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Gratis · elegí una vozEn una clase de la escuela número 68 hay algo muy especial. . . no es un marciano que vino a conocer la escuela, ni un ratoncito perdido. Tampoco es un maestro que no escucha el timbre y da mucho tiempo de recreo, ni un alumno despistado que hechiza a los docentes para mantenerlos apagados.
Nada de eso, lo que sí hay es ¡un robot!
Se llama TrikiBot 3000, y fue creado para aprender sobre cómo se sienten los humanos.
Tiene un botón redondo y brillante que le permite sentir una emoción a la vez. Su aspecto es adorable y aunque da mucha ternura tiene un gran problema: las emociones ¡las siente a lo grande!
Cuando está feliz, da vueltas en el aire.
Cuando está triste, llora tanto que hay que pasarle un trapo y entra en corto circuito.
Lo peor es cuando se enoja… porque ¡cuidado! Grita "ERROR", le salen chispas de las orejas, y sus ojos entran en estado de alarma.
Fue así que luego de observar por un tiempo a los niños su emocionómetro se activó, el botón prendió y TrikiBot empezó a hacer cosas raras, pero muy raras.
Primero soltó una carcajada tan fuerte que se le cayeron los tornillos. Un rato más tarde mientras escuchaba la clase comenzó a llorar frente al sacapuntas. Los niños no entendían nada, susurraban entre ellos muy asustados pero mientras todos estaban comentando lo que hacía el robot se puso a gritarle a un marcador muy enojado porque, según él, había olvidado escribir cuando el lo estaba usando.
—¿Qué le pasa a TrikiBot? —preguntó Mia, la más curiosa del grupo.
—¡No puedo controlarlo! —dijo la maestra, con un tono angustiado— Creo que sucedió lo peor dijo - su emocionómetro está descontrolado y así no puede manejar la intensidad de sus emociones. Mía, en ese instante gritó -tengo una idea, reunión de grupo yaaa- dijo desesperada. Los niños y la maestra se reunieron y comenzaron a pensar en cómo ayudarlo. Fue entonces cuando comenzaron a recordar las clases de la maestra Lola cuando les presentó un juego de las emociones. Entonces se les ocurrió dividirse en grupos y armar un cartel con la descripción de las emociones y algunos ejemplos de cuándo han sentido ellos la emoción que les tocó representar. Otto que estaba en el grupo 3 recordó cuando un amigo sin querer rompió su juguete, vaya que ese día si que se llenó de enojo. Clara del grupo 2 recordó el día que se fue de viaje y sus compañeros le regalaron un montón de cartas para que no los extrañe. Ese día ella sintió felicidad. Y así cada niño fue expresando y reflexionando situaciones en dónde también se les habían descontrolado el emocionómetro. Al cabo de un rato ya tenían las emociones con caritas, colores para que a su amigo de metal le sirva como guía de aprendizaje.
Jugaron a hacer muecas: de alegría, de miedo, de bronca y de sorpresa.
Y lo más importante: le enseñaron a TrikiBot a decir lo que sentía.
—Ahora estoy frustrado —decía TrikiBot, con una ceja levantada—, pero estoy respirando hondo dijo. Y Sofi le contó que en una clase de yoga aprendió algunos ejercicios para tranquilizarse y se los mostró.
—Y ahora estoy... ¡feliz! —gritaba después, haciendo la danza del robot. Y fue ahí cuando Renzo le contó que cuando su felicidad es tan grande es muy lindo expresarla pero siempre y cuando esta respete el espacio de los demás, le mostró cómo podía ir gestionando esa felicidad para que el resto de las personas que lo acompañarán en esos momentos no se asustarán. Y así fue experimentando una y otra emoción. Aunque por momentos, una se confundía con otra y debía detenerse, ahí sus amigos lo ayudaban a analizar, qué le despertó dicha confusión, cuáles fueron las emociones que le parecía que predominaban, con cuál conectaba más, cómo quería expresarlo. Y desde ese día, TrikiBot no necesitó más su control remoto.
Porque descubrió que todas las emociones son parte de ser uno mismo.
Incluso si sos un robot con orejas con wifi.
Y aunque a veces todavía llora charcos o ríe como alarma,
TrikiBot 3000 aprendió algo muy humano:
sentir está bien y cada uno construye sus propias herramientas, pero tener amigos que te compartan las suyas es un enorme privilegio y un compromiso de ser mejor para poder compartir con otros y un día poder salir a las calles con todos los recursos emocionales que fue generando en su estadía en la escuela 68.
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