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Gratis · elegí una vozArturo era un cerdito pequeño, rosado y muy preocupado. Su mamá, Mamá Cerdita, estaba enferma de una rara enfermedad: la Tos de las Estrellas Fugaces. Para curarla, necesitaba una medicina muy especial, hecha con tres ingredientes difíciles de encontrar: una Pluma de Colibrí Arcoíris, una Lágrima de Cocodrilo Feliz y una Flor de Luna Floreciente. Arturo, con el corazón lleno de angustia pero también de valentía, decidió emprender el viaje para encontrar los ingredientes.
“¡No te preocupes, Mamá!”, le dijo Arturo, abrazándola fuerte. “¡Traeré la medicina!”
Así, Arturo se despidió y se adentró en el Bosque Susurrante. El bosque estaba lleno de árboles altos y frondosos, donde los rayos del sol apenas llegaban al suelo. A pesar del miedo, Arturo siguió adelante. No tardó en encontrarse con su primer obstáculo: dos lobos malvados, Rufián y Rabioso. Tenían los ojos brillantes y las garras afiladas.
“¿A dónde crees que vas, cerdito?”, gruñó Rufián, mostrando sus dientes.
“B-busco una medicina para mi mamá”, tartamudeó Arturo, temblando.
“¡Ja! ¡Qué ingenuo!”, se burló Rabioso. “No te dejaremos pasar. ¡Serás nuestro almuerzo!”
Arturo, con astucia, recordó que los lobos eran muy vanidosos. “He escuchado que el aullido de Rufián es el más hermoso del bosque”, dijo Arturo con voz temblorosa, “pero me han dicho que Rabioso lo supera con creces. ¿Podrían demostrarme quién aúlla mejor?”
Rufián y Rabioso, picados por la curiosidad y el ego, comenzaron a aullar con todas sus fuerzas, intentando superarse el uno al otro. Arturo aprovechó el caos para escabullirse y seguir su camino. Suspiró aliviado al dejarlos atrás.
Después de caminar un buen rato, Arturo llegó a un río ancho y caudaloso. No sabía nadar. De repente, escuchó una voz chillona. Era un zorro astuto, llamado Zorro Zalamero.
“Hola, pequeño cerdito. ¿Necesitas ayuda para cruzar el río?”, preguntó el zorro con una sonrisa que no le llegaba a los ojos.
Arturo, recordando las advertencias de su mamá sobre los zorros, desconfió. “¿Qué quieres a cambio?”, preguntó Arturo.
“Oh, nada, nada”, respondió Zorro Zalamero. “Solo quiero ayudar a un cerdito tan adorable. Súbete a mi espalda y te llevaré al otro lado.”
Arturo, aunque desconfiado, no tenía otra opción. Se subió con cuidado a la espalda del zorro. En medio del río, el zorro empezó a moverse bruscamente, intentando tirar a Arturo al agua.
“¡Te voy a comer, cerdito!”, gritó el zorro con maldad.
Arturo, con agilidad, sacó una manzana que llevaba en su bolsillo y la lanzó al agua. El zorro, tentado por la manzana, olvidó a Arturo por un segundo y se lanzó tras ella. Arturo aprovechó para saltar a una roca grande y segura en medio del río. El zorro, frustrado, salió del agua y huyó.
Arturo continuó su viaje. Finalmente, llegó al Claro del Colibrí Arcoíris. Allí, vio un colibrí con plumas de todos los colores del arcoíris. Era hermoso, pero muy difícil de alcanzar.
Arturo recordó que los colibríes amaban las flores dulces. Buscó en su mochila y encontró un poco de miel que Mamá Cerdita le había preparado. Colocó la miel en una flor y esperó. El Colibrí Arcoíris, atraído por el dulce aroma, se acercó a la flor. Arturo, con mucho cuidado, esperó a que el colibrí se posara en la flor y, con un movimiento rápido pero suave, logró quitarle una pluma.
Después, Arturo se dirigió al Lago de las Lágrimas. Sabía que allí vivía un cocodrilo muy viejo, el Cocodrilo Sabio, que siempre estaba feliz. Era muy difícil hacerle llorar. Arturo pensó y pensó. Entonces, recordó que los cocodrilos eran muy sensibles a las historias tristes. Le contó al Cocodrilo Sabio la historia de Mamá Cerdita y su enfermedad. El Cocodrilo Sabio, conmovido por la historia, derramó una Lágrima de Cocodrilo Feliz. Arturo la recogió con cuidado en un frasco.
Finalmente, llegó a la Montaña de la Luna. Allí, en la cima, crecía la Flor de Luna Floreciente. Pero la flor solo florecía bajo la luz de la luna llena. Arturo tuvo que esperar toda la noche, temblando de frío, hasta que la luna llena brilló en todo su esplendor y la flor se abrió. Con mucho cuidado, la recogió.
Con los tres ingredientes en su poder, Arturo regresó a casa. Preparó la medicina mágica y se la dio a Mamá Cerdita. Al poco tiempo, Mamá Cerdita se recuperó y volvió a sonreír. Arturo, el pequeño cerdito valiente, había salvado a su mamá. Y aprendió que, incluso los más pequeños, pueden lograr grandes cosas con valentía y astucia.
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