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Había una vez una pequeña gatita que encontré cerca de mi casa. La llamé Sultana porque tenía un aire muy elegante, como una reina. Sus ojos eran grandes y verdes, su pelaje suave como la seda y su cola se movía con una gracia que me encantaba. La llevé a mi hogar con mucho cariño y, en pocos días, se convirtió en parte de la familia. Le encantaba acurrucarse en mi regazo mientras leía mis libros de cuentos, y ronroneaba como un pequeño motor cuando la acariciaba detrás de las orejas.
Sin embargo, al cuarto día de tenerla, volví al colegio como siempre. Estaba muy emocionada por mostrarle a mis amigos las fotos de Sultana que había tomado con mi teléfono. Las clases pasaron volando, pensando en jugar con ella al volver a casa. Al regresar por la noche, me di cuenta de que Sultana ya no estaba en su lugar. Su camita, que había preparado con una manta suave, estaba vacía. La busqué por toda la casa, llamándola por su nombre con voz suave y preocupada: "¡Sultana, Sultana! ¿Dónde estás?". Revisé debajo de los sofás, detrás de las cortinas, incluso dentro del armario, pero no la encontré. Pronto comprendí que se había escapado. ¡Mi corazón se llenó de tristeza! Sentí un nudo en la garganta y mis ojos se llenaron de lágrimas. ¿Por qué se habría ido? ¿No le gustaba su nueva casa? ¿Estaría asustada?
Pasaron diez días, y aunque todos los días volvía del colegio esperando encontrarla, la echaba mucho de menos. Cada tarde, después de hacer mis deberes, salía al jardín a buscarla, llamándola sin cesar. Mis padres también me ayudaban a buscarla por el vecindario, preguntando a nuestros vecinos si la habían visto. Pero nadie la había visto. La tristeza me invadía cada vez más. Pensaba en sus ronroneos, en sus juegos con un ovillo de lana, en su manera de mirarme con sus grandes ojos verdes. La echaba muchísimo de menos. Una noche, ya muy tarde, me acosté en mi cama, sintiéndome triste. No podía dormir, pensando en dónde estaría Sultana y si estaría bien. Me imaginaba que estaría sola, asustada y hambrienta. Ojalá pudiera encontrarla.
De repente, en medio de la madrugada, sentí algo suave sobre mis piernas. Al principio, pensé que estaba soñando, pero la sensación era muy real. Abrí los ojos lentamente y, ¡era Sultana! Había vuelto. Estaba allí, acurrucada sobre mis piernas, ronroneando suavemente. Sus ojos brillaban en la oscuridad y parecía estar contenta de verme. ¡No podía creerlo! ¡Sultana había regresado!
Me levanté rápidamente, la tomé entre mis brazos y la abracé con fuerza. ¡Qué felicidad tan grande sentí en ese momento! La abracé con todas mis fuerzas, sintiendo su suave pelaje contra mi mejilla. Le di muchos besos en la cabeza y le dije cuánto la había extrañado. Ella ronroneaba más fuerte que nunca, como si entendiera todo lo que le estaba diciendo. La llevé conmigo a la cocina y le preparé un plato de leche tibia y un puñado de su comida favorita. Ella comió con mucho apetito, como si no hubiera comido nada en días. Después, la llevé de nuevo a mi habitación y la acurruqué conmigo en la cama. Nos quedamos dormidas abrazadas, sintiendo la alegría de estar juntas de nuevo.
A la mañana siguiente, le pregunté a mis padres si sabían por qué Sultana se había ido. Me contaron que a veces los gatos, especialmente cuando son jóvenes, exploran su entorno y se aventuran lejos de casa. Pero que, al final, siempre regresan si se sienten queridos y seguros. Ahora sabía que mi pequeña gata traviesa había regresado, y nunca más la dejaría escapar. Desde ese día, me aseguré de que Sultana siempre tuviera comida, agua y mucho cariño. También le puse un collar con mi nombre y número de teléfono, por si acaso volvía a perderse. Pero Sultana nunca más se escapó. Se quedó a mi lado, convirtiéndose en mi mejor amiga y compañera de juegos. Y yo, aprendí que el amor y la paciencia son las claves para tener una mascota feliz y contenta. Aprendí que a veces, las aventuras nos llevan lejos, pero siempre nos hacen regresar a donde realmente pertenecemos. Y Sultana, mi gata fugitiva, pertenecía a mi lado, para siempre.
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