🇪🇸Cuento corto para niños
La doctora Abigail es secuestrada por un culto que la considera la llave para traer a una criatura ancestral, Migthura, a nuestro mundo. Mientras sus amigos intentan rescatarla, Abigail se sumerge en un mundo de locura y dimensiones alternas, enfrentando su destino entre la sanidad y la oscuridad. Al final, decide abrazar su destino, atrapada entre dimensiones, y comprende la delgada línea entre la realidad y la locura.
A partir de: desarrolla mas el capitulo 3 de esta historia
# Umbra
## Capítulo 1: La Llegada de la Sombra
La oficina de la doctora Abigail Foster tenía un aire de pulcritud matemática. Las paredes, adornadas con diplomas y certificaciones, reflejaban su dedicación a un mundo que anhelaba ser ordenado y comprensible. Los rostros de los pacientes que cruzaban la puerta dejaban huellas fugaces, como recuerdos que se desvanecen en el aire helado del consultorio. En este espacio, todo seguía un patrón: cada silla estaba colocada con precisión, cada expediente archivado de manera meticulosa.
La luz suave de las lámparas dibujaba sombras largas y danzantes en el suelo, donde parecían cobrar vida y susurrar secretos olvidados. Fue entonces cuando llegó él: un hombre cuya existencia parecía casi etérea, desgastada por el tiempo y angustiada por algo que lo perseguía desde las profundidades de su mente. Su piel, pálida y tirante, contaba historias de noches sin sueño, y sus grandes ojeras eran testigos mudos de un horror que nunca se apaga.
Se movió con una agitación apenas perceptible, como si cada paso lo acercara a una verdad que temía conocer. Sus ojos azules, profundos como abismos, buscaban respuestas en cada rincón del consultorio, como si temiera que algo, indefinible y oscuro, lo acechaba desde las sombras. Cuando su voz finalmente emergió, fue un murmullo, casi un eco perdido en la vastedad del espacio.
—No... no sé si debería estar aquí...
Linda, la secretaria de la doctora, sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Intentó tranquilizarlo con una sonrisa nerviosa, pero su preocupación era evidente. Había notado la palidez extrema de su rostro y la forma en que sus manos temblaban, como hojas al viento. Justo cuando estaba a punto de ofrecerle un vaso de agua, la puerta se abrió de golpe.
—Lo siento mucho —dijo Abigail, mientras entraba con paso firme, su cabello cobrizo brillando bajo la tenue luz—. ¿Está usted bien?
El hombre dudó, su mirada perdida en la figura de la psiquiatra. Finalmente, asintió, dejando escapar un suspiro de alivio al verse frente a la profesional cuya sola presencia parecía colmarlo de un inexplicable consuelo. Abigail era alta y elegante, una mujer cuya confianza irradiaba calma. Sin embargo, había algo en su expresión que denotaba la carga de realidades que nunca se atrevería a compartir.
Durante la primera sesión, el hombre comenzó a hablar de sus pesadillas, de aquellas visiones que lo atormentaban cada noche. Describió formas indescriptibles, luces intermitentes que giraban en ciclos agonizantes, y susurros que parecían prometer secretos prohibidos. A medida que avanzaba la conversación, su ansiedad se intensificaba. Las palabras se entrelazaban, creando un tapiz de terror que envolvía a ambos.
Abigail escuchaba atentamente, analizando cada detalle, cada pausa en su discurso; sin embargo, un escalofrío comenzó a insinuarse en su espalda. Las descripciones del hombre resonaban en un lugar profundo y oscuro de su memoria, como un eco distante de un miedo primigenio que había decidido ignorar.
—Me llaman… —su voz tembló— Mig thura. Ellos vienen…
El aire en el consultorio se volvió pesado y denso, como si una sombra hubiera cruzado la sala. Abigail sintió la presión en su pecho, un impulso innato de proteger a aquel hombre, pero también de huir. La conversación continuó, pero una inquietud crecía dentro de ella. Las palabras del hombre se transformaban en una revelación aterradora: él no solo estaba allí para buscar ayuda; también era un heraldo de algo que se incubaba en las sombras.
La sesión concluyó, pero el hombre no se levantó de su silla. Se quedó inmóvil, atrapado en sus pensamientos, como si pudiera ver más allá de las paredes del consultorio. Abigail se despidió, pero en su mente, los ecos de sus palabras reverberaban. Eran más que simples pesadillas; parecían fragmentos de una realidad distorsionada. Cerró la puerta tras de sí, pero no pudo evitar mirar atrás, buscando en los ojos de su paciente alguna señal de esperanza, de sanación.
En los días siguientes, el hombre continuó visitándola, pero su estado empeoraba. Las sesiones se tornaron en rituales cargados de terror. Cada encuentro revelaba un nuevo nivel de horror, y Abigail, acostumbrada a ayudar a otros a sobrellevar sus demonios, comenzó a sentir que esos mismos demonios estaban tomando fuerza en su propia vida. Los rostros familiares en su consulta se convertían en sombras, y su confianza se veía erosionada por las voces indistintas que empezaban a susurrarle en la tranquilidad de la noche.
Una noche, mientras miraba por la ventana de su oficina, observando la ciudad sumida en una tranquilidad engañosa, una sensación de urgencia la invadió. Se convenció de que debía hacer algo, de que debía protegerse a sí misma y, más importante, al hombre que se había convertido en el portador de una verdad oscura. Decidió investigar más sobre Mig thura y aquellas inquietantes visiones que atormentaban a su paciente.
Con cada sesión, la línea entre su vida personal y profesional empezó a desdibujarse, como si una sombra invisible la estuviera consumiendo. Abigail se encontró a menudo en medio de pesadillas compartidas, como si el terror del hombre hubiera infectado su propia psique, empujándola hacia un abismo del que parecía no haber escape.
Así comenzó el descenso hacia la penumbra, donde la realidad se torna inestable y el horror se convierte en una compañía constante. Sin saberlo, Abigail estaba en la antesala de descubrir que a veces, la búsqueda de la verdad puede abrir puertas que deberían permanecer cerradas.
Los ecos de su paciente resonaban en su mente, empujándola hacia un destino oscuro. Y a medida que la sombra se alargaba, una nueva pregunta comenzó a germinar en su interior: ¿sería ella la próxima víctima de la oscuridad que acechaba su vida?
capitulo 2: Penumbra
Las sesiones continuaron. Cada encuentro se tornaba más difícil para el hombre, y por ende, para Abigail. Sus descripciones se volvían cada vez más vívidas y terroríficas, como si estuviera pintando cuadros con palabras oscuras. Un día, mientras derramaba sus miedos como si fueran agua sucia, lanzó una advertencia inquietante que resonó en el consultorio como el tañido de una campana rota.
—Doctora Foster, ellos vienen... no puedo dejarlos entrar... ¡No deben!
Ese día, Abigail sintió que algo dentro de ella se quebraba. No podía ignorar más la creciente oscuridad que envolvía a su paciente. Decidió contactar a un colega, John Galagan, un psicólogo con años de experiencia en casos relacionados con traumas psicológicos severos y extrañas fobias. John era un hombre de ciencia, pero también poseía una mente abierta a lo inexplicable. Abigail confiaba en su juicio y necesitaba desesperadamente una segunda opinión.
Lo que empezó como un intercambio académico, una discusión sobre los posibles orígenes de las pesadillas del paciente, pronto se transformó en una búsqueda frenética y, al principio, infructuosa, hacia la verdad. John, escéptico pero intrigado, comenzó a investigar por su cuenta. Buscó patrones, conexiones, cualquier cosa que pudiera explicar las visiones del hombre. Las desapariciones y muertes inexplicables en distintas partes del mundo comenzaron a aparecer en sus investigaciones, todas conectadas por un mismo hilo invisible: símbolos extraños, susurros sobre seres antiguos, y la recurrente mención de un nombre: Mig thura.
Tras otra sesión especialmente perturbadora, el paciente desapareció sin dejar rastro. Su apartamento estaba vacío, como si nunca hubiera existido. La policía no encontró ninguna pista, ningún indicio de su paradero. Mientras tanto, Abigail comenzó a experimentar episodios de pánico, alucinaciones que la llevaban a vislumbrar su propia vida en fragmentos distorsionados por sombras susurrantes. Veía rostros desfigurados en los espejos, escuchaba voces que la llamaban por su nombre en la oscuridad. Fue en una de esas noches, después de recibir una llamada extraña de su paciente hablando en un lenguaje incomprensible, una lengua gutural y arcaica, que su cordura comenzó a tambalearse. La llamada terminó abruptamente con un grito ahogado.
La figura de su paciente comenzó a manifestarse en sus alucinaciones, flotando en la penumbra, riéndose de su impotencia. Sus ojos brillaban con una luz enfermiza, y su boca se abría en una sonrisa grotesca. John, al darse cuenta de la gravedad del caso y del deterioro mental de Abigail, decidió sumergirse junto a ella en la oscuridad de aquello que los acechaba. Ya no era solo una cuestión profesional; sentía una responsabilidad hacia Abigail, una mujer a la que admiraba y respetaba. Juntos, como dos exploradores adentrándose en un territorio inexplorado y peligroso, descubrieron el culto de Mig thura, una secta ansiosa por abrir puertas a dimensiones desconocidas, por invocar a seres ancestrales que dormían en las profundidades del universo.
El culto creía que Abigail era la llave, la elegida para traer a Mig thura a nuestro mundo. Su conexión con el paciente la había marcado, la había convertido en un conducto para la oscuridad.
La intensidad de los eventos se disparó cuando la doctora fue secuestrada.
## Capítulo 3: Umbral
La última imagen que vio de John fue su rostro, deformado en un gesto de horror, justo antes de sucumbir a la locura. Se encontró en un ritual, levitando sobre un lago de aguas negras, mientras criaturas grotescas nadaban bajo la superficie, esperando el momento oportuno para atacar.
Los detectives asignados al caso, junto con John, intentaron rastrearla, pero pronto se encontraron atrapados en un mundo donde las leyes de la física eran meros conceptos. Un sol de luz verde iluminaba un paisaje repulsivo, y a cada paso se sentían más cercanos al abismo. La locura se apoderó de ellos, revelando la conexión de uno de los agentes con el culto.
—Todo estaba escrito —susurró el alto sacerdote, mientras la criatura emergía de las aguas, su forma amorfa repleta de bocas que emitían cánticos celestiales—. Tú serás la madre que dará vida.
Lo último que la doctora pudo escuchar fue la risa de su antiguo paciente, ahora convertido en un monstruo, poco antes de perder el conocimiento. Regresó al instante de su primer encuentro, el mismo día, en el automóvil, sintiendo el dolor de su cabeza y el extraño sangrado de nariz. Al bajar, la visión era la misma… y todos estaban allí.
Los rostros familiares la rodearon, sonriendo y felicitándola por su embarazo. El aire era espeso con una sensación de déjà vu, hasta que un murmullo familiar rompió el silencio.
—Mig thura...
Abigail sintió un escalofrío recorrer su columna vertebral. En ese momento, todo cobró sentido, como un rompecabezas que se completaba en su mente. La realidad se deshacía, una capa tras otra, revelando lo inimaginable.
Y así, con una sonrisa en sus labios que no podía comprender, se perdió en la delirante oscuridad de su destino, quedando atrapada entre dimensiones, donde el eco de su propio ser resonaba con las voces de aquellos que habían sido devorados por Mig thura. En su nueva existencia, comprendió que la línea entre sanidad y locura era tan delgada como un susurro en la penumbra.
A medida que la oscuridad la envolvía, decidió abrazarla, convencida de que, al final, eran esos ecos los que la definían.