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Gratis · elegí una vozEstaba Daniel el guapo aburrido en su cuarto. El sol brillaba afuera, pero a él no le apetecía jugar en el jardín. Sus juguetes estaban desparramados por el suelo, pero ninguno le llamaba la atención. ¡Buf! Qué aburrimiento tan grande. Se tiró en la cama, mirando al techo. De repente, sus ojos se detuvieron en el armario. Era un armario grande, de madera oscura, que casi llegaba al techo. Nunca le había prestado mucha atención, pero ahora, en su aburrimiento, le pareció misterioso.
"¿Qué habrá dentro?", se preguntó. Se levantó de la cama y se acercó al armario. Las puertas estaban cerradas. Daniel respiró hondo y abrió una de las puertas. ¡Guau! El armario no solo contenía ropa. Detrás de las camisas y pantalones colgados, había una luz tenue que brillaba. Daniel, con curiosidad, apartó la ropa y descubrió una pequeña puerta secreta. Era una puerta diminuta, apenas del tamaño de su mano.
"¡Qué raro!", exclamó Daniel. Se agachó y miró por la cerradura. Vio un largo pasillo iluminado con antorchas. ¡Parecía un pasadizo secreto! Su aburrimiento desapareció de inmediato. La aventura lo llamaba. Empujó la pequeña puerta. No se abría. Estaba cerrada con llave. "¡Oh, no!", dijo Daniel con decepción. Pero no se rindió. Recordó que tenía una caja llena de llaves viejas en el cajón de su escritorio. Corrió a buscarla.
Rebuscó entre las llaves, probando una tras otra. Ninguna encajaba. Estaba a punto de rendirse cuando vio una llave pequeña y oxidada en el fondo de la caja. "¡Quizás esta!", pensó. La insertó en la cerradura de la pequeña puerta. ¡Clic! La llave giró. ¡La puerta se abrió! Daniel sonrió de oreja a oreja. Se arrastró por la pequeña puerta, hacia el pasadizo secreto.
El pasadizo era largo y oscuro, pero las antorchas iluminaban el camino. Daniel caminó con cuidado, escuchando atentamente. Oyó un sonido lejano: ¡una risa! La risa sonaba alegre y divertida. Daniel siguió el sonido, cada vez más rápido. El pasadizo terminó en una gran sala. ¡Era una sala llena de juguetes! Había trenes, muñecas, ositos de peluche, bloques de construcción, ¡de todo! Y en el centro de la sala, había un grupo de niños jugando y riendo.
Daniel nunca había visto a esos niños antes. Se acercó tímidamente. "Hola", dijo. Los niños se detuvieron de jugar y lo miraron. "¡Hola!", respondieron al unísono. "¿Quién eres tú?" preguntó una niña con coletas. "Soy Daniel", respondió. "Estaba aburrido en mi cuarto y encontré este pasadizo". "¡Qué bien!", dijo otro niño. "Nosotros somos los Guardianes de la Alegría. Cuidamos de los juguetes y nos aseguramos de que nadie esté aburrido".
Daniel se quedó boquiabierto. "¿Los Guardianes de la Alegría? ¡Qué genial!" Los niños lo invitaron a jugar. Daniel aceptó encantado. Jugaron con los trenes, construyeron torres con los bloques, hicieron volar aviones de papel. Daniel se divirtió como nunca antes. Se olvidó por completo de su aburrimiento. El tiempo pasó volando.
De repente, uno de los Guardianes de la Alegría dijo: "Creo que es hora de que vuelvas, Daniel. Tu mamá te estará esperando". Daniel se dio cuenta de que ya era tarde. "Tienes razón", dijo. "Gracias por invitarme a jugar. Me he divertido mucho". Los Guardianes de la Alegría lo acompañaron de vuelta al pasadizo secreto. Daniel se despidió de ellos y prometió volver pronto. Se arrastró por la pequeña puerta y salió del armario.
Volvió a estar en su cuarto. El sol ya no brillaba tanto, y la habitación estaba un poco más oscura. Pero Daniel ya no estaba aburrido. Tenía una sonrisa en la cara y el corazón lleno de alegría. Se acordó de los Guardianes de la Alegría y de la divertida tarde que había pasado jugando. Se dio cuenta de que la aventura puede estar en el lugar menos esperado, ¡incluso dentro de un armario! Decidió que al día siguiente volvería a visitar a sus nuevos amigos. Pero antes, tenía que ordenar sus juguetes. Ahora, hasta ordenar le parecía divertido.
Se puso a recoger los juguetes con entusiasmo, imaginando todas las aventuras que le esperaban. Quizás, pensó, el armario lo llevaría a otro lugar mágico. Quién sabe. Lo importante es que Daniel ya no estaba aburrido. Había descubierto que la imaginación y la amistad son las mejores armas contra el aburrimiento. Y todo gracias a una puerta secreta en el armario y a unos amigos muy especiales: ¡los Guardianes de la Alegría!
Al día siguiente, Daniel volvió al armario, listo para otra aventura. Sabía que, aunque no encontrara otro pasadizo secreto, siempre tendría su imaginación para crear sus propias aventuras. Y eso, al final, era lo más importante.
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