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Gratis · elegí una vozArtemisa era una conejita muy especial. Tenía un pelaje blanco como la nieve y unas orejas largas que se movían con cada pequeña emoción. Mañana sería su primer día de colegio, ¡y estaba muy emocionada! Pero también un poquito nerviosa. ¿Qué pasaría si no le gustaba a nadie? ¿Y si no sabía hacer las tareas?
La noche antes, Artemisa no podía dormir. Daba vueltas y vueltas en su camita de hojas secas. Su mamá, la Coneja Blanca, se sentó a su lado y le acarició las orejas suavemente. "Artemisa, mi amor, no tienes que preocuparte," dijo con una voz dulce como la miel. "El colegio es una aventura maravillosa. Conocerás nuevos amigos, aprenderás cosas increíbles y te divertirás mucho."
Artemisa sonrió un poco. Las palabras de su mamá siempre la tranquilizaban. "Pero, ¿y si me equivoco? ¿Y si no sé la respuesta a las preguntas?"
La Coneja Blanca abrazó a Artemisa. "Equivocarse es parte del aprendizaje, cariño. Todos nos equivocamos. Lo importante es intentarlo y aprender de nuestros errores. Y siempre, siempre, puedes pedir ayuda."
Con un beso de buenas noches, la Coneja Blanca dejó a Artemisa. Poco a poco, Artemisa se quedó dormida, soñando con lápices de colores y juegos en el recreo.
Al día siguiente, el sol brillaba con fuerza. Artemisa se levantó de un salto, lista para su gran día. Se puso su uniforme azul con un lazo rosa en el pelo. Desayunó una zanahoria crujiente y un vaso de leche tibia.
Cuando llegó al colegio, Artemisa se sintió un poco abrumada. Había muchos otros animalitos: ardillas, erizos, pajaritos... Todos parecían muy emocionados y felices. Artemisa se escondió detrás de la falda de su mamá.
"Vamos, Artemisa," dijo la Coneja Blanca con una sonrisa. "Te presentaré a tu maestra, la Señora Búho."
La Señora Búho era una búho muy sabia y amable. Tenía unas gafas redondas y una sonrisa cálida. "¡Bienvenida, Artemisa!" dijo con su voz suave. "Estoy muy contenta de tenerte en mi clase."
La Señora Búho llevó a Artemisa a su pupitre, que estaba al lado de una ardilla llamada Pip. Pip tenía una cola esponjosa y unos ojos brillantes. "Hola," dijo Pip con timidez. "Me llamo Pip."
"Hola," respondió Artemisa, un poco más segura. "Yo soy Artemisa."
La Señora Búho comenzó la clase. Primero, aprendieron sobre las letras del alfabeto. Artemisa se esforzó mucho y logró escribir su nombre en la pizarra. Después, aprendieron a contar. Artemisa contó hasta diez con la ayuda de Pip.
Durante el recreo, Artemisa y Pip jugaron juntas en el parque. Corrieron, saltaron y se rieron mucho. Artemisa se dio cuenta de que el colegio no era tan aterrador como pensaba. ¡Era divertido!
Pero entonces, llegó la hora de la pintura. La Señora Búho les pidió a los niños que dibujaran su animal favorito. Artemisa quería dibujar una mariposa, pero no sabía cómo. Se sentía frustrada y las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos.
Pip vio que Artemisa estaba triste. "¿Qué pasa?" preguntó.
"No sé dibujar una mariposa," sollozó Artemisa. "Es demasiado difícil."
Pip sonrió. "Yo te ayudo," dijo. Pip le mostró a Artemisa cómo dibujar las alas, el cuerpo y las antenas. Juntos, dibujaron una hermosa mariposa de colores. Artemisa se sintió muy feliz y agradecida.
Al final del día, la Coneja Blanca llegó a buscar a Artemisa. Artemisa corrió a abrazarla. "¡Mamá, el colegio es genial!" exclamó. "He aprendido muchas cosas y he hecho un nuevo amigo."
La Coneja Blanca sonrió. "Me alegro mucho, mi amor. Sabía que te gustaría."
De camino a casa, Artemisa le contó a su mamá todo sobre su primer día de colegio. Le contó sobre las letras, los números, la pintura y sobre Pip, su nueva amiga. La Coneja Blanca escuchó atentamente, sintiéndose orgullosa de su pequeña conejita.
Artemisa llegó a casa cansada pero feliz. Se cepilló los dientes, se puso su pijama y se metió en la cama. Antes de quedarse dormida, pensó en todo lo que había aprendido y vivido ese día. Sabía que el colegio sería una aventura maravillosa, llena de sorpresas y aprendizajes. Y estaba deseando que llegara el día siguiente para volver a ver a Pip y a la Señora Búho. Se durmió con una sonrisa en la cara, soñando con mariposas de colores y nuevos amigos.
Desde ese día, Artemisa fue feliz al colegio cada día. Aprendió mucho, hizo muchos amigos y descubrió que equivocarse no era el fin del mundo, sino una oportunidad para aprender y crecer. Y siempre recordaba que, cuando necesitaba ayuda, siempre podía contar con sus amigos, su maestra y, sobre todo, su mamá.
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