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Gratis · elegí una vozHabía una vez una niña llamada Adriana. ¡Tenía dos añitos! Adriana era una niña muy feliz. Le encantaban los unicornios brillantes, las pegatinas de colores y su pared, que era como un bosque mágico lleno de animales. ¡También le gustaba mucho Peppa Pig! Vivía muy feliz con sus papás, Patricia y Javi.
Adriana adoraba pasar tiempo con sus papás. Les encantaba leer cuentos juntos, ¡especialmente historias de princesas y dragones! Adriana jugaba a cambiar el pañal a sus muñecas, imaginando que eran bebés de verdad. También viajaban mucho. ¡Un día estuvieron en Londres con la lluvia! ¡Otro día en Benicasim, jugando en la playa! Siempre se divertían mucho con su familia y amigos.
Adriana también tenía un primo al que llamaba Tato Daniel, ¡y lo quería muchísimo! Y a sus yayos, ¡que eran solo para ella! Sus yayos siempre le compraban juguetes y jugaban con ella a montar en avión (¡con los brazos!) y en tren (¡haciendo chu-chu!). Cuidaban el jardín juntos y jugaban a cuidar a las muñecas en las Lomas, ¡imaginando que era su casita!
Los veranos eran pura diversión. Adriana se lo pasaba de maravilla en la playa de Miramar con sus yayis, construyendo castillos de arena gigantes. Y después, ¡se iban a un hotel de princesas en Canarias con sus papás! Allí había piscinas enormes y hasta un tobogán en forma de dragón.
Pero un día, Patricia y Javi le contaron a Adriana algo muy importante. Le dijeron que mamá tenía un bebé en la tripita. ¡Y que pronto iba a tener una hermanita! Adriana puso cara de susto. ¿Una hermanita? ¿Qué significaba eso?
Al principio, Adriana pensó que tener una hermanita sería súper guay. ¡Podría jugar con ella a las muñecas, enseñarle a dibujar unicornios y a cantar canciones de Peppa Pig! Se imaginaba que serían las mejores amigas y se divertirían muchísimo juntas.
Pero a medida que pasaba el tiempo, la tripita de mamá Patricia crecía y crecía. Mamá estaba más cansada y ya no podía jugar tanto con Adriana ni cogerla en brazos porque le dolían mucho. Adriana empezó a sentirse un poco triste. Ya no pasaba tanto tiempo con mamá como antes.
Un día, ¡la hermanita de Adriana nació! Se llamaba Valeria. Pero Valeria lloraba mucho. ¡Todo el tiempo! Tomaba teta y mamá Patricia ya no podía estar tanto tiempo con Adriana. Justo coincidió con el primer día de cole de Adriana. ¡Y sus papás no pudieron acompañarla! Adriana se sintió un poco preocupada y solita.
A los pocos días de nacer, Valeria se puso malita y tuvieron que llevarla al hospital. Mamá Patricia "desapareció" de casa y Adriana la veía muy poco. Estaba muy preocupada por su hermanita. ¿Estaría bien? ¿Cuándo volvería mamá a casa?
Un día, Javi le explicó a Adriana que Valeria necesitaba mucho cuidado en el hospital, pero que los médicos la estaban cuidando muy bien. Le dijo que mamá Patricia la quería muchísimo y que pronto volverían a estar todos juntos en casa. Adriana abrazó fuerte a su papá y se sintió un poquito mejor.
Cuando Valeria volvió a casa, seguía siendo un bebé que lloraba mucho y necesitaba mucha atención. Pero Adriana empezó a entender que Valeria era pequeña y que necesitaba a su mamá. Empezó a ayudar a su papá a preparar el biberón y a cantarle canciones a Valeria para que se durmiera.
Poco a poco, Adriana descubrió que tener una hermanita no era tan malo como pensaba. Le gustaba hacerle cosquillas en los pies a Valeria y verla sonreír. Le encantaba contarle cuentos y enseñarle sus juguetes favoritos. Y aunque a veces se peleaban por los juguetes, también se querían mucho.
Un día, Patricia le dijo a Adriana: "Eres la mejor hermana mayor del mundo". Adriana se sintió muy orgullosa. Se dio cuenta de que, aunque a veces era difícil, tener una hermanita era algo muy especial. Y que juntas, vivirían muchas aventuras y se querrían para siempre.
Adriana aprendió que a veces las cosas cambian y que es normal sentirse triste o preocupada. Pero también aprendió que el amor de su familia era lo más importante y que siempre estarían ahí para ella, sin importar lo que pasara. Y aunque a veces echaba de menos los días en que era la única niña de la casa, también se dio cuenta de que ahora tenía algo aún mejor: una hermanita a la que querer y cuidar.
Y así, Adriana y Valeria crecieron juntas, jugando, riendo y aprendiendo la una de la otra. Y aunque a veces se peleaban, siempre se perdonaban y se querían con todo su corazón. Porque al final, el amor de una familia es como un arcoíris: ¡lleno de colores brillantes y emociones maravillosas!
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