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Gratis · elegí una vozCuando tenía dos añitos, mi mamá y yo trajimos a casa un gatito chiquitito. Era tan pequeño que cabía en la palma de mi mano. Le pusimos Tom. ¡Tom y yo crecimos juntos! Recuerdo gatear detrás de él por toda la casa, riendo a carcajadas mientras él perseguía su pelotica roja. Le encantaba jugar, dar cabezazos suaves y ronronear como un motorcito contento.
Tom era muy cariñoso. Le encantaba dormir a los pies de mi cama. Sentía su calorcito y su suave ronroneo, y me dormía con una sonrisa. Era mi mejor amigo felino. Siempre estaba ahí para mí, con sus grandes ojos verdes y su pelaje suave como la seda.
Al poco tiempo, mi mamá y yo decidimos que Tom necesitaba una compañera. Así que adoptamos una gatita. Era muy diferente a Tom. Le pusimos Lana. Lana era… hmmm… ¿cómo decirlo?… ¡un poquito gruñona! No le gustaba que la abrazaran, ni que la acariciaran. Si intentabas darle un beso, ¡bufaba! Era todo lo contrario a Tom, que adoraba los mimos.
Al principio, Lana se escondía debajo del sofá y solo salía a comer cuando nadie la veía. Tom, con su paciencia infinita, se acercaba a ella poco a poco, ronroneando suavemente y frotándose contra su patita. Poco a poco, Lana empezó a salir de su escondite un poco más a menudo. Empezó a observar a Tom jugar con la pelotica roja, y a veces, ¡incluso intentaba atraparla ella también!
Con el tiempo, Lana cambió. Empezó a dejarse acariciar, y un día, ¡increíblemente, ronroneó! Fue un momento mágico. Descubrimos que, en el fondo, Lana también era una gatita cariñosa, solo que necesitaba un poco más de tiempo para confiar en nosotras.
A partir de ese momento, Tom y Lana se hicieron inseparables. Jugaban juntos, dormían acurrucados y se acicalaban mutuamente. Lana incluso empezó a dormir cerca de nosotras en la cama, aunque no a los pies como Tom, sino cerca de mi almohada.
Todo iba tan bien con mis gatitos. Estaba tan feliz de tenerlos a los dos. Les daba muchos besos, jugaba con ellos y les daba mucho amor. Eran parte de mi familia.
Hasta que un día… Tom desapareció.
Tom era un gato muy curioso. Le encantaba explorar. Le gustaba subir al techo de nuestra casa, desde donde podía ver todo el vecindario. A menudo lo encontrábamos allí, tomando el sol y observando a los pájaros.
Así que, cuando no lo vimos por la mañana, pensamos que estaba en el techo, como de costumbre. Lo llamamos, pero no respondió. Pensamos que quizás estaba dormido.
Pero ese día, Tom no regresó.
Lo buscamos por todas partes. Revisamos el techo, el jardín, la calle. Preguntamos a los vecinos si lo habían visto. Pero nadie sabía nada.
Pasaron los días, y Tom seguía sin aparecer. Me puse muy triste. Lloraba todas las noches. No entendía por qué se había ido. ¿Acaso ya no nos quería?
Mi mamá también estaba muy triste. Ella amaba a Tom tanto como yo. Lo buscamos incansablemente, pero no teníamos ni una pista de él. Era como si se lo hubiera tragado la tierra.
Lana también se sentía sola. Ya no tenía a su compañero de juegos. Se acurrucaba en mi regazo con más frecuencia y maullaba con tristeza. Parecía que ella también lo extrañaba.
Un día, Lana enfermó. Estaba muy débil y no quería comer. El veterinario nos dijo que estaba deprimida por la ausencia de Tom. Tuvimos que darle muchos cuidados y mucho amor para que se recuperara.
Fue un momento muy difícil para mi mamá y para mí. Pero juntas, logramos superar la tristeza. Nos dimos cuenta de que, aunque Tom ya no estaba con nosotras, todavía teníamos a Lana, que nos necesitaba.
Nos concentramos en darle a Lana todo el amor y la atención que necesitábamos. Jugamos con ella, la acurrucamos y le hablamos con cariño. Poco a poco, Lana empezó a sentirse mejor. Empezó a jugar de nuevo y a ronronear con alegría.
Hoy en día, Lana está mejor, al igual que mi mamá y yo. Todavía extrañamos mucho a Tom, pero sabemos que siempre estará en nuestros corazones. Y aunque nunca lo olvidaremos, hemos aprendido a seguir adelante y a apreciar el amor y la compañía de Lana.
Lana sigue siendo una gatita muy cariñosa. Le encanta dormir cerca de nosotras y ronronear cuando la acariciamos. Y aunque a veces todavía la vemos mirando hacia el techo, sabemos que está feliz y que nos ama tanto como nosotras a ella. Y eso, al final, es lo que importa.
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