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Gratis · elegí una vozUn día normal como cualquier otro, Zorrito se dispuso a jugar con sus juguetes. Su mamá Zorra lo podía observar desde la cocina mientras preparaba la comida. El aroma a zanahorias estofadas llenaba el aire, pero Zorrito estaba demasiado concentrado en su juego para notarlo.
Zorrito decidió armar un rompecabezas en tercera dimensión. Era un rompecabezas colorido con la forma de un granero. Empezó embonando poco a poco cada una de las piezas. Las giraba con sus pequeñas patitas, identificando imágenes que se iban formando: una vaca, un cerdo, un caballo. ¡Qué divertido era ver el granero tomar forma!
Sin embargo, cuando solo le quedaban dos piezas, Zorrito se dio cuenta de que una de ellas no encajaba. La imagen en la pieza era de un tractor, y el tractor no tenía cabida en el granero. Lo intentó una y otra vez, girando la pieza en todas direcciones, pero nada funcionaba. La frustración comenzó a crecer dentro de él.
De un momento a otro, Zorrito comenzó a gritar y llorar. "¡No puedo! ¡No puedo!" gritaba, con los ojos llenos de lágrimas. Sus pequeños puños se cerraron con fuerza. Mamá Zorra, al oír el alboroto, dejó la cocina y se acercó a él preocupada.
"¡Zorrito, cariño, ¿qué pasa?" preguntó Mamá Zorra con voz suave.
"¡No puedo armar el rompecabezas! ¡Esta pieza no encaja!" sollozó Zorrito, señalando la pieza del tractor con una patita temblorosa.
Mamá Zorra se agachó a su lado y le dijo con paciencia: "Inténtalo de nuevo, mi amor. Gira las piezas, observa bien las imágenes. Seguro que encuentras la forma de que encajen. A veces, las cosas no son tan fáciles como parecen al principio".
Pero Zorrito, con los brazos cruzados y el ceño fruncido, respondió: "¡No puedo! ¡Es muy difícil! ¡No quiero!"
Mamá Zorra entendió que Zorrito estaba teniendo un berrinche. Dejó lo que estaba haciendo y se sentó justo enfrente de él. Lo miró a los ojos con cariño y le dijo: "Aquí estoy contigo, mi pequeño. No estás solo". Le ofreció un abrazo cálido y reconfortante. Zorrito, sintiéndose comprendido, se acurrucó en sus brazos.
Después de un momento de silencio, Zorrito, con la voz aún temblorosa, dijo: "Mamá, me enojé mucho por no poder armar el rompecabezas. Sentí que quería romperlo todo".
Mamá Zorra lo abrazó con más fuerza y le explicó con dulzura: "Entiendo que te hayas sentido frustrado, cariño. Es normal sentirse así cuando algo no sale como queremos. Pero es importante recordar que debemos intentarlo cuantas veces sea necesario hasta lograr nuestro objetivo. Es válido sentir enojo, pero no debemos romper cosas, aventarlas o lastimar a los demás. Siempre hay otras formas de expresar lo que sentimos".
Zorrito asintió con la cabeza, comprendiendo las palabras de su mamá. Se separó de ella, respiró hondo y dijo: "Voy a intentarlo de nuevo".
Recogió las piezas del rompecabezas y volvió a iniciar. Esta vez, con más paciencia y determinación, giraba las caras del rompecabezas, observando con atención cada detalle. Mamá Zorra, en silencio y con una sonrisa en los labios, observaba a su pequeño. Le transmitía tranquilidad y apoyo con su mirada.
Poco a poco, el rompecabezas fue adquiriendo forma. Zorrito, con mucha concentración, probaba diferentes combinaciones hasta que, finalmente, ¡la pieza del tractor encajó! No iba en el granero, ¡iba en la parte trasera, en el patio! Zorrito sintió una enorme alegría que lo invadió por completo. "¡Lo logré! ¡Lo logré!" gritó, saltando de alegría y moviendo su colita con entusiasmo.
Mamá Zorra lo abrazó y lo felicitó con orgullo. "¡Muy bien, Zorrito! ¡Sabía que podías hacerlo! Has demostrado ser muy persistente y valiente. Estoy muy orgullosa de ti por no rendirte y por controlar tu enojo".
Zorrito, con el rompecabezas terminado, se sintió feliz y satisfecho. Aprendió que la paciencia y la perseverancia son importantes para lograr nuestros objetivos y que, aunque a veces sintamos frustración, siempre podemos contar con el apoyo de nuestra familia.
Desde ese día, Zorrito aprendió a manejar mejor su frustración. Cuando se enfrentaba a un problema, recordaba las palabras de su mamá y respiraba hondo antes de rendirse. Sabía que, con un poco de paciencia y esfuerzo, podía lograr cualquier cosa que se propusiera. Y, por supuesto, siempre tenía a su mamá Zorra para darle un abrazo y un consejo cuando lo necesitaba.
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