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Barnaby no era un dragón común. Mientras sus hermanos poseían alas tan anchas como velas de barco, las suyas eran pequeñas y doradas, más parecidas a las de un abejorro que a las de un temible lagarto de fuego. Vivía en la cima de los Riscos de Fuego, un lugar donde el viento soplaba con una fuerza sobrecogedora. Cada vez que Barnaby se asomaba al vacío, sus garras se aferraban a la piedra con una fuerza desesperada. El miedo a caer era un nudo en su estómago que ningún fuego podía derretir. Sus hermanos se burlaban con cariño, llamándolo 'el dragón de tierra', pero Barnaby solo suspiraba, mirando las nubes con sus grandes ojos de color ámbar.
Un día, mientras perseguía una mariposa de cristal que brillaba con los colores del arcoíris, Barnaby no se fijó por dónde caminaba. Tropezó con una raíz retorcida y, antes de que pudiera rugir, cayó por un agujero inmenso oculto bajo un arbusto de rosas blancas. No fue una caída violenta; el aire se sentía espeso como la miel y Barnaby descendía lentamente entre objetos flotantes: mecedoras, espejos que reflejaban otros mundos y libros cuyas páginas se pasaban solas. Finalmente, aterrizó con un suave 'pum' sobre un montón de hojas secas en un bosque donde las flores cantaban en voz baja.
—¡Cielos! ¡Llego tarde, llego tarde! —gritó una voz nerviosa. Barnaby vio a un conejo blanco, vestido con un chaleco rojo brillante y consultando un enorme reloj de bolsillo. El conejo se detuvo en seco al ver al pequeño dragón de escamas azul zafiro.
—¿Tú vuelas? —preguntó el conejo, moviendo su nariz con rapidez.

—No... —respondió Barnaby, bajando la cabeza—, no sé cómo hacerlo.
—¡Qué tragedia! —exclamó el conejo—. Pero no hay tiempo para tristezas. Si no llegas a la fiesta del té, la Reina de Corazones se pondrá furiosa, y nadie quiere ver a la Reina cuando está de mal humor.
Barnaby, sintiéndose solo en aquel mundo desconcertante, decidió seguir al conejo. Caminaron por senderos de setas gigantes hasta llegar a una mesa larguísima donde un hombre con un sombrero verde gigante y cabello naranja alborotado servía té en tazas que cambiaban de color. Era el Sombrerero Loco. Al lado, un gato de color violeta aparecía y desaparecía, dejando solo una sonrisa flotante en el aire.
—Un dragón que no vuela es como una tetera sin té —dijo el Sombrerero, ofreciéndole a Barnaby una taza vacía que olía a nubes de azúcar— o como un acertijo sin respuesta.

De repente, el cielo se oscureció y el suelo retumbó. Un ejército de soldados naipe, planos y rígidos, apareció marchando al ritmo de un tambor invisible. En el centro, una mujer pequeña pero imponente con un vestido rojo y negro gritaba: '¡Córtenles la cabeza por no estar en sus puestos!'. Era la Reina de Corazones. El Conejo Blanco se escondió tras una tetera y el Sombrerero se puso su sombrero hasta la nariz. Barnaby sintió el temblor familiar en sus rodillas. Los soldados naipe se acercaban peligrosamente a sus nuevos amigos, blandiendo sus lanzas de madera.
Barnaby sabía que no podía luchar contra todo un ejército, pero al ver el miedo en los ojos del conejo, algo cambió dentro de él. La perseverancia superó a su temor. Recordó lo que su abuelo decía: 'El aire no es algo que se domina, es algo en lo que se confía'. Sin pensarlo dos veces, Barnaby saltó sobre la mesa. No intentó batir sus alas con fuerza como un pájaro; en su lugar, cerró los ojos y recordó la sensación de flotar en el túnel. Imaginó que el aire era agua y que él era un nadador.
Sus pequeñas alas doradas empezaron a vibrar con un zumbido eléctrico. En lugar de caer, Barnaby comenzó a elevarse. No era un vuelo majestuoso, sino un planeo elegante y rítmico. Voló en círculos sobre los soldados naipe, soltando una ráfaga de fuego que, debido a la magia de aquel lugar, se convirtió en una lluvia de confeti brillante y burbujas de jabón. Los soldados, confundidos por el espectáculo, empezaron a perseguir las burbujas, olvidando sus órdenes. La Reina de Corazones, asombrada por el pequeño dragón azul que 'nadaba' en el cielo, soltó una carcajada.
—¡Qué criatura tan curiosa! —exclamó la Reina—. ¡Te nombro Caballero de las Burbujas! ¡Dejen de marchar y traigan más pasteles!
Barnaby descendió suavemente sobre la mesa, con el corazón latiendo con fuerza pero lleno de alegría. Había descubierto que su miedo no era una jaula, sino un escalón. Sus amigos lo rodearon, celebrando su valentía. El dragón azul comprendió que no necesitaba alas gigantes para ser valiente, solo necesitaba un motivo por el cual elevarse.
La verdadera valentía no es la ausencia de miedo, sino actuar a pesar de él.
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