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Gratis · elegí una vozHabía una vez un conejito llamado Tomi, que tenía una pantallita mágica. En esa pantalla podía ver dibujos animados de conejos astronautas, jugar juegos de carreras de zanahorias y escuchar canciones pegadizas sobre saltar y brincar. ¡Le encantaba! Pasaba horas y horas con su pantallita, explorando mundos virtuales sin moverse de su madriguera.
—Solo un poquito más —decía Tomi, con los ojos fijos en la pantalla, cada vez que mamá coneja lo llamaba para comer zanahorias frescas o para ayudarla a regar las flores del jardín. El brillo de la pantalla lo tenía hipnotizado.
Pero el "poquito más" se hacía largo… ¡muy largo! Lo que empezaba como unos minutos se convertía en horas perdidas entre videos y juegos. El tiempo parecía volar cuando estaba absorto en su pantallita.
Y entonces, algo empezó a pasar. Algo que Tomi no notó al principio, pero que poco a poco fue cambiando su vida.
Tomi ya no quería salir a jugar con sus amigos. Antes, le encantaba corretear por el campo, jugar a las escondidas entre los árboles y construir fuertes de ramas y hojas. Ahora, prefería quedarse en casa, viendo videos de otros conejitos jugando en la pantalla.
Ni armar torres de bloques de madera, ni correr por el pasto sintiendo la hierba suave entre sus patitas, ni pintar con colores brillantes y crear obras de arte con forma de zanahorias gigantes. Todo eso le parecía aburrido comparado con la emoción constante que le ofrecía la pantallita.
Un día soleado, su amiga la tortuga Tula vino a buscarlo a la puerta de su madriguera. Tula era una tortuga lenta y paciente, pero siempre estaba dispuesta a jugar y a compartir historias.
—¿Jugamos a las escondidas? —preguntó Tula, con su voz suave y pausada. Llevaba una flor silvestre prendida en su caparazón.
—Mmm... después del video —dijo Tomi, sin apartar la vista de la pantalla. Estaba viendo un video de un conejo haciendo malabares con zanahorias.
Tula se fue triste, arrastrando su caparazón por el camino. Su flor silvestre parecía marchitarse un poco. Y Tomi, sin darse cuenta, también se sintió un poco triste, aunque no entendía por qué. Era como si una sombra se hubiera posado sobre su corazón.
Esa noche, Tomi tuvo una pesadilla terrible. Soñó que la pantalla se agrandaba y se hacía cada vez más grande, hasta que lo atrapaba como una telaraña pegajosa. No podía moverse, estaba atrapado en un mundo de luces y colores.
Soñó que sus juegos favoritos, sus amigos y hasta su peluche favorito, un conejito de felpa llamado Orejitas, se alejaban cada vez más, hasta que desaparecían en la distancia. Estaba solo en la pantalla gigante.
Cuando se despertó, tenía el corazón chiquito, lleno de un sentimiento extraño que nunca antes había experimentado. Era una mezcla de tristeza, soledad y arrepentimiento. Se sentía vacío por dentro.
Fue a ver a mamá coneja, que estaba preparando un desayuno de moras silvestres y hojas de trébol. Se acurrucó a su lado y le contó su pesadilla.
—Creo que mi pantallita mágica me está quitando cosas lindas —dijo Tomi, con la voz temblorosa. Las lágrimas le rodaban por las mejillas.
Mamá coneja lo abrazó fuerte y le acarició las orejas largas y suaves.
—Las pantallas no son malas, Tomi. Pueden ser divertidas y educativas, pero solo hay que usarlas un ratito y con cuidado. Como todo en la vida, necesitan un equilibrio. Demasiado de algo bueno puede ser malo.
Entonces, juntos hicieron un plan. Un plan para que Tomi recuperara su vida y volviera a disfrutar de las cosas que realmente importaban.
Primero, establecieron un "Tiempo de pantalla" limitado. Solo podría usar la pantallita durante una hora al día, y siempre después de haber hecho sus tareas y jugado al aire libre.
Y luego… ¡Tiempo de juego, de charla, de saltos y risas! Tiempo para construir torres de bloques, correr por el pasto, pintar con colores y jugar a las escondidas con Tula.
Desde ese día, Tomi juega con su pantallita… pero mucho más con la vida real. Descubrió que la verdadera diversión no está en la pantalla, sino en el mundo que lo rodea, en la compañía de sus amigos y en el amor de su familia.
Y volvió a sonreír. Una sonrisa brillante y sincera, una sonrisa que venía del corazón. Una sonrisa que decía: "¡Estoy feliz de estar de vuelta!".
FIN.
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