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Gratis · elegí una vozAntonella era una pequeña dinosaurio Brachiosaurus, con un cuello larguísimo y una sonrisa aún más grande. Le encantaba comer, ¡más que a cualquier otro dinosaurio bebé del mundo! Vivía con su mamá, Carol, una Brachiosaurus muy organizada y un poco estricta, y su papá, Germán, un Brachiosaurus gigante con un corazón aún más grande. Un día, Carol preparó un delicioso desayuno: un montón de hojas tiernas y jugosas, adornadas con bayas dulces y flores comestibles. Era un festín para cualquier Brachiosaurus, pero para Antonella, ¡era solo el comienzo!
"¡Ñam, ñam, ñam!" exclamó Antonella, engullendo las hojas a una velocidad asombrosa. No masticaba, ¡solo tragaba! En un abrir y cerrar de ojos, había terminado su plato y, sin pensarlo dos veces, se abalanzó sobre el plato de su mamá. Carol la miró con los ojos muy abiertos. "¡Antonella! ¡Eso no se hace! ¡Cada quien tiene su propia comida!"
Pero Antonella, con su barriguita ya bastante llena, no hizo caso. Siguió comiendo del plato de Carol, dejando solo unas pocas hojas marchitas. Carol se enfadó muchísimo. "¡Antonella! ¡Ya basta! ¡Has comido suficiente! ¡Mira mi plato! ¡No me has dejado nada!" Carol, con voz firme pero intentando no gritar, regañó a Antonella. "Esto no está bien. Necesitas aprender a compartir y a no comer la comida de los demás."
Antonella, al ver la cara seria de su mamá, sintió un nudo en el estómago. No le gustaba ver a su mamá enfadada. Pero al mismo tiempo, no podía evitar sentir un poco de hambre. "Pero, mamá... ¡tenía mucha hambre!" se justificó Antonella, con la voz temblorosa.
Carol suspiró. Sabía que Antonella era solo una bebé, pero también necesitaba aprender modales. "Lo sé, cariño, pero eso no significa que puedas comer la comida de los demás. Como castigo, voy a quitarte tus peluches por hoy."
Antonella abrió los ojos como platos. ¡Sus peluches! ¡Eran su posesión más preciada! Tenía un Triceratops de peluche llamado Tito, un Stegosaurus de peluche llamado Estela y un Pterodáctilo de peluche llamado Pedro. Los abrazaba para dormir, jugaba con ellos todo el día y les contaba todos sus secretos. "¡No, mamá! ¡Por favor, no mis peluches!" suplicó Antonella, con lágrimas en los ojos.
Carol se mantuvo firme. "Lo siento, Antonella. Necesitas aprender la lección." Recogió los peluches de Antonella y los guardó en una canasta alta, fuera del alcance de la pequeña dinosaurio. Antonella se sintió miserable. Se sentó en el suelo, con la cabeza gacha y las lágrimas resbalando por sus mejillas escamosas. Justo en ese momento, Germán, el papá de Antonella, entró en la cocina. Vio a Antonella llorando y a Carol con una expresión seria. "¿Qué está pasando aquí?" preguntó Germán, con una voz suave pero preocupada.
Carol le explicó lo que había sucedido, detallando la glotonería de Antonella y el castigo que le había impuesto. Germán escuchó atentamente, con una expresión comprensiva. Cuando Carol terminó, Germán se acercó a Antonella y se sentó a su lado. "Hola, mi pequeña devoradora," dijo Germán, con una sonrisa. Antonella lo miró con los ojos llenos de lágrimas. "Papá, mamá me quitó mis peluches," sollozó Antonella.
Germán abrazó a Antonella con su enorme brazo. "Lo sé, cariño. Pero creo que tu mamá tiene razón. No está bien comer la comida de los demás. Pero también creo que estás aprendiendo, ¿verdad?" Antonella asintió con la cabeza. "Sí, papá. No lo volveré a hacer."
Germán miró a Carol y le guiñó un ojo. Luego, se volvió hacia Antonella. "¿Sabes qué? Creo que mereces una segunda oportunidad. ¿Qué te parece si después del almuerzo vamos al lago a jugar con los peluches?" Antonella sonrió, con los ojos brillando de alegría. "¡Sí, papá! ¡Gracias!" Carol, al ver la alegría en la cara de Antonella y la actitud conciliadora de Germán, suavizó su expresión. "Está bien, Antonella. Puedes tener tus peluches de vuelta. Pero recuerda, la próxima vez, debes ser más considerada."
Antonella saltó de alegría y abrazó a su mamá. "¡Gracias, mamá! ¡Lo prometo!" Después del almuerzo, Antonella, Germán y los peluches se fueron al lago. Jugaron a las escondidas entre los árboles, chapotearon en el agua y contaron historias bajo el sol. Antonella aprendió que compartir era mucho más divertido que comer la comida de los demás y que el amor de su papá era el mejor abrazo del mundo. Y Carol aprendió que, a veces, un poco de comprensión y un abrazo de papá podían hacer más que cualquier castigo. Desde ese día, Antonella siguió siendo una pequeña devoradora, pero aprendió a ser una devoradora considerada y a compartir su amor con toda su familia. Y todos vivieron felices para siempre en el Valle de los Brachiosaurios.
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