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Gratis · elegí una vozEl sol caía a plomo sobre el desierto de Sonora. Amelia, una pequeña cactus aventurera con espinas brillantes y una flor amarilla en la cabeza, rodaba por las dunas, buscando una piedra especial para su colección. De repente, tropezó con algo… ¡era una cesta! Dentro, envuelta en una manta de terciopelo rojo, dormía una bebé. Pero no era una bebé normal. Tenía la piel pálida como la luna, unos pequeños colmillos asomando de su boquita y un mechón de pelo negro que le caía sobre la frente. ¡Era una bebé vampiro!
Amelia, a pesar del susto inicial, sintió una punzada de ternura. ¿Quién abandonaría a una criatura tan pequeña en medio del desierto? Decidió llevarla a casa. Con cuidado, colocó la cesta sobre una hoja de agave y la arrastró hasta su pequeña casa de adobe, escondida entre dos enormes saguaros.
"¡Mamá! ¡Mamá! ¡Mira lo que encontré!" gritó Amelia al entrar. Su mamá, una cactus más grande y sabia, con muchas flores amarillas adornando su cuerpo, se acercó preocupada. Al ver a la bebé vampiro, sus flores casi se marchitaron del asombro.
"¡Amelia! ¿De dónde sacaste esto? ¡Es una bebé vampiro!" exclamó Mamá Cactus.
"La encontré abandonada en el desierto, Mamá. No podemos dejarla sola. ¡Está tan chiquita!" rogó Amelia.
Mamá Cactus suspiró. Sabía que Amelia tenía un corazón enorme. "Está bien, hija. La cuidaremos. Pero debemos ser muy cuidadosas. Los vampiros necesitan cuidados especiales."
Decidieron llamarla Valentina. Valentina, a diferencia de los vampiros de las historias, no bebía sangre. ¡Odiaba la sangre! En cambio, le encantaba el jugo de tuna dulce y las flores de cactus. Era una bebé muy risueña y curiosa. Le encantaba jugar con las espinas suaves de Amelia y escuchar las historias que Mamá Cactus contaba sobre las estrellas.
Pero mantener a Valentina en secreto era difícil. El desierto está lleno de chismosos: las serpientes cascabel, los coyotes aulladores, los buitres observadores… Pronto, la noticia de la bebé vampiro llegó a oídos del viejo Búho Sabio, el consejero del desierto.
El Búho Sabio voló hasta la casa de las cactus y, con su voz grave, preguntó: "¿Es cierto que están criando a una bebé vampiro?"
Amelia y Mamá Cactus, temblorosas, admitieron la verdad.
El Búho Sabio suspiró. "Los vampiros no son criaturas del desierto. Pertenecen a la noche y a lugares oscuros. Deben encontrar a su familia."
Amelia se entristeció. No quería separarse de Valentina. La había cuidado como a una hermana pequeña. Pero sabía que el Búho Sabio tenía razón. Valentina necesitaba estar con otros vampiros.
Así que, con el corazón apesadumbrado, Amelia y Mamá Cactus prepararon un pequeño zurrón con jugo de tuna y flores de cactus para Valentina. La envolvieron en la manta de terciopelo rojo y se dispusieron a buscar a la familia de la bebé vampiro.
El Búho Sabio les indicó un camino secreto, una cueva escondida detrás de una cascada de arena. Al llegar a la cueva, Amelia y Mamá Cactus dudaron. ¿Qué les esperaría dentro? Con valentía, entraron.
La cueva estaba iluminada por cristales brillantes que reflejaban la luz de la luna. En el centro, sentados alrededor de una fogata hecha de leña fosilizada, estaban… ¡una familia de vampiros! Pero no eran los vampiros aterradores que Amelia imaginaba. Eran amables, con ojos brillantes y sonrisas cálidas.
Una vampira, con el mismo pelo negro y la misma piel pálida que Valentina, se acercó corriendo. "¡Valentina! ¡Mi pequeña Valentina!" exclamó, abrazando a la bebé con fuerza.
Resultó que Valentina se había perdido en el desierto durante una tormenta de arena. Su familia la había buscado por todas partes, pero sin éxito.
La familia de vampiros agradeció a Amelia y a Mamá Cactus por cuidar de Valentina. Les ofrecieron regalos y prometieron visitarlas a menudo.
Aunque Amelia estaba triste por separarse de Valentina, se sintió feliz de haber reunido a la bebé con su familia. Sabía que siempre serían amigas, sin importar si eran cactus o vampiros.
Desde entonces, la familia de vampiros visitaba a Amelia y a Mamá Cactus con frecuencia. Valentina creció sana y feliz, amando tanto el desierto como la noche. Y Amelia aprendió que la amistad puede florecer incluso en los lugares más inesperados, incluso entre una cactus y una vampiro, bajo el sol abrasador del desierto susurrante.
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