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Gratis · elegí una vozAlfonso y Mateo eran dos niños muy diferentes en la Escuela Mariano Moreno. Alfonso, con su TDAH, era como un torbellino. Siempre inquieto, le costaba quedarse quieto y su mente saltaba de una idea a otra como una ardilla juguetona. Mateo, por otro lado, tenía autismo. Le gustaban las rutinas, los horarios predecibles y el orden. A veces, el mundo le parecía demasiado ruidoso y confuso, y se sentía más cómodo en su propio espacio tranquilo.
Un martes soleado, durante el recreo, Mateo decidió que quería jugar con Alfonso. A Mateo le gustaba la energía de Alfonso, aunque a veces lo abrumaba un poco. Lo encontró en el patio, corriendo alrededor de la cancha de baloncesto, intentando (sin mucho éxito) hacer equilibrio sobre una línea pintada en el suelo.
"¡Alfonso!", gritó Mateo, agitando la mano. "¿Quieres jugar a las construcciones con los bloques? He estado pensando en construir una torre altísima."
Alfonso paró en seco, perdiendo el equilibrio y dando un pequeño tropezón. "¡Mateo! ¡Estoy ocupado! Estoy... estoy entrenando para ser un equilibrista de circo!", exclamó, con los ojos brillantes de entusiasmo. Luego, volvió a concentrarse en la línea, moviendo los brazos para mantener el equilibrio.
Mateo se acercó un poco más. "Pero... me gustaría construir la torre contigo. Podemos hacerla muy, muy alta. Y podemos usar los bloques de colores."
Alfonso, con la lengua fuera por la concentración, respondió sin mirarlo: "¡No puedo ahora, Mateo! Quizás después... si me acuerdo. ¡Ahora estoy muy concentrado! ¡Shhh!"
Mateo se sintió un poco triste. Él realmente quería construir la torre con Alfonso. No entendía por qué Alfonso no podía simplemente dejar de lado su juego y jugar con él. En su mente, había imaginado cómo sería la torre y ya había planeado qué bloques usar. Se acercó un poco más a Alfonso, con la intención de insistir.
"Pero, Alfonso, es que...", comenzó Mateo, estirando la mano para tocar el brazo de Alfonso.
Justo en ese momento, Alfonso perdió el equilibrio nuevamente. Se tambaleó hacia atrás, sin ver a Mateo que se acercaba. ¡BAM! Chocaron. Alfonso cayó sentado en el suelo, y Mateo tropezó hacia adelante.
"¡Auch!", exclamó Alfonso, frotándose la cabeza. "¡Mateo! ¡Ten cuidado! ¡Me has tirado!"
Mateo, abrumado por el ruido y el contacto repentino, comenzó a sentirse ansioso. No le gustaba el contacto físico inesperado. Se tapó los oídos con las manos y empezó a balancearse ligeramente.
"¡Tú me estabas molestando!", gritó Alfonso, poniéndose de pie y señalando a Mateo con el dedo. "¡No me dejabas concentrarme!"
"Yo sólo quería jugar...", murmuró Mateo, con los ojos llenos de lágrimas. El recreo, que había empezado tan bien, ahora era un desastre.
La maestra Sofía, que estaba supervisando el patio, vio el revuelo y se acercó rápidamente. "¿Qué pasa aquí, chicos?", preguntó con voz suave pero firme.
Alfonso y Mateo explicaron la situación, cada uno desde su perspectiva. Alfonso se quejó de que Mateo lo había interrumpido y lo había tirado. Mateo explicó que sólo quería jugar y que no entendía por qué Alfonso no quería.
La maestra Sofía escuchó atentamente a ambos. Luego, se agachó para estar a la altura de sus ojos.
"Alfonso, entiendo que estabas muy concentrado en tu juego, pero es importante recordar que a veces Mateo necesita un poco más de paciencia y comprensión. Y Mateo, sé que querías jugar con Alfonso, pero quizás no te diste cuenta de que él necesitaba su espacio y concentración en ese momento."
La maestra Sofía propuso una solución. "¿Qué les parece si intentamos algo diferente? Alfonso, ¿podrías explicarle a Mateo cómo te sientes cuando estás concentrado y necesitas que te dejen tranquilo? Y Mateo, ¿podrías decirle a Alfonso por qué te gusta jugar con él y qué te gustaría construir?"
Alfonso, aunque un poco a regañadientes, accedió. Le explicó a Mateo que a veces su mente necesita estar muy concentrada en una sola cosa, y que las interrupciones lo distraen mucho. Mateo, a su vez, le contó a Alfonso sobre su idea de la torre altísima y cómo le gustaría usar los bloques de colores.
La maestra Sofía sugirió que después del recreo, cuando Alfonso terminara su "entrenamiento de equilibrista", podrían dedicar unos minutos a construir la torre juntos. Alfonso podría poner un límite de tiempo para no sentirse abrumado, y Mateo podría tener un espacio tranquilo cerca donde pudiera relajarse si se sentía sobreestimulado.
Alfonso y Mateo se miraron. No era la solución perfecta, pero era un comienzo. Asintieron con la cabeza.
Después del recreo, tal como habían acordado, Alfonso y Mateo se encontraron en la sala de juegos. Construyeron la torre, turnándose para colocar los bloques. Alfonso, aunque todavía un poco inquieto, intentó concentrarse. Mateo, por su parte, estaba feliz de estar construyendo la torre con su amigo. La torre no llegó a ser tan alta como Mateo había imaginado, pero fue una torre construida con comprensión y amistad. Y eso, al final, era lo más importante.
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