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Había una vez, en un pueblo soleado rodeado de colinas verdes, un hombre llamado Jesús. No era un hombre cualquiera; tenía una sonrisa que iluminaba el día más gris y un corazón tan grande que parecía no tener fin. A Jesús le encantaba hablar con la gente, contar historias y, sobre todo, jugar con los niños.
Un día, mientras Jesús caminaba por el pueblo, un grupo de niños lo vio y corrió hacia él. Eran Sofía, la niña de las trenzas color sol; Mateo, el niño con la rodilla siempre raspada; y Lucía, la niña que siempre llevaba una flor silvestre en el pelo. "¡Jesús, Jesús!", gritaron, rodeándolo como pequeños polluelos alrededor de su madre gallina.
Los discípulos de Jesús, hombres serios y preocupados por el tiempo, trataron de impedir que los niños se acercaran. "¡No molesten a Jesús!", decían. "Está ocupado hablando de cosas importantes". Pensaban que los niños eran una distracción, que sus juegos y risas no eran tan importantes como las largas conversaciones que Jesús tenía con los adultos.
Pero Jesús, al ver la tristeza en los ojos de los niños, los detuvo. "Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de los cielos", dijo con una voz suave pero firme. Sus palabras resonaron en el aire, haciendo que los discípulos se sintieran un poco avergonzados.
Jesús se agachó hasta quedar a la altura de los niños. Les sonrió y les preguntó: "¿Qué os gustaría hacer hoy?".
Sofía, la niña de las trenzas color sol, propuso: "¡Juguemos a las escondidas!". Mateo, el niño con la rodilla raspada, sugirió: "¡O mejor, construyamos un castillo de arena!". Y Lucía, la niña de la flor silvestre, exclamó: "¡Podríamos recoger flores para hacer una corona para Jesús!".
Jesús, con los ojos brillantes de alegría, dijo: "¡Me gustan todas vuestras ideas! ¿Por qué no hacemos todo?".
Y así, comenzó la aventura. Jesús y los niños corrieron por los campos, riendo a carcajadas mientras jugaban a las escondidas. Jesús se escondía detrás de los árboles, haciendo caras graciosas, y los niños lo buscaban con entusiasmo, gritando de alegría cuando lo encontraban.
Luego, se dirigieron a la playa, donde construyeron un castillo de arena majestuoso, con torres altas y murallas fuertes. Mateo, con su rodilla raspada, era el encargado de cavar los fosos, mientras que Sofía decoraba las torres con conchas marinas y algas brillantes.
Finalmente, se sentaron en un círculo bajo un árbol frondoso y Lucía, con la ayuda de los demás niños, tejió una corona de flores silvestres para Jesús. La corona era colorida y fragante, llena de margaritas, amapolas y campanillas.
Cuando la corona estuvo terminada, Lucía la colocó con cuidado sobre la cabeza de Jesús. Jesús sonrió y dijo: "¡Esta es la corona más hermosa que he visto jamás!".
Los discípulos, que al principio se habían mostrado reacios a dejar que los niños se acercaran a Jesús, observaban la escena con asombro. Vieron la alegría en los rostros de los niños, la paz en el rostro de Jesús y el amor que los unía a todos.
Entendieron que Jesús no solo hablaba de amor y bondad, sino que también lo vivía en cada momento. Entendieron que los niños, con su inocencia y alegría, tenían mucho que enseñarles sobre el verdadero significado del amor.
Ese día, los discípulos aprendieron una valiosa lección: que el tiempo dedicado a los niños no es tiempo perdido, sino tiempo invertido en el amor y la alegría. Aprendieron que el reino de los cielos está lleno de risas, juegos y flores silvestres.
Cuando el sol comenzó a ponerse, Jesús abrazó a cada uno de los niños. Les dio un beso en la frente y les dijo: "Recordad siempre que sois especiales y amados. Y recordad que el amor de Dios está siempre con vosotros, como el sol está siempre en el cielo".
Los niños regresaron a sus casas, con el corazón lleno de alegría y el recuerdo de un día inolvidable con Jesús. Y Jesús, rodeado de sus discípulos, continuó su camino, sabiendo que había sembrado semillas de amor y bondad en los corazones de los niños. Y cada vez que veía una flor silvestre, recordaba la corona que le habían hecho y sonreía, sabiendo que el amor de los niños era un tesoro invaluable.
Desde ese día, los discípulos nunca más impidieron que los niños se acercaran a Jesús. Al contrario, los animaban a hacerlo, sabiendo que en su inocencia y alegría se encontraba la verdadera esencia del amor de Dios.
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