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Gratis · elegí una vozEl sol apenas despuntaba cuando las puertas de la escuela infantil Trébol se abrían, listas para recibir a sus pequeños exploradores. La señorita Cristina, con su sonrisa cálida, esperaba en la entrada. Tenía 19 niños de entre 2 y 3 años, cada uno un mundo por descubrir.
Uno a uno, los niños iban llegando. Mateo, con su osito de peluche, se aferraba a la mano de su mamá. Sofía, con sus coletas rubias, corría emocionada hacia Cristina, lista para comenzar el día. Diego, un poco más tímido, se escondía detrás de su papá, pero la sonrisa de Cristina lo animó a dar el primer paso.
Una vez que todos estaban, llegó la hora de la asamblea. Los niños se sentaron en círculo sobre la alfombra colorida. Cristina comenzó cantando una canción de buenos días. "¡Buenos días, sol! ¡Buenos días, flor! ¡Buenos días a todos! ¡Qué lindo es hoy!" Todos cantaban con entusiasmo, algunos un poco desafinados, pero con mucha alegría.
Después de la canción, Cristina les contó una historia sobre un conejito que aprendió a compartir sus zanahorias. Los niños escuchaban atentamente, algunos con los ojos muy abiertos, otros abrazados a sus juguetes. Al terminar la historia, hablaron sobre compartir y ser amables con los demás.
Luego, llegó el momento de las actividades. Hoy tocaba pintar con los dedos. Cristina preparó grandes hojas de papel y varios botes de pintura de colores. Los niños se arremangaron las mangas y se lanzaron a la aventura. Mateo hizo un sol amarillo brillante. Sofía pintó un arcoíris con todos los colores. Diego, con un poco de ayuda de Cristina, creó un monstruo divertido con muchos ojos y una gran sonrisa.
Después de pintar, tocaba jugar con plastilina. Cada niño recibió un trozo de plastilina de un color diferente. Algunos hicieron gusanos largos y delgados. Otros moldearon pequeñas bolas. Laura, con mucha concentración, intentó hacer una flor, aunque al final parecía más un extraterrestre. Todos se divertían amasando, estirando y dando forma a la plastilina.
Cuando el sol brillaba con fuerza, llegó la hora del patio. Los niños salieron corriendo al aire libre. El tobogán era el lugar más popular. Se turnaban para subir y bajar, gritando de alegría. Algunos jugaban a la pelota, otros construían castillos de arena en el arenero. Cristina los vigilaba de cerca, asegurándose de que todos estuvieran seguros y divirtiéndose.
Después de tanto jugar, las manos estaban sucias y pegajosas. Era hora del aseo. Todos se formaron en fila para lavarse las manos. Cristina les enseñó a usar el jabón y a frotar bien entre los dedos. "¡Agua, jabón, bien lavadas las manos, para comer un rico pastel!" cantaban mientras se lavaban.
Con las manos limpias, el apetito comenzaba a despertar. Era la hora de la comida. En el comedor, las mesas estaban preparadas con platos y vasos de colores. Hoy tocaba sopa de verduras y pollo con arroz. Algunos comían con mucho apetito, otros eran más lentos y necesitaban un poco de ayuda de Cristina. Después de la comida, todos se lavaron los dientes, aprendiendo a cepillar arriba, abajo y en círculos.
Después de comer, llegó el momento más tranquilo del día: la siesta. En la sala de descanso, las cunas estaban preparadas con sábanas suaves y almohadas mullidas. Cristina puso música suave y cantó canciones de cuna. Poco a poco, los niños se fueron quedando dormidos, sumidos en un sueño reparador.
Cuando la siesta terminó, la escuela infantil Trébol comenzaba a llenarse de nuevo de actividad. Los niños se despertaban poco a poco, estirándose y bostezando. Después de una pequeña merienda de fruta y galletas, comenzaban a llegar los papás.
Mateo corrió a los brazos de su mamá, mostrándole el sol que había pintado. Sofía le contó a su papá sobre el arcoíris de colores. Diego, con una sonrisa tímida, le entregó a su papá el monstruo divertido que había creado. Uno a uno, los niños se despedían de Cristina, prometiendo volver al día siguiente para otra aventura en Trébol.
Cristina, con el corazón lleno de alegría, veía cómo se marchaban los niños. Sabía que cada día en Trébol era una oportunidad para aprender, crecer y divertirse. Y ella, como educadora, se sentía afortunada de ser parte de ese proceso.
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