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Gratis · elegí una voz¡Dati! Era un nene con una personalidad única, con mucha imaginación. Le gustaba crear mundos llenos de aventura en su pequeña cueva, que en realidad era su habitación debajo de las escaleras. Allí, con mantas y almohadas, luchaba contra dragones de calcetines y exploraba selvas de cojines. Un día, después de otra de sus épicas aventuras en el Reino de la Alfombra, Dati sintió hambre, un rugido más fuerte que el de cualquier dragón. Entonces llamó a su mamá: "¡Mamá! ¿Qué hay de comer?". Pero no respondió. Pensó que tal vez estaba ocupada derrotando a un ejército de polvo en la sala, así que volvió a llamar, un poco más fuerte: "¡Mamáaaa!". Pero tampoco hubo respuesta. Un poco preocupado, se dirigió al cuarto de su mamá. Miró la habitación vacía, con las cortinas ondeando suavemente y un rayo de sol bailando sobre el suelo. En el suelo, precisamente donde su mamá solía dejarle besos imaginarios, encontró una nota. Era una nota escrita con letras grandes y coloridas, adornada con un dibujo de una sonriente flor. La nota decía: "Si a tu mami quieres ver, deberás encontrarla".
¡Encontrar a su mamá! ¡Eso sonaba como otra aventura! Dati, decidido, se embarcó en la búsqueda. ¿Dónde puede estar mami? Primero buscó en el resto de la casa. Revisó detrás del sofá, debajo de la mesa del comedor, incluso dentro del gran jarrón de flores de plástico que su mamá tanto adoraba. Pero a mami no halló. ¿Estará en la cancha dónde salimos a jugar en las tardes? Esa era una buena idea. Su mamá siempre lo llevaba a la cancha después de la siesta. Recorrió la cancha de arriba abajo, con los ojos bien abiertos. Buscó en la resbaladilla, en los columpios, incluso en el arenero, donde a veces enterraban tesoros imaginarios. Recorrió la pista a su alrededor, buscando alguna pista, algún rastro de su mamá. Buscó tras los árboles que bordeaban la cancha, esperando encontrarla escondida, jugando a las escondidas. Pero sin éxito. Se sentó a la sombra de uno de los árboles, sintiéndose un poco desanimado. El sol brillaba con fuerza y el aire olía a pasto recién cortado, pero Dati solo podía pensar en su mamá.
Ah! Ya sé! Exclamó, de repente, un rayo de esperanza iluminando su rostro. ¡Seguro está en los jueguitos a dónde también me lleva a jugar! A Dati le encantaba ir al parque de diversiones con su mamá. Se imaginó a su mamá montando en la montaña rusa, gritando de alegría, o jugando a los bolos, derribando todos los pinos de un solo tiro. Pero, al llegar al parque, tampoco la encontró ahí. Buscó en la rueda de la fortuna, en los caballitos, en la casa de los espejos. Preguntó a los payasos y a los vendedores de helados, pero nadie había visto a su mamá. A punto de darse por vencido, con el estómago rugiendo de nuevo y el corazón un poco triste, se le ocurrió una idea descabellada. Se dirigió a casa del rey Carlo Magno. Sí, lo sé, suena extraño, pero en la imaginación de Dati, el rey Carlo Magno vivía en la panadería de la esquina, y su mamá era una Princesa, ¡o al menos a Dati le gustaba pensar eso! Recordó que su mamá siempre le decía que era una princesa guerrera, capaz de enfrentarse a cualquier dragón, y que la panadería era en realidad un palacio lleno de tesoros, o sea, pan dulce. Así que debía estar en el Palacio, o sea, en la panadería.
Le preguntó al Rey Carlo Magno, que en realidad era Don Carlos, el panadero, con su gran bigote blanco y su gorro de cocinero: "Don Carlos, ¿has visto a Mami?". Don Carlos sonrió, mostrando sus dientes blancos y brillantes. Respondió: "Sí, Dati, está aquí. Vino por provisiones para su pequeño Explorador". Fue entonces que su mamá asomó el rostro desde detrás del mostrador, con una gran bolsa de papel llena de pan dulce y una sonrisa aún más grande. Se dirigió a Dati y lo abrazó con fuerza, apretándolo contra su pecho. "¿Qué has estado haciendo, mi amor?", le preguntó, con la voz llena de alegría. "Te estuve buscando por todas partes", respondió Dati, con un puchero. "¡Te avisé que iba a salir un momento y ya volvía!", dijo su mamá, suavemente. "¡Pero leí tu nota!", dijo Dati, señalando la nota imaginaria en su mano. La madre sonrió y lo besó en la frente. Sabía que Dati aún no podía leer ni escribir, pero en su corazón, él era capaz de todo. "Vamos a la casa", le dijo, tomándolo de la mano. "Que es hora de comer un delicioso pan dulce y contar todas tus aventuras". Y así, Dati y su mamá regresaron a su cueva, listos para compartir un banquete de pan dulce y abrazos, sabiendo que la aventura más grande de todas era estar juntos.
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