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Había una vez un perrito llamado Duby, que tenía las orejas largas y suaves como el terciopelo y una cola que siempre se movía de un lado a otro como un limpiaparabrisas alegre. Duby se consideraba a sí mismo un perrito muy valiente. Le gustaba saltar los charcos más grandes del parque, no le temía a los ladridos de los perros grandes y siempre era el primero en lanzarse por el tobogán más alto del recreo. Sin embargo, Duby tenía un secreto que guardaba bajo su collar de color azul: a veces, en los momentos más inesperados, sentía que un pequeño nudo se formaba en su garganta.
Esa mañana, el sol brillaba con fuerza a través de las ventanas del Colegio del Bosque Alegre. Duby llegó saltando, saludando a su amiga la gatita Misi y al conejito Saltarín. En el aula, todo era color y alegría. Había dibujos de arcoíris en las paredes, cubos de letras esparcidos por la alfombra y el olor dulce de las ceras de colores flotaba en el aire. La Señorita Jirafa, con su cuello largo y sus gafas brillantes, anunció que hoy aprenderían sobre las estrellas y el espacio exterior.
—Para ver mejor cómo brillan las estrellas en nuestra pantalla mágica —explicó la Señorita Jirafa con voz dulce—, vamos a apagar la luz un momento. ¿Están listos, mis pequeños exploradores?
Todos los animalitos gritaron emocionados que sí, pero Duby sintió un vuelco en el corazón. Antes de que pudiera decir nada, ¡clic!, la luz se apagó. De repente, el aula que antes era un lugar lleno de colores conocidos se transformó en un espacio lleno de sombras largas y formas misteriosas. El silencio cayó sobre la clase por un segundo, y fue entonces cuando Duby lo sintió.
Primero, fueron unas cosquillas extrañas en la barriga, como si un grupo de mariposas nerviosas estuviera celebrando una fiesta allí dentro. Luego, su corazón empezó a sonar con fuerza: ¡pum, pum, pum!, tan fuerte que Duby pensó que todos en el salón podían escucharlo. Sus patitas empezaron a temblar un poco y el aula le pareció un lugar inmenso y desconocido. El miedo, que al principio era como una pequeña sombra, empezó a crecer en su imaginación, estirándose como un gigante de algodón oscuro.
—Tengo miedo —susurró Duby, tan bajito que apenas él mismo pudo oírse. Se hizo una bolita en su silla, apretando sus orejas contra su cabeza.
La Señorita Jirafa, que tenía ojos de lince para cuidar a sus alumnos, notó el silencio de Duby. Rápidamente, encendió una pequeña lucecita de noche, una que tenía forma de estrella dorada. La luz era suave y cálida, suficiente para iluminar los rostros de todos pero manteniendo la magia del espacio.
—No pasa nada, Duby. Estoy aquí mismo —dijo la Señorita Jirafa, acercándose a él con calma—. Es normal sentir que el mundo cambia cuando se apaga la luz, pero recuerda que el salón sigue siendo el mismo lugar seguro de siempre.
Duby levantó un poco la cabeza. Las palabras de la maestra eran como una manta cálida en un día de frío. Recordó lo que su mamá le decía siempre que se sentía abrumado: «Respira, Duby, el aire es tu mejor amigo cuando el miedo te visita».
Entonces, Duby cerró los ojos y se concentró. Inspiró profundamente por la nariz, llenando sus pulmones de aire fresco: uno... Luego soltó el aire despacito por la boca: dos... Y finalmente, dejó que sus hombros se relajaran: tres. Lo hizo una vez más, y otra, hasta que las mariposas de su barriga dejaron de bailar y su corazón volvió a su ritmo tranquilo de siempre.
Con mucha curiosidad, Duby empezó a mirar a su alrededor. Se dio cuenta de que, aunque estaba oscuro, no estaba solo. A su derecha, pudo ver los bigotes de Misi moviéndose con emoción mientras miraba las proyecciones de los planetas. A su izquierda, Saltarín estaba intentando atrapar una mota de polvo que brillaba bajo la luz de la estrella dorada. El aula no era un lugar aterrador; seguía siendo su escuela, con sus libros, sus juguetes y sus mejores amigos.
En ese preciso instante, algo mágico sucedió. Duby se imaginó que su miedo, ese gigante oscuro que antes lo asustaba, empezaba a encogerse. Se hizo del tamaño de una pelota de fútbol, luego del tamaño de una manzana, y finalmente, se volvió tan pequeñito, tan pequeñito, que parecía una hormiguita diminuta caminando por el suelo del aula. Duby se dio cuenta de que podía observar al miedo sin que el miedo lo dominara a él.
—Puedo con mi miedo —dijo Duby en voz alta, esta vez con firmeza y una sonrisa que le iluminó toda la cara. Movió su cola con energía, golpeando rítmicamente el suelo de madera. ¡Zas, zas, zas!
El resto de la clase fue increíble. Aprendieron sobre la Luna, que brilla en la noche para acompañarnos, y sobre las constelaciones que parecen dibujos en el cielo. Duby disfrutó de cada momento, y cuando la Señorita Jirafa volvió a encender las luces principales, se sintió como si hubiera regresado de un viaje intergaláctico.
Al final del día, cuando su mamá fue a buscarlo a la puerta del colegio, Duby caminaba con el pecho erguido y la cabeza muy alta. No paró de contarle su aventura en la oscuridad y cómo logró que el miedo se hiciera chiquitito.
—Hoy he aprendido algo muy importante, mamá —dijo Duby mientras caminaban hacia casa bajo el sol de la tarde—. Ser valiente no significa que nunca tengamos miedo. Ser valiente es sentir ese miedo, reconocerlo como a una hormiguita, y seguir adelante aunque estemos un poquito asustados al principio.
Su mamá le dio un beso en la frente y Duby supo que, a partir de ese día, cada vez que sintiera cosquillas en la barriga, solo tendría que respirar, contar hasta tres y recordar que él era el dueño de sus propias aventuras. El miedo ya no era un gigante, sino simplemente un pequeño compañero de viaje que le recordaba lo fuerte y capaz que podía llegar a ser.
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