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Gratis · elegí una vozA las 2:17 a.m., el televisor de Yuki se encendió solo. ¡Zas! Ningún canal, ni dibujos animados, ni siquiera el programa aburrido de noticias que veía su papá. Solo una pantalla en negro, llena de puntitos blancos que hacían… ¡ZZZZZZZ! Era ruido blanco, como una tormenta de nieve en la tele. Yuki, que estaba tomando un vaso de leche antes de dormir, se acercó con cuidado. Pensó en apagarlo. Tal vez había sido un apagón rápido y el televisor se había vuelto loco. Pero justo cuando iba a presionar el botón, la estática empezó a moverse.
¡Era como si alguien estuviera dibujando en la pantalla con los puntitos! Poco a poco, los puntitos se juntaron y formaron una silueta. Una silueta… ¡de una cabeza! Y luego… ¡un rostro! Era… ¡el suyo! ¡El rostro de Yuki! Pero algo estaba mal. Su boca estaba abierta en un grito enorme, un grito silencioso porque Yuki no estaba gritando. Estaba allí, parado, con su vaso de leche a medio tomar, mirando la tele con los ojos muy abiertos.
La imagen en la pantalla parpadeaba, a veces era borrosa, a veces muy clara. Ahora, Yuki podía ver su sala en la televisión. Veía el sillón rojo, la alfombra con dibujos de estrellas, la lámpara con forma de luna… ¡Todo estaba igual! Solo que él no estaba en el sillón. ¡Él estaba justo en frente del televisor! Entonces, en la pantalla, aparecieron unas letras grandes y blancas: “TÚ eres la transmisión.”
Yuki no entendía nada. ¿Él era la transmisión? ¿Qué significaba eso? Antes de que pudiera siquiera parpadear, la televisión mostró algo horrible. Mostró… ¡su propio cuerpo cayendo al suelo! ¡Plop! Ahí estaba, en la pantalla, Yuki tirado en el piso de su sala. Pero… ¡Yuki seguía de pie! Estaba ahí, con el vaso de leche temblando en su mano. ¿O no?
Yuki se miró las manos. Las sentía bien. Se tocó la nariz. Seguía en su lugar. Pero… ¿y si el Yuki de la pantalla era el verdadero y él era solo… una copia? Empezó a sentir un cosquilleo raro en los pies, como si estuviera hecho de… ¡estática!
Decidió hacer algo. Si él era la transmisión, ¡él podía cambiar el canal! Cerró los ojos con fuerza y pensó en su programa favorito: “Las Aventuras del Conejo Saltarín”. Imaginó al conejo saltando por un bosque lleno de zanahorias gigantes, riendo y haciendo bromas. Abrió los ojos. La imagen del Yuki caído seguía en la pantalla, pero ahora, ¡el fondo estaba cambiando! Empezaron a aparecer árboles verdes y zanahorias anaranjadas. ¡Estaba funcionando!
Se concentró aún más. Imaginó al Conejo Saltarín acercándose al Yuki de la pantalla y ofreciéndole una zanahoria. Poco a poco, el Conejo Saltarín apareció en la pantalla, saltando alegremente. Se acercó al Yuki tirado en el suelo y le ofreció una zanahoria gigante. El Yuki de la pantalla abrió los ojos, miró al Conejo Saltarín y… ¡sonrió!
Con una última concentración, Yuki pensó en una cama suave y calentita. Quería que el Yuki de la pantalla estuviera cómodo. De repente, la imagen cambió por completo. Ahora, el Yuki de la pantalla estaba acostado en una cama con sábanas de colores, abrazando al Conejo Saltarín. ¡Estaban durmiendo la siesta!
La pantalla del televisor volvió a ser estática. Luego, ¡plop!, se apagó por completo. Yuki respiró hondo. El cosquilleo en sus pies había desaparecido. Se sentía… normal. Dejó el vaso de leche en la mesa y corrió a su habitación. Se metió en su cama y se tapó hasta la nariz. Tenía un poco de miedo, pero también… ¡un poco de sueño!
A la mañana siguiente, cuando se despertó, lo primero que hizo fue correr a la sala. El televisor estaba apagado, como siempre. No había rastro del Yuki caído ni del Conejo Saltarín. ¿Había sido todo un sueño? Tal vez. Pero Yuki nunca más volvió a ver televisión a las 2:17 a.m. ¡Por si acaso! Y siempre, siempre, antes de dormir, pensaba en el Conejo Saltarín, asegurándose de que estuviera bien y durmiendo plácidamente en su cama de zanahorias. Porque uno nunca sabe… ¡quizás la televisión lo estaba transmitiendo a él también! Desde ese día, Yuki aprendió a usar su imaginación para crear historias bonitas y divertidas. Y aunque a veces sentía un pequeño escalofrío al pasar frente al televisor apagado, siempre recordaba que él tenía el poder de cambiar el canal, ¡y de hacer que el Conejo Saltarín fuera muy, muy feliz!
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