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Gratis · elegí una vozHabía una vez, en un valle soleado rodeado de montañas azules, un árbol fuerte y sabio llamado Abuelo Roble. Abuelo Roble había vivido muchas vidas de hojas, resistiendo tormentas feroces que intentaban arrancarlo de raíz y sequías largas que seducían a sus hojas a marchitarse. Sus raíces, como brazos gigantes, se aferraban profundamente a la tierra, y su sombra generosa protegía a miles y miles de hojas, pequeñas y grandes, verdes y amarillas, jóvenes y ancianas.
Un día de otoño, cuando el viento soplaba con una fuerza inusual, una ráfaga particularmente traviesa se acercó a Abuelo Roble. El viento, con su voz rugiente, señaló a una de las hojas más cercanas al tronco, una hoja pequeña y verde llamada Veridia. “¡Esa hoja no debería estar ahí!”, gritaban voces desde lo más alto de las ramas. “¡Veridia es débil y trae mala suerte! ¡Déjala caer o lo perderás todo! ¡Tu fuerza, tu belleza, incluso tus otras hojas!”
Abuelo Roble, con su corazón de madera noble, no dudó ni por un instante. Él confiaba en Veridia. Había visto su valentía al aferrarse con fuerza durante la última tormenta, y había sentido su alegría al absorber los rayos del sol. Él no la abandonaría. Prefería arriesgarse a perderlo todo antes que traicionar su lealtad y el cariño que sentía por cada una de sus hojas. “Si debo caer por proteger a los míos, que así sea”, dijo Abuelo Roble con una voz suave pero firme, que resonó por todo el valle.
El viento sopló con más fuerza, intentando arrancar a Veridia y a Abuelo Roble juntos. Las ramas crujían, las hojas temblaban, pero Abuelo Roble resistió. Él sabía que el viento era fuerte, pero su amor y su compromiso eran aún más fuertes. Pasaron los días, las semanas, los meses. El otoño se convirtió en invierno, el invierno en primavera, y la primavera en verano. Las estaciones cambiaron, pintando el valle con diferentes colores y melodías.
Abuelo Roble siguió protegiendo a Veridia y a todas sus demás hojas. Les daba sombra en el calor del verano, las protegía de las lluvias torrenciales, y les contaba historias del valle. Él era un padre, un amigo, un guía para todas sus hojas. Y aunque el tiempo pasó, algo inesperado ocurrió. Algunas hojas, aquellas a las que Abuelo Roble había cobijado y protegido con tanto esmero, comenzaron a darle la espalda. Ya no le escuchaban con atención, se burlaban de sus historias, y se alejaban de su sombra.
“Así es la naturaleza”, pensó Abuelo Roble con un poco de tristeza en su voz. “No todas las hojas recuerdan la sombra que las protegió. No todas valoran el sacrificio que se hizo por ellas”. Él no entendía por qué algunas hojas, después de haber recibido tanto, ahora lo trataban con indiferencia e incluso con desprecio. Pero a pesar de su decepción, Abuelo Roble no se arrepintió de sus decisiones. Él sabía que había hecho lo correcto, que había sido fiel a sus principios, y que había defendido a los que más lo necesitaban.
Ahora, les contaré una historia similar, pero esta vez, no se trata de un árbol y sus hojas, sino de un hombre y su pueblo. Hace algunos años, en 2016, cuando fui elegido Gobernador de Manabí, una provincia hermosa y llena de gente trabajadora, nombré a alguien de mi entera confianza como Jefe de Talento Humano. Esta persona era honesta, leal y dedicada, y yo sabía que haría un gran trabajo.
Pero desde el poder más alto, desde las oficinas de la capital, exigieron que lo cambiara. Dijeron que no era adecuado, que no tenía las conexiones correctas, que no era parte de su círculo. Me negué rotundamente. Lo defendí con uñas y dientes. Puse a disposición mi cargo, mi puesto de Gobernador, antes que traicionar mis principios y abandonar a alguien en quien confiaba. Creía en la lealtad y en la justicia, y no estaba dispuesto a comprometer esos valores.
Hoy, cuando los papeles se invierten, cuando se me ataca injustamente, cuando se me desconoce y se me critica, lo veo todo con claridad. Yo siempre me la jugué por los míos, siempre defendí a los que creía, siempre puse mis principios por encima de mi propio beneficio. Lástima que no todos se la juegan por mí. Lástima que algunos, a quienes ayudé y protegí, ahora me dan la espalda.
Pero al igual que Abuelo Roble, el árbol valiente del valle, yo sigo en pie. Mis raíces son fuertes, mi corazón es noble, y mi compromiso con mi pueblo es inquebrantable. Y aunque algunas hojas se caigan, aunque algunos me olviden, yo seguiré luchando por lo que creo justo. Porque al final, lo que importa no es cuántas hojas se quedan, sino la integridad del árbol que permanece en pie.
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