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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un rincón perdido del Bosque de las Estrellas, una pequeña aldea de dinosaurios. Allí vivían juntos en paz, aunque eran muy distintos entre ellos. Estaba Toni el Triceratops, que siempre llevaba un sombrero de lunares que le quedaba muy divertido sobre las tres protuberancias de su cabeza. También estaba Rina la Raptor, que siempre tenía prisa por llegar a todas partes, y no se olviden de Panchito el Pterodáctilo, que amaba hacer acrobacias en el aire.
Una tarde luminosa, mientras el sol se escondía detrás de las mesetas y las hojas brillaban como si estuvieran hechas de cristal, Toni, Rina y Panchito decidieron explorar una nueva parte del bosque. Esa zona, según los adultos, estaba llena de misterios y aventuras. "¿Y si encontramos un tesoro?", sugirió Panchito batiendo sus alas con entusiasmo.
"Ojalá sea un tesoro de comida", rió Toni, cuya pasión secreta era degustar las frutas más dulces que pudiera encontrar.
Así comenzaron su aventura, caminando por un camino cubierto de hojas doradas, con el sol pintando manchas de luz en el suelo. Mientras avanzaban, Rina corría a su ritmo frenético, adelantándose y volviendo para contarles lo que veía. "¡Allá hay una huella gigante!", exclamó señalando una marca en la tierra.
"Quizás es de un dinosaurio gigante", dijo Toni, poniéndose seriamente a pensar. "Aunque... parece más como si alguien hubiera plantado su pie ahí a propósito".
Rina y Panchito se rieron. "¡Seguro es un dinosaurio que quiere jugar a las escondidas con nosotros!", dijo Panchito. Y justo en aquel momento, una suave brisa sopló, como si la misma naturaleza los invitara a continuar.
Mientras seguían adelante, el camino los llevó a un lugar abierto donde las estrellas comenzaban a brillar. Era el famoso Claro del Bosque de las Estrellas, llamado así porque en las noches, el cielo parecía una inmensa manta de luces, y la danza de los astros fascinaba a grandes y chicos por igual.
Los tres amigos se detuvieron para admirar las estrellas que iban despertando en el cielo. "¡Son como pequeños fuegos que nos saludan desde el cielo!", dijo Toni con sus ojos brillando de emoción.
De repente, escucharon un sonido extraño, como un susurro. "¿Escucharon eso?", preguntó Rina mientras afinaba el oído.
Panchito revoloteó sobre sus cabezas. Desde allí, pudo ver algo moverse entre las sombras. Se trataba de un dinosaurio mucho más grande que ellos, con escamas brillantes que parecían reflejar las estrellas mismas.
"Hola chicos", dijo el dinosaurio con un tono amigable. "Soy Gaspar, el Diplodocus. ¿Qué hacen por aquí cuando empieza la noche?"
"Estamos en una aventura", contestó Rina con entusiasmo. "Pero no sabíamos que aquí había un diplodocus tan brillante como vos".
Gaspar sonrió, inclinando su largo cuello. "Me paseo por aquí porque me gusta ver las estrellas desde el claro. Es el lugar perfecto para contar cuentos de dinosaurios".
"¡Cuentos de dinosaurios!", exclamó Toni encantado. "Eso suena perfecto para el final de nuestra aventura".
"Entonces vengan", dijo Gaspar situándose en el centro del claro. "Les contaré el relato de cómo el sol y la luna se enamoraron en este mismo bosque".
El gran Diplodocus empezó a relatar su historia, mientras las estrellas brillaban cada vez más fuerte. Habló de un tiempo en el que el sol, un gran dinosaurio de fuego, brillaba cada día sobre el bosque, y la luna, una dinosauria de plata, bailaba por las noches mientras todos dormían. Un día, el sol reservó su brillo sólo para el claro, y la luna decidió quedarse un poco más, y así, ambos compartieron un instante mágico justo allí donde ellos estaban.
Poco a poco, el ritmo calmado de la voz de Gaspar y el titilar de las estrellas hicieron que Rina se recostara sobre la suave hierba, Panchito hiciera un nido de hojas, y Toni cerrara los ojos, soñando con frutas de todos los colores.
Así, los tres amigos, escuchando el cuento para dormir de dinosaurios, se dejaron llevar por el sueño. Gaspar les tapó con una suave hoja caída y se quedó guardando su sueño bajo las estrellas hasta que el amanecer pintara el cielo de nuevo.
Desde entonces, cada noche, la pequeña aldea de dinosaurios se reunió en el Claro del Bosque de las Estrellas, para disfrutar de las historias de Gaspar y el espectáculo celeste que nunca fallaba.
Y colorín colorado, este cuento de dinosaurios se ha terminado.
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