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Gratis · elegí una vozHabía una vez un niño llamado Tomás, que tenía un reloj muy especial. No era como cualquier reloj... ¡era mágico! Cada vez que el reloj marcaba una hora en punto, algo increíble pasaba.
Una mañana, Tomás miró su reloj.
—¡Son las *7 en punto*! —dijo.
De pronto, su cama comenzó a sacudirse y una voz suave le dijo:
—¡Es hora de levantarse, dormilón!
Tomás se rió, se levantó y fue a desayunar. Mientras comía su pan con mermelada, miró otra vez el reloj.
—¡Ya son las *8 en punto*!
Y su mochila brincó sola hasta su espalda.
—¡Hora de ir a la escuela!, dijo el reloj mágico.
En la escuela, aprendió muchas cosas. Pero a las *12 en punto*, el reloj sonó con un “¡ding dong!”.
—¡Hora del recreo! —gritó el reloj.
Y las puertas del patio se abrieron solas.
Más tarde, cuando el reloj marcó las *3 en punto*, algo curioso ocurrió: su bicicleta apareció rodando sola junto a la puerta.
—¡Hora de volver a casa!, dijo el reloj, sonriendo.
Antes de dormir, Tomás miró su reloj por última vez.
—Son las *9 en punto*… —dijo con sueño.
Y el reloj le respondió bajito:
—¡Hora de soñar cosas mágicas!
Desde ese día, Tomás siempre miraba su reloj con una sonrisa, porque sabía que cada hora en punto traía una aventura diferente.
Pero, ¿qué aventuras le esperaban al día siguiente? Tomás no podía esperar a averiguarlo. Esa noche, después de cepillarse los dientes, se acurrucó en su cama, abrazando a su oso de peluche, Tito. Miró el reloj en su mesita de noche. Las manecillas se movían lentamente. Cerró los ojos, imaginando qué sorpresa le traería la mañana.
A la mañana siguiente, Tomás se despertó con el sonido de su reloj.
—¡Son las *7 en punto*!— exclamó el reloj con entusiasmo.
Pero esta vez, la cama no se sacudió. En cambio, un pequeño avión de papel voló desde el reloj y aterrizó suavemente en su mano.
—¡Hora de volar alto!— dijo el reloj.
Tomás sonrió. Ese día, en lugar de levantarse de la cama como de costumbre, se encontró flotando suavemente en el aire. ¡Estaba volando! Voló alrededor de su habitación, riendo y maravillándose con la vista desde arriba.
Luego, miró el reloj de nuevo.
—¡Son las *8 en punto*!— anunció el reloj.
Inmediatamente, su mochila, en lugar de simplemente saltar a su espalda, se transformó en una mochila propulsora. ¡Una mochila propulsora que lo impulsó suavemente hacia la escuela! Saludó a sus amigos desde el cielo mientras volaba sobre los árboles y los tejados.
En la escuela, durante la clase de matemáticas, el reloj sonó.
—¡Son las *10 en punto*!— anunció.
De repente, los números de la pizarra comenzaron a bailar y cantar, haciendo que la clase de matemáticas fuera mucho más divertida. Incluso la profesora se echó a reír.
Cuando llegó el momento del almuerzo, el reloj anunció:
—¡Son las *12 en punto*!—
Y en lugar de abrirse las puertas del patio, una mesa de picnic llena de delicias apareció de la nada en medio del aula. Había sándwiches de jamón, zumo de naranja, galletas y fruta fresca. ¡Un festín inesperado para todos!
Por la tarde, a las *3 en punto*, en lugar de aparecer su bicicleta, un pequeño robot apareció rodando.
—¡Hora de construir!— dijo el reloj.
El robot le ayudó a construir una increíble casa del árbol en el jardín. Juntos, cortaron madera, clavaron tablas y pintaron la casa de colores brillantes.
De regreso en casa, antes de acostarse, Tomás miró su reloj.
—¡Son las *9 en punto*!— dijo.
Y el reloj, con una voz aún más suave que antes, le susurró:
—¡Hora de soñar con las aventuras más grandes y hermosas que jamás hayas imaginado!—
Esa noche, Tomás soñó que volaba a la luna, que hablaba con los animales y que descubría un tesoro escondido. Despertó sintiéndose feliz y lleno de energía.
Tomás se dio cuenta de que el reloj mágico no solo le daba aventuras divertidas, sino que también le enseñaba cosas importantes. Le enseñó a ser valiente, a ser creativo y a disfrutar de cada momento. Aprendió que la magia no siempre está en las cosas grandes y espectaculares, sino también en las pequeñas cosas que hacen la vida especial.
Y así, Tomás continuó viviendo cada día como una nueva aventura, siempre con una sonrisa y con la expectativa de qué hora mágica le traería el reloj. Sabía que, con el reloj mágico a su lado, ¡cualquier cosa era posible!
*Fin.*
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