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Gratis · elegí una vozMateo era un niño curioso, con ojos brillantes como dos estrellas y una imaginación que no conocía límites. Le encantaba leer sobre el antiguo Egipto, sobre faraones, pirámides y dioses con cabezas de animales. Un día, visitando un museo con su abuelo, Mateo encontró un pequeño amuleto dorado con la forma del ojo de Horus. Era tan brillante y atractivo que Mateo no pudo resistirse a tocarlo.
En el instante en que sus dedos rozaron el amuleto, el museo entero pareció temblar. Una luz cegadora lo envolvió, y cuando pudo volver a ver, ¡estaba en un lugar completamente diferente! El aire era cálido y seco, y el olor a arena llenaba sus fosas nasales. Miró a su alrededor y vio imponentes construcciones de piedra, hombres vestidos con faldas blancas y mujeres con hermosos collares de cuentas. ¡Estaba en el antiguo Egipto!
Un niño egipcio, llamado Ahmose, se acercó a Mateo, mirándolo con curiosidad. Ahmose vestía una simple túnica de lino y llevaba una tablilla de arcilla en la mano. "¿Quién eres tú?", preguntó Ahmose, en un idioma que Mateo, sorprendentemente, entendía.
"Soy Mateo", respondió Mateo, todavía asombrado. "Soy… de otro lugar".
Ahmose lo miró con escepticismo, pero pronto, la curiosidad venció al recelo. Juntos, recorrieron las calles de la ciudad, observando a los artesanos trabajando la piedra, a los escribas anotando en sus papiros y a los sacerdotes realizando rituales en el templo. Mateo aprendió sobre la vida cotidiana en el antiguo Egipto, sobre sus costumbres y creencias.
Un día, Ahmose llevó a Mateo a una construcción gigantesca que se alzaba hacia el cielo: la Gran Pirámide de Guiza. Los dos niños observaron con asombro cómo miles de trabajadores movían enormes bloques de piedra con la ayuda de rampas y poleas.
"Es increíble", dijo Mateo, boquiabierto. "¿Cómo pudieron construir algo tan grande?"
Ahmose sonrió. "Con mucho trabajo y la bendición de los dioses", respondió.
Mientras exploraban los alrededores de la pirámide, Mateo y Ahmose se encontraron con un grupo de personas que parecían preocupadas. Se enteraron de que el río Nilo, la fuente de vida de Egipto, estaba inusualmente bajo. Si el río no crecía pronto, las cosechas fallarían y la gente sufriría hambre.
Mateo recordó una historia que había leído sobre el dios Khnum, el guardián de las fuentes del Nilo. Según la leyenda, Khnum vivía en una cueva debajo de la primera catarata del Nilo y controlaba el flujo del río. Mateo tuvo una idea.
"Tal vez podamos hablar con Khnum", sugirió Mateo.
Ahmose lo miró con incredulidad. "¿Hablar con un dios? ¡Es imposible!"
Pero Mateo insistió. Con la ayuda de Ahmose, Mateo encontró un sacerdote que conocía el camino a la primera catarata del Nilo. Viajaron durante días, hasta llegar a un lugar rocoso y desolado. Allí, el sacerdote realizó un ritual y rezó a Khnum.
De repente, un trueno resonó en el cielo. Una figura imponente, con cabeza de carnero y un cetro dorado en la mano, apareció ante ellos. Era Khnum.
Mateo, a pesar del miedo, se adelantó y le explicó a Khnum la difícil situación del pueblo egipcio. Le rogó que liberara las aguas del Nilo.
Khnum escuchó atentamente. Finalmente, con una voz grave y resonante, dijo: "El Nilo fluirá de nuevo. Pero recuerden siempre respetar el río y utilizar sus aguas con sabiduría".
Y así fue. Al día siguiente, el Nilo comenzó a crecer, inundando los campos y trayendo vida y esperanza al pueblo egipcio. Mateo y Ahmose fueron aclamados como héroes.
Pero el tiempo de Mateo en el antiguo Egipto estaba llegando a su fin. Una noche, mientras dormía, sintió un tirón en el bolsillo. Abrió los ojos y vio el amuleto de Horus brillando intensamente. Sabía que era hora de volver a casa.
Se despidió de Ahmose, prometiéndole que nunca lo olvidaría. Al tocar el amuleto, una vez más, la luz lo envolvió y lo transportó de vuelta al museo.
Todo estaba como lo había dejado. El amuleto de Horus ya no brillaba, y el museo estaba lleno de gente observando las exhibiciones. Mateo corrió hacia su abuelo, abrazándolo con fuerza. Le contó sobre su increíble aventura en el antiguo Egipto, pero su abuelo pensó que solo había tenido un sueño muy vívido.
Sin embargo, Mateo sabía que no había sido un sueño. Él había viajado en el tiempo y había conocido el antiguo Egipto de primera mano. Y aunque nadie le creyera, siempre guardaría en su corazón el recuerdo de su amigo Ahmose y su aventura con el amuleto de Horus.
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