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Había una vez, en un reino lejano donde los gatos vestían coronas y las gallinas marchaban al compás, un rey gato llamado Don Narudona. No era un gato cualquiera; Don Narudona tenía un bigote tan largo que lo usaba como bufanda en invierno, y una ambición aún más larga. Estaba casado con la Reina Josefina de la Real Tercera, una gata elegante con un collar de perlas y una inclinación por las novelas de caballería. Juntos, gobernaban un pequeño reino lleno de ovillos de lana gigantes y árboles de catnip.
Pero Don Narudona no estaba contento. Miraba con envidia al reino vecino, gobernado por el Gran Gallo Pepe, un gallo majestuoso con una cresta roja brillante y un canto que despertaba al sol. El reino de Pepe era famoso por sus granjas rebosantes de maíz, sus gallinas ponedoras de huevos de oro (bueno, huevos con cáscara dorada) y la felicidad general de sus habitantes.
"Josefina," ronroneaba Don Narudona, paseándose por el salón del trono, "¡Debemos conquistar el reino de Pepe! ¡Imagínate, Josefina, el maíz ilimitado! ¡Las gallinas ponedoras de huevos dorados! ¡Seremos los gatos más ricos y poderosos del mundo!"
Josefina, que estaba leyendo una novela sobre un caballero gato que luchaba contra dragones de peluche, levantó la vista con indiferencia. "Narudona, querido, ¿no crees que es un poco… arriesgado? Pepe tiene un ejército muy leal."
"¡Precisamente, Josefina! ¡Y yo tengo… un plan!" Don Narudona sonrió con picardía. Su plan involucraba al ejército más inusual que jamás haya existido: ¡un ejército de gallinas! No gallinas guerreras, precisamente, sino gallinas... cantarinas.
Don Narudona había descubierto que ciertas gallinas, al ser expuestas a una melodía particularmente pegadiza tocada en un arpa de catnip, desarrollaban una habilidad asombrosa para cantar. No solo cantar, sino cantar canciones que inducían a la somnolencia. Su plan era simple: las gallinas cantarían al ejército de Pepe hasta que se quedaran dormidos, y luego, ¡zas!, conquista fácil.
Reunió a su ejército de gallinas cantarinas, cada una con un pequeño sombrero de soldado y un cancionero. La más talentosa de todas, una gallina llamada Clotilde, era la líder. Clotilde tenía una voz de soprano que podía hacer llorar a una cebolla y un sentido del humor que podía hacer reír a un león.
"¡Mis queridas gallinas!" gritó Don Narudona, subido a un taburete para parecer más alto. "¡Hoy marcharemos hacia la victoria! ¡Cantaremos a esos gallos y gallinas hasta que ronquen como gatitos! ¡Por el maíz y los huevos dorados!"
El ejército de gallinas, con Clotilde al frente, marchó hacia el reino de Pepe. Josefina, a regañadientes, los acompañó en un carruaje tirado por dos ratones muy bien entrenados.
Al llegar a la frontera, se encontraron con el ejército de Pepe, un grupo de gallos y gallinas con armaduras brillantes y lanzas afiladas. El Gran Gallo Pepe, con su cresta roja brillando al sol, salió al frente.
"¡Narudona!" cacareó Pepe con voz atronadora. "¿Qué significa esta invasión?"
"¡Pepe!" respondió Don Narudona con una sonrisa nerviosa. "Solo venimos a… a… a cantar algunas canciones. ¡Sí, eso es! ¡Un concierto de amistad!"
Pepe arqueó una ceja. "¿Un concierto? Con un ejército de gallinas con sombreros de soldado?"
"¡Exactamente!" insistió Don Narudona. "Clotilde, ¡dale!"
Clotilde, con un guiño a sus compañeras gallinas, levantó su cancionero y comenzó a cantar. Su voz, dulce y melodiosa, llenó el aire con una canción de cuna tan suave que hasta el propio Don Narudona empezó a sentirse somnoliento.
Poco a poco, los soldados de Pepe comenzaron a bostezar. Sus lanzas se tambaleaban y sus armaduras rechinaban cuando se dejaban caer al suelo. En cuestión de minutos, todo el ejército de Pepe estaba profundamente dormido, roncando en un coro de cacareos silenciosos.
"¡Increíble!" exclamó Don Narudona. "¡Josefina, lo logramos! ¡El reino es nuestro!"
Pero justo cuando Don Narudona se preparaba para reclamar su victoria, Clotilde dejó de cantar. Se acercó a Don Narudona con una mirada seria en sus ojos de gallina.
"Rey Narudona," dijo Clotilde, "no creo que esto sea correcto. Pepe y su gente no nos han hecho nada malo. Solo querían proteger su maíz y sus huevos."
Las demás gallinas asintieron en señal de acuerdo. Incluso Josefina, que había estado a punto de ponerse una tiara hecha de maíz, pareció pensarlo mejor.
Don Narudona se quedó mirando a Clotilde, luego a su ejército de gallinas, y finalmente al dormido Pepe. Se dio cuenta de que Clotilde tenía razón. Conquistar el reino de Pepe solo traería tristeza y descontento.
"Tienes razón, Clotilde," dijo Don Narudona con un suspiro. "Esto no está bien. Retiraremos nuestras fuerzas."
Entonces, Don Narudona ordenó a su ejército de gallinas que dejaran de cantar y despertaran al ejército de Pepe. Cuando Pepe se despertó, confundido y adormilado, Don Narudona le explicó todo. Pepe, sorprendido por la honestidad de Don Narudona, le ofreció una rama de olivo (bueno, una ramita de maíz).
Don Narudona y Pepe hicieron las paces y decidieron celebrar un festival de amistad, con canciones, bailes y, por supuesto, mucho maíz. Clotilde, la gallina cantarína, se convirtió en una heroína y su canción de cuna se usaba para ayudar a los niños a dormir en ambos reinos. Don Narudona aprendió que la amistad y la bondad son mucho más valiosas que el maíz y los huevos dorados, y Josefina finalmente encontró un final feliz para su novela de caballería. Y así, los dos reinos vivieron en paz y armonía, unidos por la música, la amistad y el suave ronroneo de un rey gato que finalmente había encontrado la verdadera felicidad.
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