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En un valle escondido entre montañas cubiertas de nubes de algodón de azúcar, vivían dragones muy especiales. No eran los dragones feroces que escupían fuego y aterrorizaban aldeas. ¡Oh, no! Estos dragones eran amigables, juguetones y, lo más importante, ¡amaban los dulces! Se les conocía como los Dragones Dulces, y cada uno tenía una escama del color de su golosina favorita.
Estaba Piruleta, con escamas rosa chicle y un aliento que olía a fresa. Luego estaba Chocolate, marrón brillante y con un rugido que sonaba como el crujido de una tableta de chocolate. Y finalmente, estaba Caramelo, amarillo sol y con una risa que era tan pegadiza como el caramelo derretido.
Un día, Caramelo llegó corriendo, agitando sus alas amarillas. "¡Chicos, chicos! ¡Algo extraño está sucediendo en la Montaña de Caramelo!" La Montaña de Caramelo era una montaña gigante hecha completamente de dulces de roca multicolores. Era la fuente de todos los dulces en el valle, y los Dragones Dulces la adoraban.
"¿Qué pasa, Caramelo?" preguntó Piruleta, preocupada.
"¡La montaña se está desmoronando!" exclamó Caramelo. "¡Los dulces se están cayendo y desapareciendo!"
Chocolate y Piruleta intercambiaron miradas preocupadas. Si la Montaña de Caramelo desaparecía, ¡no habría más dulces! ¡Era una catástrofe! Decidieron investigar de inmediato. Volaron hacia la Montaña de Caramelo, sintiendo el viento dulce en sus escamas. Al llegar, lo que vieron era aún peor de lo que imaginaban. Grandes trozos de dulce de roca se habían desprendido de la montaña, dejando huecos enormes. Pequeñas criaturas peludas, parecidas a ratones pero con alas de mariposa, corrían de un lado a otro, mordisqueando los dulces y llevándoselos a sus madrigueras.
"¡Miren!" exclamó Piruleta. "¡Son los Roedores Azucarados! Nunca antes los había visto por aquí."
Los Roedores Azucarados eran conocidos por ser traviesos, pero nunca habían causado tanto daño. Chocolate rugió suavemente, tratando de asustarlos, pero los pequeños roedores simplemente lo ignoraron y siguieron mordisqueando los dulces.
"Tenemos que hacer algo," dijo Caramelo, con tristeza. "Pero no podemos lastimarlos. Son solo pequeños."
Piruleta tuvo una idea. "¡Ya sé! Podemos construir una barrera de regaliz alrededor de la montaña. A los Roedores Azucarados no les gusta el regaliz."
Los tres dragones se pusieron manos a la obra. Volaron de regreso al valle y recogieron todas las varitas de regaliz que pudieron encontrar. Luego, las colocaron cuidadosamente alrededor de la base de la Montaña de Caramelo, creando una barrera protectora.
Los Roedores Azucarados intentaron acercarse a la montaña, pero en cuanto olieron el regaliz, se detuvieron en seco. Arrugaron sus pequeñas narices y dieron media vuelta, buscando otra cosa para comer.
"¡Funcionó!" exclamó Chocolate, aliviado.
Pero su alivio duró poco. Al día siguiente, los Dragones Dulces descubrieron que los Roedores Azucarados habían encontrado una forma de sortear la barrera de regaliz. ¡Habían cavado túneles por debajo! La montaña seguía desmoronándose.
Esta vez, Caramelo tuvo una idea. "Sé que a los Roedores Azucarados les encantan los dulces, pero también les encanta esconderse. Tal vez podríamos darles otro lugar para esconderse, lejos de la montaña."
Juntos, los Dragones Dulces crearon un parque de diversiones gigante para los Roedores Azucarados. Construyeron casas de pan de jengibre con toboganes de chocolate, laberintos de algodón de azúcar y piscinas de jarabe de arce.
Al principio, los Roedores Azucarados se mostraron escépticos. Pero cuando vieron todas las maravillosas cosas que había para explorar en el parque, no pudieron resistirse. Dejaron de mordisquear la Montaña de Caramelo y comenzaron a jugar en el parque de diversiones.
La Montaña de Caramelo dejó de desmoronarse, y los Dragones Dulces y los Roedores Azucarados vivieron felices para siempre, compartiendo el valle y los dulces (cada uno en su lugar apropiado).
Desde ese día, la Montaña de Caramelo volvió a brillar con todos sus colores, y cada vez que un niño mira al cielo y ve un arcoíris, sabe que los Dragones Dulces están ahí arriba, cuidando de su hogar lleno de golosinas. Y si alguna vez hueles un aroma dulce y a regaliz al mismo tiempo, ¡es porque los Roedores Azucarados están divirtiéndose en su parque de diversiones!
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