnaldo, aunque no era un gran bailarín, la acompañaba al claro del bosque y la animaba. Y las otras ardillas, aunque seguían recolectando nueces, a veces se unían a Anita para bailar un poco.
Anita aprendió que podía ser ella misma y seguir siendo parte de su familia y comunidad. Aprendió que ser diferente no era algo malo, sino algo especial. Y aprendió que el baile, además de hacerla feliz, podía alegrar a los demás.
Así, Anita la ardilla, siguió bailando al ritmo del viento, recolectando nueces para el invierno y compartiendo su alegría con todos los que la rodeaban. Y siempre recordaba que, lo más importante de todo, era ser ella misma. ¡Porque ella era así!
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