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Gratis · elegí una vozDiana, con sus seis años y coletas traviesas, y Sergio, con sus tres añitos y manitas siempre sucias, eran como el sol y la luna. A veces, ¡todo alegría! Otras… bueno, otras veces no tanto.
Un día, mientras jugaban en el jardín, Sergio tropezó con un juguete. ¡Pum! Rodó por el suelo y, de repente, una nube oscura se posó sobre su carita. Empezó a llorar a moco tendido.
"¡Buuuuaaa! ¡Me duele!", gritó Sergio, con los ojitos llenos de lágrimas.
Diana, que estaba construyendo una torre altísima con bloques de madera, se acercó corriendo. "¡Ay, Sergio! ¿Qué te pasó?", preguntó con voz dulce.
Sergio señaló el juguete culpable, un camión rojo muy veloz.
Diana se sentó a su lado y lo abrazó fuerte. "A veces, cuando nos caemos, nos sentimos tristes, ¿verdad?", le dijo.
Sergio asintió con la cabeza, aún sollozando. "¡Mucha tristeza! ¡Como una tormenta en mi corazón!"
Diana pensó un momento. "A ver, Sergio, tengo una idea. ¿Sabes qué podemos hacer con la tristeza? Podemos transformarla. ¿Te acuerdas del arcoíris que vimos ayer después de la lluvia? Pues, ¡nuestros sentimientos son como un arcoíris! Tienen muchos colores."
Sergio dejó de llorar un poquito y la miró con curiosidad. "¿Un arcoíris? ¿En mi corazón?"
"¡Sí! Y ahora mismo, tu corazón está lleno de un color gris, el color de la tristeza. Pero podemos añadirle otros colores. ¿Qué te parece si pintamos un dibujo?", propuso Diana.
Sergio asintió con entusiasmo. "¡Sí! ¡Pintar!".
Diana sacó sus pinturas y un papel grande. "¿Qué quieres pintar?", preguntó.
Sergio, después de pensarlo un poco, dijo: "¡Un sol! Un sol muy grande y amarillo!".
Así que empezaron a pintar. Sergio pintó un sol radiante con muchísimos rayos. Diana dibujó flores de todos los colores y mariposas revoloteando. Mientras pintaban, Sergio comenzó a sonreír. La tristeza gris se iba diluyendo, reemplazada por el amarillo brillante del sol y el verde alegre de las flores.
"¡Mira, Diana! ¡Ya no estoy tan triste!", exclamó Sergio, mostrando su dibujo con orgullo.
Diana sonrió. "¡Lo ves! El sol siempre vuelve a salir después de la tormenta. Y la alegría siempre puede volver a nuestro corazón."
Pero la aventura de los sentimientos no terminó ahí. Al día siguiente, Diana estaba muy emocionada. ¡Era el día de su cumpleaños! Esperaba con ansias la fiesta y los regalos. Pero… su mejor amiga, Sofía, no pudo venir. Estaba enferma.
Diana se sintió muy decepcionada. Una nube oscura, muy parecida a la que había visto en la carita de Sergio, apareció en la suya. No lloró, pero se sentía… rara.
Sergio, que estaba jugando con sus coches, se dio cuenta de que Diana estaba diferente. "¿Qué te pasa, Diana? ¿Estás triste?", preguntó.
Diana asintió. "Sofía no puede venir a mi fiesta… Estoy un poco triste y un poco enfadada."
Sergio se acercó y la abrazó. "A veces, la alegría se esconde un poquito. Pero siempre podemos encontrarla. ¿Te acuerdas del arcoíris?"
Diana sonrió un poco. "Sí… pero ¿cómo encuentro la alegría ahora?"
"¡Ya sé! Podemos hacer una cosa que te guste mucho", dijo Sergio con entusiasmo. "Podemos… ¡bailar! ¡Bailar nuestra canción favorita!"
Diana se rió. "¡Bailar! ¡Buena idea!"
Pusieron su canción favorita, una melodía pegadiza que siempre los hacía reír. Empezaron a bailar y a cantar, moviendo los brazos y las piernas como dos pequeños payasos. Al cabo de un rato, la tristeza y el enfado se habían esfumado. Solo quedaba la alegría, brillante y contagiosa.
Diana abrazó a Sergio. "¡Gracias, Sergio! Me has ayudado mucho. Ahora sé que cuando me siento triste o enfadada, puedo hacer algo para sentirme mejor."
Sergio sonrió. "¡Y yo también, Diana! Gracias por enseñarme sobre el arcoíris de los sentimientos!"
Desde ese día, Diana y Sergio aprendieron que la alegría y la tristeza son como el sol y la luna, como el día y la noche. Que todos los sentimientos son importantes y que, aunque a veces nos sintamos tristes, siempre podemos encontrar la manera de dejar que el sol vuelva a brillar en nuestro corazón. Y si no podemos solos, ¡siempre podemos contar con la ayuda de un amigo!
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