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Gratis · elegí una vozTomás era un ratoncito muy especial. No le gustaba tanto roer queso como leer libros. ¡Tomás leía mucho! Vivía en la biblioteca de la señora Emilia, escondido entre los estantes de cuentos de hadas y novelas de aventuras. Conocía todas las historias: desde el lobo feroz hasta el valiente caballero. Cada noche, cuando la biblioteca quedaba en silencio, Tomás salía de su escondite y se zambullía en las páginas iluminadas por la luz de la luna.
Un día, la señora Emilia organizó una fiesta en la biblioteca para celebrar el cumpleaños de su gato, Bigotes. Había globos de colores, serpentinas y, lo más importante para Tomás, una enorme tarta de queso. ¡Un queso gruyer gigante, con agujeros perfectos y un aroma irresistible! Tomás observaba la tarta desde su escondite, soñando con probar un trocito. Pero sabía que no debía, la señora Emilia se enfadaría.
Al día siguiente, la señora Emilia descubrió algo terrible: ¡el queso había desaparecido! No quedaba ni una migaja. Estaba muy triste y preocupada. "¡Quién habrá sido el goloso!", exclamó, mirando a Bigotes con sospecha. Bigotes, ofendido, negó con la cabeza y maulló tristemente. Tomás, escondido detrás de un libro de poemas, escuchó la conversación. Sabía que Bigotes no había sido, él lo había visto dormir plácidamente toda la noche. Pero, ¿quién había sido entonces?
Tomás, el ratón lector, decidió investigar. Usaría sus habilidades detectivescas, aprendidas de sus libros de misterio, para resolver el caso del queso desaparecido. Primero, inspeccionó el lugar del crimen: la mesa donde había estado la tarta. No había huellas, ni migas, ni nada sospechoso. "¡Esto es más difícil de lo que pensaba!", murmuró Tomás.
Entonces, recordó una lección importante de uno de sus libros: "Observa los detalles". Empezó a mirar alrededor con atención. Vio una pequeña pluma azul en el suelo, cerca de la ventana. "¡Una pluma!", exclamó. "Esto podría ser una pista". Tomás sabía que en el jardín de la biblioteca vivían unos pájaros azules muy curiosos. ¿Podría ser que uno de ellos hubiera entrado por la ventana y se hubiera llevado el queso?
Siguiendo su instinto, Tomás salió de la biblioteca y se dirigió al jardín. Buscó a los pájaros azules y los encontró picoteando unas semillas bajo un árbol. Se acercó con cautela y les preguntó si habían visto algo inusual la noche anterior. Los pájaros se miraron entre sí y luego uno de ellos, el más anciano, respondió: "Vimos una sombra muy grande pasar volando por la ventana de la biblioteca. Parecía llevar algo pesado".
Tomás pensó un momento. ¿Una sombra grande? ¿Algo pesado? No podía ser un pájaro. Los pájaros azules eran pequeños y no podían levantar tanto peso. De repente, recordó otro detalle: la señora Emilia siempre dejaba la ventana entreabierta para que entrara aire fresco. ¡Quizás algo más grande había entrado por la ventana!
Volvió corriendo a la biblioteca y examinó la ventana con más detenimiento. Vio unas pequeñas marcas en el alféizar, como si algo se hubiera arrastrado por allí. "¡Ahá!", exclamó Tomás. Siguió las marcas hasta la puerta de la biblioteca. Las marcas continuaban hasta el jardín, pero esta vez, no iban hacia los árboles, sino hacia el estanque de los patos.
Tomás corrió hacia el estanque y vio a la pata Carlota nadando con sus patitos. Carlota era una pata muy glotona y siempre estaba buscando comida. Tomás se acercó a la orilla y le preguntó a Carlota si había visto algo inusual la noche anterior. Carlota, avergonzada, escondió la cabeza bajo el ala y dijo: "Bueno, yo... yo vi algo muy grande y amarillo flotando en la mesa de la biblioteca. Tenía un olor delicioso y... bueno, no pude resistirme".
Tomás entendió todo. Carlota había entrado por la ventana, se había comido el queso y luego había regresado al estanque. No estaba enfadado, solo aliviado de haber resuelto el misterio. Volvió a la biblioteca y le contó todo a la señora Emilia. La señora Emilia se rió al escuchar la historia y no se enfadó con Carlota. "Bueno, al menos sabemos quién fue", dijo. "La próxima vez, pondré el queso en un lugar más seguro".
Para compensar a Bigotes, la señora Emilia compró una lata de atún gigante. Bigotes estaba feliz y ronroneó agradecido. Tomás, por su parte, recibió una recompensa aún mejor: ¡un nuevo libro de misterio! Y así, Tomás, el ratón lector, continuó disfrutando de sus libros en la biblioteca, siempre listo para resolver cualquier misterio que se presentara.
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