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Gratis · elegí una vozPepito era un niño muy curioso. Un día, mientras jugaba en el ático de su abuelo, encontró una extraña brújula. No era una brújula normal; en lugar de señalar al norte, ¡tenía un botón rojo brillante! Sin poder resistirse, Pepito apretó el botón. De repente, una luz cegadora llenó la habitación y, cuando pudo ver de nuevo, ¡todo era diferente!
Ya no estaba en el ático. En cambio, se encontraba en un bosque oscuro y húmedo, rodeado de árboles gigantes que parecían helechos altísimos. El aire era espeso y olía a tierra mojada. Insectos extraños zumbaban a su alrededor y el silencio era ensordecedor, roto solo por el crujido de hojas bajo sus pies.
"¿Dónde estoy?" se preguntó Pepito, con el corazón latiéndole con fuerza. Miró a su alrededor, buscando algo familiar, pero solo veía helechos gigantes y plantas extrañas que nunca había visto antes. De repente, un ruido lo sobresaltó. Entre los helechos, vio a una pequeña criatura con grandes ojos brillantes y una cola corta y peluda.
"¡Hola!" dijo Pepito, intentando sonar valiente. La criatura lo miró con curiosidad y emitió un pequeño chirrido.
"¡Hola!" respondió la criatura, en un idioma que Pepito entendió sorprendentemente bien. "Me llamo Pepita. ¿Quién eres tú y qué haces en mi bosque?"
"Me llamo Pepito y... no lo sé muy bien", dijo Pepito, rascándose la cabeza. "Creo que he viajado en el tiempo... o algo así. Estaba en el ático de mi abuelo y apreté un botón en una brújula y... ¡puf! Aquí estoy."
Pepita lo miró con incredulidad. "¿Viajar en el tiempo? ¡Eso es imposible! Pero... este bosque es muy antiguo. Lo llamamos el Carbonífero. ¡Está lleno de criaturas extrañas y peligrosas!"
"¿Peligrosas?" preguntó Pepito, tragando saliva. "¿Qué tipo de criaturas?"
"Bueno, hay arañas gigantes, libélulas del tamaño de gaviotas y... ¡Cuidado!" Pepita gritó, empujando a Pepito detrás de un helecho gigante.
Una enorme criatura, parecida a un ciempiés gigante con pinzas afiladas, pasó arrastrándose por delante de ellos. Pepito sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
"¡Ese era un Arthropleura!" susurró Pepita. "Son muy peligrosos. Tenemos que tener cuidado."
Juntos, Pepito y Pepita comenzaron a explorar el bosque, evitando cuidadosamente a las peligrosas criaturas. Pepita conocía el bosque como la palma de su mano y guio a Pepito a través de caminos secretos y escondites seguros.
Un día, mientras caminaban por la orilla de un pantano, vieron una gran libélula atrapada en una telaraña gigante. La libélula luchaba desesperadamente por liberarse, pero la telaraña era demasiado fuerte.
"¡Tenemos que ayudarla!" dijo Pepito, sintiendo lástima por la libélula.
"¡Es peligroso!" advirtió Pepita. "Las arañas que hacen estas telarañas son enormes y muy venenosas."
Pero Pepito estaba decidido. Tomó una rama larga y con cuidado comenzó a cortar la telaraña, intentando no dañar a la libélula. La libélula, sintiendo que estaba siendo liberada, dejó de luchar y esperó pacientemente.
Finalmente, Pepito logró cortar la última hebra de la telaraña. La libélula se liberó y, como muestra de gratitud, revoloteó alrededor de Pepito y Pepita antes de volar hacia el cielo.
"¡Lo hicimos!" exclamó Pepito, sintiéndose orgulloso de sí mismo.
De repente, escucharon un fuerte crujido detrás de ellos. Se giraron y vieron a una enorme araña, con ojos brillantes y colmillos afilados, acercándose a ellos.
"¡Corre!" gritó Pepita, tirando de Pepito. Corrieron lo más rápido que pudieron, con la araña pisándoles los talones. Corrieron a través del bosque, saltando sobre raíces y evitando obstáculos, hasta que llegaron a un río.
"¡No podemos cruzar!" dijo Pepita, jadeando por aire. "La araña nos alcanzará."
Pepito miró a su alrededor desesperadamente. Vio una gran roca en medio del río. "¡Podemos saltar a esa roca!" dijo. "¡Pero tenemos que ser rápidos!"
Juntos, Pepito y Pepita saltaron a la roca, justo cuando la araña llegaba a la orilla del río. La araña intentó alcanzarlos, pero la roca estaba demasiado lejos y resbaladiza. Frustrada, la araña gimió y se dio la vuelta, desapareciendo entre los árboles.
Pepito y Pepita suspiraron aliviados. Habían escapado por poco.
Después de un tiempo, Pepito comenzó a sentirse nostálgico. Extrañaba su casa, a su familia y a sus amigos. Quería volver a casa.
"Pepita", dijo Pepito, "tengo que encontrar una manera de volver a mi tiempo."
"Lo sé", dijo Pepita, con tristeza en su voz. "Te voy a extrañar mucho."
Juntos, regresaron al lugar donde Pepito había aparecido por primera vez. La brújula seguía allí, tirada en el suelo.
"Quizás si aprieto el botón de nuevo..." dijo Pepito, inseguro.
Tomó la brújula y apretó el botón rojo brillante. De nuevo, una luz cegadora llenó el aire. Cuando pudo ver de nuevo, estaba de vuelta en el ático de su abuelo. La brújula estaba en su mano y todo estaba exactamente como lo había dejado.
Pepito suspiró aliviado. ¡Estaba en casa! Pero nunca olvidaría su aventura en el Carbonífero y a su amiga Pepita, la pequeña criatura valiente que lo había ayudado a sobrevivir en el bosque de helechos gigantes. Sabía que, aunque estuvieran separados por el tiempo, siempre serían amigos.
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