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Gratis · elegí una vozSandrita era una sandía muy especial. No era solo roja y jugosa por dentro, sino que también era muy charlatana. Le encantaba contar historias sobre el sol, la lluvia y las abejas que la visitaban en el campo. Pero Sandrita tenía un pequeño problema: ¡sus pepas eran muy traviesas!
Un día, Sandrita estaba contando una historia muy emocionante sobre una mariquita que se había perdido. Estaba tan concentrada en su relato que empezó a reír a carcajadas. ¡Ja, ja, ja! Su risa era tan fuerte que, de repente, ¡pum! Una pepa salió disparada.
"¡Ay, no!" exclamó Sandrita. "¡Otra vez no!"
La pepa, llamada Pepito, rodó por el suelo hasta llegar a la pata de una mesa. "¡Libertad!" gritó Pepito, y empezó a explorar el mundo.
Sandrita suspiró. "Pepito, ¡vuelve aquí!" Pero Pepito era demasiado rápido. Siguió rodando, pasando por debajo de la mesa, esquivando las sillas y finalmente saliendo por la puerta.
Sandrita intentó moverse, pero era muy pesada. "¡Necesito ayuda!" gritó.
Afortunadamente, cerca de Sandrita estaba Don Tomate, un tomate muy sabio y tranquilo. Don Tomate había visto todo el alboroto. Se acercó rodando lentamente hacia Sandrita.
"¿Qué ocurre, Sandrita?" preguntó Don Tomate con su voz grave.
"¡Mis pepas se están escapando!" lloriqueó Sandrita. "¡Ya se ha escapado Pepito, y tengo miedo de que se escapen más!"
Don Tomate pensó por un momento. "Hmm, esto es un problema. Pero no te preocupes, Sandrita. Tengo una idea."
Don Tomate rodó hasta la puerta y gritó: "¡Atención, Pepito! ¡Hay un charco de agua delicioso aquí afuera!"
Pepito, que tenía mucha sed después de su aventura, escuchó el anuncio y rodó de vuelta a la puerta. "¿Agua deliciosa?" preguntó Pepito con entusiasmo.
"Sí, Pepito," dijo Don Tomate. "Pero solo puedes beberla si vuelves a tu casa, dentro de Sandrita."
Pepito dudó por un momento. Le gustaba mucho la libertad, pero también tenía mucha sed. Finalmente, decidió que la sed era más fuerte. Rodó de vuelta a Sandrita, quien lo recibió con un abrazo rojo y jugoso.
"¡Gracias, Don Tomate!" exclamó Sandrita. "¡Eres el mejor!"
Pero la aventura no había terminado. Minutos después, ¡pum! Otra pepa, llamada Pepita, salió disparada. Pepita era aún más traviesa que Pepito. En lugar de rodar, ¡empezó a saltar!
"¡Voy a ser una estrella de circo!" gritó Pepita, saltando sobre los libros y los juguetes.
Sandrita y Don Tomate se miraron con desesperación. ¿Cómo iban a atrapar a Pepita?
Entonces, Don Tomate tuvo otra idea. Rodó hasta la caja de juguetes y encontró una pequeña trompeta. Empezó a tocar una melodía alegre y pegadiza.
¡Tin, tin, tin! La trompeta sonaba con tanta alegría que Pepita dejó de saltar. Le encantaba la música. Empezó a bailar al ritmo de la melodía.
Don Tomate siguió tocando, acercándose lentamente a Sandrita. Pepita, hipnotizada por la música, lo siguió bailando. Finalmente, Don Tomate tocó una nota final muy fuerte, y Pepita, asustada, saltó directamente dentro de Sandrita.
"¡Lo logramos!" exclamó Sandrita, aliviada. "¡Gracias de nuevo, Don Tomate!"
Pero la paz no duró mucho. ¡Pum! ¡Pum! ¡Dos pepas más salieron disparadas! Esta vez, eran Pipo y Pupa, dos pepas gemelas que siempre estaban juntas.
Pipo y Pupa no querían explorar ni ser estrellas de circo. Querían jugar a las escondidas. Se escondieron debajo de una hoja de papel y detrás de una maceta.
Sandrita y Don Tomate estaban agotados. No sabían cómo iban a atrapar a Pipo y Pupa.
Entonces, Sandrita tuvo una idea. Empezó a contar una historia muy triste sobre una sandía que se había quedado sin pepas y se sentía muy sola.
"¡Snif, snif!" Sandrita fingió llorar. "¡Nadie quiere a una sandía sin pepas! ¡Soy tan infeliz!"
Pipo y Pupa escucharon la historia de Sandrita y se sintieron muy mal. No querían que Sandrita estuviera triste. Salieron de sus escondites y rodaron hasta Sandrita.
"¡No estés triste, Sandrita!" dijeron Pipo y Pupa al unísono. "¡Estamos aquí!"
Sandrita sonrió y abrazó a Pipo y Pupa con todas sus fuerzas. "¡Gracias, mis pequeñas pepas! ¡Las quiero mucho!"
Don Tomate sonrió. Sabía que Sandrita era una sandía muy especial. No solo era roja y jugosa, sino que también tenía un gran corazón.
Desde ese día, las pepas de Sandrita siguieron siendo traviesas, pero aprendieron a no alejarse demasiado. Sabían que Sandrita las amaba y que ellas la amaban a ella. Y Don Tomate siempre estaba cerca, listo para ayudar con su sabiduría y su trompeta.
Y así, Sandrita, la sandía charlatana, siguió contando historias, riendo a carcajadas, y cuidando de sus pepas fugitivas. Fin.
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