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Había una vez un niño llamado Mateo que tenía cinco años y empezaba una aventura muy emocionante: ¡el primer día de clase en el colegio de los mayores! Mateo tenía una mochila azul brillante, unos zapatos que hacían clic-clic al caminar y un poquito de miedo en el estómago. El miedo de Mateo era como una pequeña mariposa que revoloteaba dentro de él porque no sabía si encontraría amigos o si la profesora sería cariñosa.
Antes de salir de casa, su mamá se agachó para estar a su altura y le dijo con una sonrisa: Mateo, no olvides que nunca vas solo. Jesús es tu mejor amigo y hoy irá contigo al colegio, sentado justo a tu lado en el pupitre. Mateo abrió mucho los ojos. ¿Jesús? ¿El mismo de las historias que contaban en la iglesia? ¿El que hacía milagros? ¡Qué suerte! Si Jesús era su amigo, nada malo podía pasar.
Al llegar al colegio, el patio estaba lleno de gritos y risas. Mateo se sintió pequeño otra vez. Pero entonces, recordó lo que dijo mamá. Cerró los ojos un segundo y susurró: Jesús, ¿estás ahí?. De repente, sintió una calidez en el pecho, como si un rayito de sol lo abrazara por dentro. Con ese calorcito, Mateo entró al aula.
La primera actividad del día fue hacer un dibujo. Mateo no sabía qué dibujar, pero entonces sintió una idea brillante en su mente, como si alguien le diera un empujoncito de creatividad. Dibujó un sol gigante y un parque lleno de flores. A su lado, una niña llamada Sofía estaba llorando porque se le había roto la punta de su color rojo. Mateo, recordando que Jesús siempre ayudaba a los demás, se acercó y le dijo: No llores, Sofía. Yo te presto el mío. Mi amigo Jesús dice que compartir es mejor que tenerlo todo para uno solo. Sofía dejó de llorar y le regaló una sonrisa tan grande que a Mateo se le olvidó por completo el miedo.
En el recreo, el patio parecía un laberinto. Mateo vio a un niño sentado solo en un rincón, mirando sus zapatos. Era Lucas, un niño nuevo que no se atrevía a jugar al fútbol. Mateo pensó: Si Jesús estuviera aquí, invitaría a Lucas. Así que, aunque a él también le daba un poco de vergüenza, se acercó. ¿Quieres jugar con nosotros? Jesús y yo buscamos un delantero, dijo Mateo con valentía. Lucas se levantó de un salto y pronto estaban todos corriendo tras el balón. Mateo se dio cuenta de que Jesús no solo era su amigo, sino que le enseñaba a ser amigo de los demás.
A la hora de la comida, las lentejas no le gustaban mucho a Mateo. Arrugó la nariz y pensó en esconderlas bajo el pan. Pero entonces recordó que Jesús siempre daba las gracias por el pan y los alimentos. Cerró los ojos, dio las gracias en silencio y, para su sorpresa, ¡las lentejas no sabían tan mal! Incluso se terminó todo el plato para tener fuerzas y seguir jugando.
Por la tarde, la profesora contó una historia sobre las estrellas. Mateo miraba por la ventana y pensaba en lo grande que era el mundo. A veces, las cosas en el colegio podían ser difíciles, como cuando no te sale una letra o cuando alguien te empuja sin querer. Pero Mateo descubrió un secreto: cuando hablaba con Jesús en su corazón, todo se volvía más sencillo. No necesitaba gritar, solo pensar: Ayúdame, amigo Jesús, y de inmediato sentía una paz que le permitía perdonar a quien le había empujado o intentar escribir la letra A una vez más.
Cuando sonó el timbre de salida, Mateo salió corriendo hacia su mamá. Estaba tan feliz que parecía que sus zapatos tenían alas. ¡Mamá, mamá! ¡Jesús es el mejor compañero de clase del mundo!, exclamó emocionado. Le contó cómo compartieron los colores, cómo jugaron al fútbol y cómo las lentejas supieron a gloria. Su mamá lo abrazó fuerte y le explicó que Jesús no se quedaba en el colegio, sino que vendría con ellos a casa, a la cena y también a la hora de dormir.
Esa noche, mientras se ponía el pijama, Mateo miró su mochila vacía sobre la silla. Ya no tenía miedo por el día siguiente. Sabía que, aunque no pudiera ver a Jesús con los ojos de la cara, podía sentirlo con los ojos del corazón. Jesús era el amigo que nunca fallaba, el que le daba valientes consejos al oído y el que siempre tenía tiempo para escuchar sus historias.
Mateo se acostó, cerró los ojos y dijo: Gracias, Jesús, por ser mi amigo en el cole. Mañana nos vemos en la puerta, ¿vale?. Y con una sonrisa de paz, se quedó profundamente dormido, sabiendo que el Rey del Universo era también su mejor compañero de juegos, aventuras y aprendizajes. El colegio ya no era un lugar desconocido, sino un jardín donde, de la mano de su amigo Jesús, cada día sería una nueva oportunidad para amar, compartir y crecer feliz.
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