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Había una vez, en un rincón del mundo donde el sol siempre parece estar de fiesta, una princesa llamada Agus. Agus no era una princesa común de las que esperan en torres altas; a ella le encantaba el rugido del mar y sentir la arena entre los dedos de los pies. Tenía una colección de bikinis de todos los colores del arcoíris, pero su favorito era uno de color turquesa que brillaba tanto como el agua del Caribe. Un día, mientras organizaba sus caracoles por tamaño y brillo, llegó un mensaje en una botella: el Príncipe Marcos, su mejor amigo de las tierras vecinas, estaba por llegar para pasar las vacaciones de verano en la Playa del Chapoteo.
Cuando Marcos bajó de su carruaje de madera clara, lo primero que hizo fue quitarse las botas reales. —¡Che, Agus! ¡Mirá lo que es esto!— exclamó Marcos con esa alegría contagiosa que tanto lo caracterizaba. Él también venía preparado para la acción, con un short de baño estampado con pequeñas palmeras y una tabla de surf bajo el brazo. La playa los esperaba con sus olas suaves y una brisa que olía a coco y aventura.
El primer desafío del día fue la gran construcción del Castillo de Coral. No era un castillo cualquiera; Agus quería que tuviera túneles secretos y Marcos insistía en que necesitaba un foso lleno de agua para los cangrejos guardianes. —Si querés que sea el mejor castillo del mundo, tenemos que usar la arena mojada de allá abajo— dijo Agus, señalando hacia donde las olas rompían con fuerza. Corrieron hacia el agua, saltando las espumas blancas, riendo a carcajadas cada vez que una ola les mojaba el bikini o el short. El sol calentaba sus espaldas mientras trabajaban en equipo, decorando las torres con caracoles rosados y algas verdes que parecían banderas al viento.
Después de mucho esfuerzo, el castillo estaba terminado. Pero el hambre de aventureros no se hizo esperar. Se sentaron bajo una sombrilla gigante a comer rodajas de sandía bien fresca. —¿Sabés qué sería genial, Agus?— preguntó Marcos mientras se limpiaba el jugo de la cara. —¿Qué tal si buscamos el tesoro del Pirata Barba-Espuma? Dicen que dejó sus joyas de nácar en la Cueva de los Ecos.
Agus aceptó el reto sin dudarlo. Se ajustó su bikini, se puso sus antiparras y corrieron hacia el agua. El mar estaba calmo, como un espejo azul. Nadaron juntos, haciendo burbujas y compitiendo para ver quién llegaba primero a la gran roca que marcaba la entrada de la cueva. El agua estaba tibia y transparente, permitiéndoles ver a los peces de colores que nadaban a su alrededor. —¡Mirá ese pez globo!— señaló Agus bajo el agua, aunque solo se escuchó un glub glub divertido. Marcos intentó imitar al pez inflándose los cachetes, lo que hizo que ambos salieran a la superficie muertos de risa.
Al llegar a la Cueva de los Ecos, el sonido de las olas golpeando las paredes de piedra creaba una música mágica. No encontraron oro ni plata, pero sí algo mucho mejor: la cueva estaba llena de piedras preciosas que no eran más que vidrios de mar pulidos por el tiempo, suaves y brillantes como gemas. —Son tesoros del océano— susurró Marcos. Juntaron un puñado cada uno y decidieron que serían sus medallas de valientes exploradores.
La tarde seguía su curso y el sol empezaba a bajar, pintando el cielo de tonos naranjas y violetas. Era el momento perfecto para el gran concurso de chapoteo. El juego era simple: tenían que correr desde la orilla y lanzarse al agua haciendo el salto más creativo posible. Agus hizo una pirueta en el aire que llamó el delfín saltarín, cayendo al agua con elegancia y levantando una lluvia de gotas que brillaban como diamantes. Marcos, por su parte, intentó un salto de la bomba real, que terminó en un salpicón gigante que mojó incluso a las gaviotas que descansaban cerca. —¡Eso fue trampa, me empapaste toda!— gritó Agus riendo, mientras le lanzaba un chorro de agua con las manos.
Jugaron hasta que sus dedos se pusieron arrugaditos como uvas pasas. El cansancio feliz empezó a notarse en sus rostros. Se sentaron a la orilla del mar, dejando que las últimas olas del día les acariciaran los pies. —Sabés, Marcos, no importa cuántos castillos construyamos o cuántos tesoros encontremos— dijo Agus mirando el horizonte. —Lo más divertido es que siempre estás vos para compartirlo.
Marcos asintió, sintiéndose muy afortunado. —Tenés razón, Agus. El verano no sería lo mismo sin nuestras locuras en la playa. Mañana podemos intentar pescar nubes con redes de mariposas, ¿qué te parece?
La princesa rió ante la idea tan disparatada. Mientras las estrellas empezaban a asomarse, los dos amigos regresaron al palacio de verano, con los corazones llenos de salitre y la promesa de que, mientras hubiera una playa y un buen bikini o short de baño, las aventuras nunca terminarían. El Reino del Chapoteo cerraba sus puertas por esa noche, pero la magia del mar guardaría sus risas en las caracolas para siempre.
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