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Don Ramón era el constructor más responsable de todo el barrio "Sol Naciente". Siempre llegaba temprano a la obra, revisaba que todo estuviera en orden y se aseguraba de que sus compañeros tuvieran todo lo necesario para un día de trabajo seguro y productivo. A Don Ramón le encantaba construir cosas. Le fascinaba ver cómo de unos simples planos y materiales, nacían casas, escuelas y hasta parques para los niños. Era un trabajo duro, pero muy gratificante.
Un día, la obra consistía en reforzar los cimientos de una nueva biblioteca. Don Ramón debía doblar y cortar unas largas varillas de hierro, llamadas ferrallas, para darles la forma adecuada y luego unirlas con alambre. Era una tarea que había realizado cientos de veces. Normalmente, Don Ramón siempre usaba sus guantes de protección para manejar las ferrallas. Sabía que las puntas podían ser afiladas y raspar o pinchar la piel.
Pero ese día, Don Ramón estaba un poco apurado. El sol brillaba con fuerza y quería avanzar rápido para terminar antes del almuerzo. Pensó: "Es solo un ratito. Ya he hecho esto tantas veces... No creo que pase nada si trabajo sin los guantes por unos minutos". Así que, sin pensarlo dos veces, Don Ramón comenzó a doblar las ferrallas con sus manos descubiertas.
Al principio, todo iba bien. Las varillas se doblaban a su voluntad y Don Ramón sentía que estaba avanzando a buen ritmo. Pero, de repente, al intentar doblar una varilla particularmente gruesa, ésta resbaló. La punta afilada de la ferralla rozó la mano de Don Ramón, dejándole un pequeño corte. "¡Ay!", exclamó Don Ramón, sacudiendo la mano. "No fue nada", pensó, minimizando el dolor y la pequeña herida.
Siguió trabajando, pero al poco tiempo, otra varilla le raspó la mano, esta vez un poco más fuerte. Don Ramón sintió un pinchazo y vio una pequeña gota de sangre. Empezó a sentirse un poco incómodo, pero aún así, persistió. Quería terminar esa parte del trabajo antes de ponerse los guantes. "¡Ya casi termino!", se decía a sí mismo.
Pero entonces, ocurrió lo inevitable. Al intentar unir dos ferrallas con alambre, una de ellas se movió bruscamente y la punta afilada se clavó en la palma de la mano de Don Ramón. Esta vez, el dolor fue más intenso. "¡Ayyyy!", gritó Don Ramón, soltando la varilla y sujetándose la mano. La sangre brotaba de la herida.
Sus compañeros, al oír el grito, corrieron a ayudarlo. Rápidamente, le limpiaron la herida con agua y jabón y le pusieron una venda. Don Ramón se sentía avergonzado y adolorido. Se dio cuenta de que había cometido un grave error al no usar sus guantes de protección. Había pensado que nada malo podía pasar, pero se había equivocado.
Mientras le curaban la mano, Don Ramón escuchó a Doña Elena, la encargada de seguridad de la obra, quien le dijo con voz suave pero firme: "Ramón, recuerda siempre la importancia de usar el equipo de protección. No importa si crees que la tarea es fácil o si tienes prisa. La seguridad es lo primero. Un pequeño descuido puede tener consecuencias graves".
Don Ramón asintió con la cabeza, sintiéndose arrepentido. "Tienes razón, Elena. He aprendido mi lección. Nunca más volveré a trabajar sin mis guantes".
Después de curarle la mano, Don Ramón tuvo que ir al médico para que le revisaran la herida y le pusieran una vacuna contra el tétanos. Estuvo unos días sin poder trabajar, lo cual le frustraba mucho. Pero aprovechó ese tiempo para reflexionar sobre lo que había sucedido y para recordar a todos sus compañeros la importancia de la seguridad en el trabajo.
Cuando Don Ramón regresó a la obra, lo primero que hizo fue ponerse sus guantes de protección. Desde ese día, nunca más los olvidó. Aprendió que la responsabilidad no solo consiste en hacer el trabajo bien, sino también en hacerlo de forma segura. Y así, Don Ramón, el constructor más responsable del barrio "Sol Naciente", siguió construyendo casas, escuelas y parques, siempre con sus guantes puestos y con la seguridad como su principal prioridad.
Y a partir de ese día, las varillas de hierro, antes "traviesas", se volvieron amigas de Don Ramón, porque él había aprendido a respetarlas y a protegerse de ellas.
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