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Trinidad no quería dormir sola. Cada noche, al apagar la luz, un ejército de sombras danzaba en las paredes de su habitación, convirtiendo percheros en monstruos y sillas en fantasmas. "¡Mamá! ¡Papá!", gritaba, con la voz temblorosa. "¡Hay monstruos en mi cuarto!"
Sus papás, con paciencia infinita, revisaban cada rincón, abriendo armarios y mirando debajo de la cama. "Trinidad, cariño, no hay nada. Son solo sombras", decía su mamá, abrazándola. Pero Trinidad no se convencía. Los monstruos solo se escondían cuando ellos llegaban.
Una noche, mientras Trinidad lloraba, su abuela Elena, que estaba de visita, entró en la habitación. La abuela Elena tenía el pelo blanco como la nieve y unos ojos que brillaban como estrellas. Se sentó en la cama junto a Trinidad y le tomó la mano.
"Trinidad, ¿sabes por qué tienes miedo de la oscuridad?", preguntó la abuela Elena.
Trinidad negó con la cabeza, secándose las lágrimas con el dorso de la mano.
"Porque crees que estás sola", dijo la abuela Elena. "Pero nunca estás sola, mi niña. Siempre hay alguien contigo."
Trinidad frunció el ceño. "¿Quién?"
La abuela Elena sonrió y señaló hacia la ventana. "Mira."
Trinidad miró hacia la ventana. Allí, en el cielo oscuro, brillaba la luna, redonda y brillante.
"La luna", dijo la abuela Elena, "es tu compañera. Ella te cuida durante la noche. Observa todo y te protege de los monstruos."
Trinidad miró la luna con atención. Nunca la había visto de esa manera. Siempre la había ignorado, concentrándose en las sombras de su habitación.
"Pero… ¿cómo me protege?", preguntó Trinidad.
"La luna tiene un polvo mágico", explicó la abuela Elena. "Un polvo brillante que espanta a los monstruos y llena la noche de sueños bonitos. Cada vez que tienes miedo, solo tienes que mirar a la luna y pedirle que te proteja. Ella te escuchará."
Trinidad, intrigada, hizo lo que le dijo su abuela. Miró fijamente a la luna y susurró: "Luna, por favor, cuídame".
De repente, la luz de la luna pareció brillar con más intensidad. Trinidad sintió una calma extraña, como si un manto suave la envolviera.
"Ahora, cierra los ojos", dijo la abuela Elena. "Y piensa en algo bonito."
Trinidad cerró los ojos y pensó en su perro, Max, corriendo por el parque. Imaginó su pelaje suave y su lengua rosada lamiéndole la cara. Una sonrisa se dibujó en sus labios.
Cuando volvió a abrir los ojos, las sombras en la habitación ya no parecían tan aterradoras. Incluso el perchero parecía menos monstruoso.
La abuela Elena le dio un beso en la frente. "Descansa, mi niña. La luna te cuidará."
Esa noche, Trinidad durmió mejor que nunca. Cada vez que se despertaba, miraba hacia la luna y sentía una sensación de seguridad. La luna era su compañera, su protectora, su amiga.
Al día siguiente, Trinidad le contó a sus papás lo que le había dicho la abuela Elena. Al principio, se mostraron escépticos, pero al ver la tranquilidad de Trinidad, decidieron seguirle la corriente.
Compraron una pequeña lámpara con forma de luna y la colocaron en su mesita de noche. Cada noche, antes de dormir, Trinidad encendía la lámpara y hablaba con la luna. Le contaba sus secretos, sus sueños y sus miedos.
Y así, poco a poco, el miedo de Trinidad a la oscuridad fue desapareciendo. Aprendió que la oscuridad no era algo malo, sino un momento de tranquilidad y descanso. Aprendió que, aunque estuviera sola en su habitación, siempre tenía a la luna como compañera.
Un día, Trinidad le preguntó a su abuela Elena: "Abuela, ¿de verdad la luna tiene polvo mágico?"
La abuela Elena sonrió. "El polvo mágico, mi niña, está dentro de ti. Es la fuerza que te ayuda a superar tus miedos. La luna solo te recuerda que siempre lo tienes contigo."
Trinidad abrazó a su abuela Elena. Ahora entendía. La luna no era solo una bola de roca en el cielo. Era un símbolo de esperanza, de seguridad y de amor. Era la prueba de que, incluso en la oscuridad más profunda, siempre hay una luz que te guía.
Desde esa noche, Trinidad siempre durmió con la ventana abierta, para que la luna pudiera entrar y llenarla de su luz y su magia. Y aunque a veces todavía sentía un poco de miedo, ya no gritaba. Simplemente miraba a la luna, respiraba hondo y recordaba que nunca estaba sola.
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